Carlos Fuentes sobre Velázquez

Velázquez está lleno de lecciones creativas. ¿Qué es más importante en Velázquez? ¿Lo que dijo Ortega: ‘Velázquez, el primer pintor que libera a la pintura de la escultura’, y en consecuencia este pintor en el que no sabes nunca si es más importante la impresión general del cuadro realista, visto desde lejos con una nitidez perfecta y luminosa de las formas, o el pintor que aprecias a una distancia de un milímetro, en el que lo importante es aislar un centímetro cuadrado de pintura y ver la infinita riqueza abstracta de ese parche de textura maravillosa, que puede ser simplemente un tramo de la enagua de una princesa? Hay que ver cómo está pintado ese mínimo espacio, y qué valor tiene como pincelada, como imaginación de la materia. Es casi una antimateria: la materia como doble de sí misma, la materia como inminencia de su propia fuga y suplantación. ¿O es más importante el Velázquez que plantea todos esos problemas de la visión que, en fin, han sido discutidos hasta morir? Sobre todo el problema del espacio pictórico, que es también el problema del espacio literario, del espacio de la novela. El cuadro existe porque está siendo visto, pero también existe porque nos ve, porque nos está mirando, de igual manera que una novela existe porque está escrita, pero también existe porque es leída.

Literatura del exceso o, los cuentos de Denis Johnson sobre parias, drogadictos, criminales y alcohólicos

Breve genealogía del exceso

Toda literatura que aborda el exceso –drogas, alcohol, sexo, etc.– no es sino una variante del romanticismo y su fascinación por lo desconocido –en este caso, los límites de la experiencia humana. Esta obsesión, acrecentada por novelas como Confesiones de un inglés comedor de opio (De Quincey), tuvo su cúspide en Edgar Allan Poe y el trío Baudelaire-Rimbaud-Verlaine. La experiencia de los marginados se abordó en la literatura de distintas manera (e.g. La cabaña del Tío Tom), pero no sería hasta Jack Black que la vida de parias, vagabundos y criminales se exploraría hasta sus últimas consecuencias. Sin saberlo, Black se convirtió en el punto de arranque de la literatura Beat del siglo XX, cuyo principal motivo no es otro sino el regreso a De Quincey: la búsqueda de lo desconocido –o lo metafísico o lo espiritual– a partir de las drogas.

Jesus’ Son, el único libro de cuentos de Denis Johnson, es parte de esta tradición.

I was certain I was here in this world because I couldn’t tolerate any other place

Un adicto hace auto-stop en la carretera. Sus benefactores comparten con él diversas drogas y lo llevan de un punto a otro hasta que sube al automóvil de una familia en medio de una noche de lluvia. A su lado hay un bebé. La imagen de un terrible accidente cruza su cabeza: sabe que van a chocar pero no le importa, como si la súbita revelación del destino no fuera sino una confirmación de lo que siempre ha estado esperando desde que comenzó el viaje –o, para este caso, su vida. El accidente sucede.

Un grupo de amigos avanzan a través de la noche hacia una fiesta que no es lo que ellos esperaban. De vuelta a su coche encuentran a un hombre que, por medio de señas, les pide lo lleven de un lugar a otro. Después de un par de visitas frustradas –las casas a las que van no los reciben o, simplemente, no hay nadie– llegan, a las afueras del pueblo en el que viven, a una casa con una mujer y un par de hombres. Dentro, se enteran de algunos detalles de la vida de su pasajero y se van de ahí con el sabor de la derrota en su boca: The woman hurt me. She looked so soft and perfect, like a mannequin made of flesh, flesh all the way through. Las derrotas acumuladas –la decepcionante fiesta, el matrimonio fallido del narrador y algunos otros detalles– culminan en una catarsis violenta contra la primer persona que se encuentran.

Un grupo nutrido de hombres beben en un bar. Festejan que un hombre apellidado Hotel no va a ir a la cárcel: lo han dejado salir bajo fianza. El narrador lo envidia, lo cree poseedor de cierta aptitud –difícil de definir– que él no tiene. Ambos, años después, se encuentran y consiguen juntos heroína. Hotel muere de una sobredosis, mientras que el narrador sobrevive.

Todos los cuentos compilados parten de una canción de Lou Reed (Velvet Underground) llamada “Heroína”: When I’m rushing on my run, and I just feel like Jesus’ Son. Lo interesante de la construcción que propone Johnson es que el narrador es el mismo en todos los cuentos. Así, los episodios se conectan unos con otros y logran dar pistas, entre sí, sobre lo que sucede más allá de una historia. En algunos momentos hay una optimación a partir de las drogas, una especie de revelación que es, a lo mucho, mediana:

I was overjoyed not to be dead. Generally the closest I ever came to wondering about the meaning of it all was to consider that I must be the victim of a joke. There was no touching the hem of mystery, no little occasion when any of us thought that our lungs were filled with light, or anything like that. I had a moment’s glory that night, though. I was certain I was here in this world because I couldn’t tolerate any other place (Out on Bail).

Esta claridad se pierde rápidamente entre la serie de desgracias y breves alegrías del narrador. Hay que seguir viviendo mientras sea posible, parece concluir, sin causas ni efectos, sin premios ni castigos.

