[Podcast] La Barcelona de Carmen Laforet y Jean Genet

[Podcast] La Barcelona de Carmen Laforet y Jean Genet

¿Qué significa vivir en una ciudad? Pienso en esta pregunta ahora que se ha terminado el verano y he regresado a Barcelona después de una pausa que me ha llevado por un par de lugares. Propongo una respuesta a partir de dos novelas: «Nada», de Carmen Laforet, y «Diario de un ladrón», de Jean Genet. Este mini-episodio es un breve homenaje a la ciudad que ahora considero mi hogar.

Por la parte musical escuchamos «Bestia», de Oriol Tramvia, representante del rock de los años 70 en Cataluña.

 

Transcripción

Uno de los mitos fundacionales de Barcelona cuenta que Heracles y Hermes (también llamados Hércules y Mercurio) fundaron la ciudad tras recuperar una barca perdida durante la expedición para obtener vellocino de oro. La ciudad mantiene a ambos personajes en su memoria: Heracles cuenta con un par de fuentes y una calle, mientras que a Hermes lo podemos encontrar en símbolos escondidos por toda la ciudad.

Yo descubrí Barcelona un poco más tarde, de manera muy similar a la forma en que comienza “Nada”, novela de Carmen Laforet por la que ganó el premio Nadal en 1944.

“Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie”.

Para Andrea, el personaje principal, Barcelona se presenta como un espacio amplio, lleno de promesas:

“Sin abrir los ojos”, nos cuenta la narradora, “sentí otra vez una oleada venturosa y cálida. Estaba en Barcelona. Había amontonado demasiados sueños sobre este hecho concreto para no parecerme un milagro aquel primer rumor de la ciudad diciéndome tan claro que era una realidad verdadera como mi cuerpo, como el roce áspero de la manta sobre mi mejilla. Me parecía haber soñado cosas malas, pero ahora descansaba en esta alegría”.

Esta alegría, sin embargo, no dura mucho: la atmósfera se cierra y se sofoca en la calle Aribau donde vive con sus parientes, miembros de una clase burguesa venida a menos que habita en el Ensanche, esto es la serie de barrios que se construyeron como parte de la expansión de Barcelona a fines del siglo XIX.

La Barcelona de “Nada” sucede poco después, a mitad del siglo XX, poco después de la guerra civil y el comienzo del franquismo. Antes de la guerra, Barcelona era una ciudad burguesa y artesana no exenta de miseria. Habían sucedido poco antes un par de Exposiciones Universales que la habían puesto en el mapa, y se había destruido la Ciudadela para convertirse en parque. En 1939, al final de la Guerra Civil, comenzó una época de represión y un reespañolización cultural cuyas cicatrices siguen presentes hasta nuestros días. Paco Villar cuenta que la Barcelona de la postguerra era una ciudad acribillada por el hambre.

Este contexto explica la situación familiar de Andrea: su departamento, por ejemplo, está plagado de animales disecados y muebles encimados unos arriba de otros; por un lado, metáfora del desorden mental en el que viven (su tío, por ejemplo, se muerde frenéticamente las mejillas intentando sonreír) y, por el otro, mecanismo de supervivencia: cada semana venden un mueble para tener algo de dinero.

La novela ya no se separará de estos personajes raros y lúgubres, pero abrirá el relato, como contrapunto, a Ena, una amiga de la universidad por quien Andrea descubrirá, como quien ve una película, la alegría, el amor, la plenitud, es decir, todos esos anhelos con los que llega a Barcelona.

Cuando el mundo de Andrea se encuentra con el de Ena, sobreviene la catástrofe. La ciudad es el lugar donde se pierden las ilusiones, parece concluír Laforet.

En un un artículo reciente en El País, Anna Caballé comenta el sino a partir del éxito de la novela: “Nada se convertiría en una pesadilla, una hipoteca existencial, una carga muy pesada de llevar porque carecía de cierre”.

Yo, como Andrea, llegué a Barcelona sin que me esperara nadie. A mí, sin embargo, me interesó menos el Ensanche: la ciudad vieja, y en particular el Raval, comenzaron a atraerme bajo su gravedad. Muy temprano percibí aquí el corazón de la Barcelona canalla y, quizás, la parte más real de la ciudad: cruda y sucia; multicultural; lejana del escaparate y más cercana a lo sórdido.

Camilo José Cela definió al Raval como “heroica Numancia del amor barato y del coñac”. En la época medieval el Raval estaba fuera de la ciudad amurallada. Prácticamente deshabitado, se componía de huertas, masías y más de tres conventos. En el siglo XIX, el Raval se fue transformando en una zona industrial en la que construyeron viviendas de pésima calidad para alojar a los obreros que llegaron de todas partes de España. Fue en esta época que proliferaron las tabernas y los prostíbulos, de la misma forma que ahora abundan los narcopisos. En el barrio de las Drassanes, Paco Villar cuenta que “se vivía en plena calle porque la gente no cabía en los pisos”.

