Los amores diurnos – Francisco Umbral

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Leticia/Lutecia es el nombre más habitable que he conseguido darle a mi soledad.

amores diurnosLos amores diurnos es el título de un libro de género promiscuo, abierto, inclasificable: poema, ensayo, novela, dietario. Es, también, la angustia de vivir, y en el centro, una mujer: ¿qué es la vida, sino una mujer, nuestra Ítaca inexistente?

Francisco Alejandro Pérez Martínez, más conocido como Francisco Umbral, es de esos raros hombres que apuestan por lo completo, por ser todo porque ser solo una cosa les parece muy poco. En el caso de Umbral, se le ocurrió ser poeta, periodista, novelista, biógrafo y ensayista. Protegido de Camilo José Cela, publica en el 65 su primer libro: Balada de gamberros, sumando al final de su vida más de 110 títulos de narrativa en poco más de 40 años. Sobre él, diría Miguel Delibes:

El escritor más renovador y original de la prosa hispánica actual.

Y el diario ABC editorializó:

Su lenguaje, canalla y sublime, pertenece a las grandes cimas de la literatura española de todos los tiempos.

Sirva esta introducción para decir que no estamos hablando de un escritor de poca monta cuando llegamos a este libro de Umbral. De manera extraña, hay pocos comentarios en Internet alrededor de este libro publicado por Kairós (Barcelona, 1979). De los géneros que Umbral recorre a lo largo del libro, es la poesía la que mantiene el eje rector de Los amores diurnos, que no son otros más que la evocación continua del narrador por las delicias de Leticia/Lutecia, llamada así porque no recuerda su nombre exacto.

Leticia/Lutecia es presentada como un súcubo, como Lolita, como femme fatale, como vampiro sexual. Los amores son diurnos porque los nocturnos son aburridos, engendran hijos imbéciles y son producto de la cotidianeidad. Los amores diurnos son peligrosos, excitantes, ocurren a horas no programadas, dan lugar siempre a la sorpresa, pero cuando no suceden, sobreviene el spleen, el tedio, las largas horas en las que el narrador emplea de manera terrible su imaginación -los celos- para meditar sobre la vida, su gato, Baudelaire, la pérdida de su pene, etcétera.

Cuando regresa a Leticia/Lutecia, las imágenes que Umbral utiliza para hablar de ella son preciosas:

La vagina de Leticia/Lutecia era una vagina estrecha, intransitada, caliente, con la presencia de frescas humedades cálidas y el temblor de un pájaro sangrante que fuese el hueco de un pájaro. La vagina de Leticia/Lutecia era un mundo.

***

Leticia/Lutecia no llevaba nunca sujetador, así que sus senos vivían libres y jóvenes bajo el rebato de corpiños, suéters, camisas de hombre, camisas de serpiente, gasas y crespones. De modo que lo que más recuerdo -ahora que no recuerdo nada- es o son esos dos senos viviendo la temperatura de su adolescencia, libres por Madrid, secretamente desnudos bajo tanta ropa. (…) Si yo le abría la camisa, las sucesivas camisas, si yo iba deshojando su pecho hasta llegar a sus pechos, aparecían por fin aquellos dos muchachos morenos y blancos, vibrantes y pálidos, aquellas tetas ni pequeñas ni grandes, tan seguras, aquel torso de mujer con una leve mancha sobre la clavícula derecha, y era cuando ella perdía toda la agresividad de sus senos, que habían sido heroicos y desnudos frente a la vida, la familia y los amantes, pero se empequeñecían bajo mi mano como un gato que quisiera ser una paloma que quisiera ser un canario que quisiera ser un ovillo vivo.

***

Leticia/Lutecia no es la contrafigura de una mujer ni de la ausencia de una mujer, sino la contrafigura de la imposibilidad de amar una sola mujer. Después, siempre con la mirada y casi el rostro dentro del copón, hago recuento de la cantidad de sexos de mujer que habré probado en mi vida. En realidad, la existencia no es otra cosa que eso: la monótona variedad de los sexos, la inextinguible mejillonera femenina, configurada como destino, y el haberse llevado el sabor de cada mujer en la boca -aunque todos los sabores parezcan el mismo, y lo sean-, porque es como llevarse su alma.

Gilberto Owen escribiría: Por la carne también se llega al cielo. Hay pájaros que sueñan que son pájaros y se despiertan ángeles. Lo mismo sucede con el libro de Umbral: el recorrido de la vida, del extrañamiento de los días, a partir de una mujer que no existe. No hay sorpresa en esa revelación: todo amor es un acto de ficción, un ejercicio literario.

Llegado a esta altura de mi relato, más allá del millar de páginas, no puedo ni debo mantener más la farsa, sino aclarar lo que el lector ya sabe: que Leticia/Lutecia no existe, sino que es una ficción novelesca de un escritor que no cree en la novela. Y como no existe, puede quedar perdida y olvidad en cualquier de las páginas de este volumen, como una flor de otro verano o como una señal de lectura, ya que Leticia/Lutecia, aun no existiendo, fue efectivamente una señal en las páginas de mi vida.

El poeta requiere de una sensibilidad especial para hablar del mundo, para cantar al amor. No hay en esto un goce, sino dolor -lo positivo, escribiera Schopenhauer-, dolor es el resabio que nos deja Los amores diurnos, o lo que es lo mismo, esa sensación de que hemos estado en contacto con la vida, con lo que realmente existe.

Para leer un fragmento del libro, Google Books tiene algunas páginas escaneadas. Hay, además, una simpática crónica que habla del carácter de Umbral en El País, para su consulta.

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