Ser los otros

All these weirdos (…). I had never known, never imagined for a heartbeat, that there would be a place for people like us.

Si en los beats existía cierta búsqueda trascendental a partir del uso de sustancias ilícitas, en Johnson lo que existe es la droga como una forma de estar en el mundo. No por esto deja de ser fascinante: la literatura de esos otros –drogadictos, parias, criminales, alcohólicos– es sórdida, rapaz, pero no ausente de belleza. Acaso nos recuerda ese pasado violento del que alguna vez fuimos parte, o acaso contrasta –cruelmente– con nuestra vida moderna (¿no suena más interesante dejarse llevar por nuestras pulsiones más secretas que llegar, después del trabajo, a ver otro episodio más de una serie de televisión?).

Diego Fonseca, al respecto de la reciente aprehensión del Chapo, comenta: “Y luego está aquello que a mí mismo me atrapó, ese tironeo de repelencia y seducción de estos tipos malditos que nos muestran cómo podría ser la vida si tuviéramos menos escrúpulos.” Los hijos de Jesús existen, están allá afuera.

Notes on the assemblage – Juan Felipe Herrera

Schwartz: (…) I thought your people were all about Revolution and Justice so what happened to that Martinez what happened to Revolution and Justice? Martínez: My people? What people? I am here alone Schwartz look around can you see me or are your glasses cracked? You are my people Schwartz you and Lim *** Juan Felipe Herrera es el primer latino en ganar el 'Poet Laureate US'. Hijo de migrantes, sus poemas giran alrededor de la vida de los migrantes y otras minorías en Estados Unidos. Transcribo un párrafo de Poetry Foundation: "In a 2004 interview at CSU-Fresno, Herrera noted the influences of three distinct Californias—the small agricultural towns of the San Joaquin Valley he knew as a child, San Diego’s Logan Heights, and San Francisco’s Mission District—on his work: “all these landscapes became stories, and all those languages became voices in my writing, all those visuals became colors and shapes, which made me more human and gave me a wide panorama to work from.”

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Teignmouth Electric – Tacita Dean

Interesante historia sobre Donald Crowhurst, uno de los nueve competidores de la Carrera del Globo de Oro de 1968 que buscaba circunnavegar el mundo sin escalas. "Decidió participar para salvar su negocio con el premio de 5.000 libras de la competencia, pero encontró serios problemas desde el momento de su partida, por lo que abandonó en secreto la carrera haciendo creer que aún continuaba en la misma." Lo que sigue es un delirio —entre sus notas se encontraron reflexiones sobre Dios, la teoría de la relatividad de Einstein y un tratado filosófico para superar lo imposible— que culminó con su muerte. El libro de Tacita Dean es un registro de su búsqueda de Crowhurst y una síntesis de la obra presentada en el MoMA en 2006.

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Después del invierno – Guadalupe Nettel

Después del invierno es la novela por la que Guadalupe Nettel ganó el reciente Premio Herralde de Novela. Como planetas en órbita, Claudio y Cecilia se encuentran brevemente. Si se les quiere llamar así, se convierten en amantes, pero el amor está lejos y su encuentro es más bien el cruce entre la soledad y la esperanza. Ella, estudiante mexicana en París, y él, un editor cubano exiliado en Nueva York, se ven unidos por una afición común: visitar los cementerios. El encuentro entre ambos ofrece esa promesa de felicidad que les ha sido negada en el pasado, pero pareciera que el lugar de su encuentro —el cementerio Père-Lachaise— es un signo del futuro desenlace. En un momento Cecilia reflexiona: "La gente se muere, deja su nombre escrito sobre una lápida, sus vidas cesan de correr en línea recta (pero) las emociones que cultivaron durante años siguen flotando en el aire". Estos sentimientos que Claudio y Cecilia siembran los deforma —al primero, incluso, le mutila una pierna. A diferencia de Genet, donde la soledad adquiere tintes místicos, en Nettel crece como el musgo en una lápida, cubriendo todo indicio del pasado para dar lugar a una nueva realidad —deformada— de la que es imposible sobreponerse. Después de constatar lo efímero que resulta todo en esta vida, lo que sucede después del invierno no es la primavera, sino una fría templanza.

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Mérida 90 – Livia Radwanski

En Mérida90, @liviarara ofrece un registro del proceso de expropiación que vivieron un puñado de familias entre 2007 y 2010. La mirada de Livia nos acerca a la vida de las familias, pero también al proceso de deterioro del espacio: la mirada se transporta desde lo íntimo hacia la desolación. La promesa de que la expropiación serviría para construir viviendas que atendieran las necesidades de las familias de Mérida 90 no se cumplió en el tiempo pactado —desconozco si a la fecha se cumplieron ya las obligaciones legales al respecto— por lo que el registro es, también, un retrato de la angustia de dichas familias. Una foto, la de Manolo frente a un altar de la Virgen, funciona como una metáfora de la esperanza previa destrucción del edificio. El registro funciona como pasaje: por él pasan la historia y el tiempo; en palabras de Livia, "una huella mínima" del edificio.

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