Jean Genet sitúa en el Raval su novela “Diario de un ladrón”, que escribe por las mismas fechas que “Nada” y que representa el lado B de la Barcelona que hemos leído antes:

“El Paralelo es una avenida de Barcelona paralela a las célebres Ramblas. Entre estas dos arterias, muy anchas, una muchedumbre de calles estrechas, oscuras y sucias forman el Raval”.

Este libro es único en tanto es la síntesis de dos contrarios: la brutalidad de los bajos fondos junto al más puro lirismo. Guiado por su intuición, Genet busca en su pasado toda la belleza que esconden las ocasiones más sórdidas. Al comienzo del libro, por ejemplo, cuenta sus rutinas como mendigo:

estaba entonces cubierta de miseria con forma de mendigos. En Barcelona frecuentábamos sobre todo la calle del Mediodía y la calle del Carmen. Dormíamos, a veces, seis en una cama sin sábanas, y desde la madrugada íbamos a mendigar a los mercados. Salíamos en panda del Raval y nos dispersábamos por el Paralelo, con un capacho al brazo, porque las amas de casa nos daban con más facilidad un puerro o un nabo que una perra. A las doce volvíamos, y con el fruto recogido nos preparábamos la sopa. Voy a a describir las costumbres de la miseria. En Barcelona vi a esas parejas de hombres en que el más enamorado decía al otro: “Hoy cojo yo el cesto”. Un día Salvador me arrancó suavemente de las manos la cesta y me dijo: “Voy a pedir limosna por ti”. Nevaba. Salió a la calle helada, cubierto con una chaqueta rota, andrajosa, con una camisa sucia y tiesa. Su rostro era pobre y triste, artero, pálido y mugriento, porque hacía tanto frío que no nos atrevíamos a lavarnos. Hacia las doce volvió con las verduras y algo de grasa. Aquí indico ya uno de esos desgarrones, terribles porque los provocaré a pesar del peligro, que me han revelado la belleza. Un amor inmenso me inundó y arrebató hacia Salvador. Salí del hotel poco después que él y lo estuve viendo, desde lejos, implorar a las mujeres. Como había mendigado ya, para otros o para mí mismo, yo conocía la fórmula: una mezcla de religión cristiana y la caridad confunde al pobre con Dios”.

Para Genet, la ciudad es lo sórdido y lo sórdido es el espacio necesario para experimentar la belleza. Entre estas dos novelas, escritas en la misma época, sitúo el paréntesis de la Barcelona que me interesa.

“Barcelona no es de nadie, pero yo solo tengo a Barcelona”, escribe Carlos Zanón en su guía de la Ciudad Condal. Otros podrían decir lo mismo: aquí Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde, peleó en un combate de box con el campeón peso pesado Jack Johnson poco antes de desaparecer en su viaje a México; aquí George Orwell combatió contra el franquismo durante la Guerra Civil; aquí Keith Haring pintó su famoso mural contra el SIDA, un año antes de morir; y aquí regresé a vivir hace poco más de un año, en plena pandemia.

Cierro con una cita del libro “Desde la ciudad nerviosa” de Enrique Vila-Matas: “Me tocó vivir una infancia y primera juventud en una Barcelona infame que yo sospechaba que no estaba en ningún mapa”. Este es el colofón de lo que significa vivir en cualquier ciudad: entender que uno habita un espacio inapresable, inabarcable e inefable, en el que no somos más que un engrane de su maquinaria de azares, una pieza pequeña del conjunto de dichas y desdichas que a diario se yerguen y destruyen entre sus calles.

 

Roberto Wong

Roberto Wong

3 comentarios en «[Podcast] La Barcelona de Carmen Laforet y Jean Genet»

  1. La ciudad es el motivo literario por excelencia. Y a Barcelona le toca un capítulo considerable.
    Algo sobre Barcelona: https://imagoestinaqua.blogspot.com/2020/05/f-gonzalez-ledesma-cronica-sentimental.html
    Algo sobre Londres: https://imagoestinaqua.blogspot.com/2020/06/chesterton-el-napoleon-de-notting-hill.html
    Y sobre París: https://imagoestinaqua.blogspot.com/2019/06/georges-simenon-el-efecto-de-la-luna.html
    O Venecia: https://imagoestinaqua.blogspot.com/2019/01/thomas-mann-muerte-en-venecia-sphinx.html

    Gracias por su texto. Es muy bueno (como de costumbre).

  2. Barcelona es una ciudad preciosa que te transmite todo tipo de sensaciones y paisajes, tuve la oportunidad de ir una vez y sin duda es de las urbes más bonitas que hay en España. Muchas gracias por compartir este artículo que me hizo recordar tan buenos momentos.

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