[Podcast] La guerra: escribir para salvarse

[Podcast] La guerra: escribir para salvarse

Last Updated on: 24th julio 2022, 11:13 pm

El conflicto en Ucrania nos recuerda lo terrible que es la guerra. Dos libros nos sirven para entenderla: Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, novela escrita por Tim O’Brien, escritor estadounidense y quien participó en la Guerra de Vietnam en 1969; y La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, premio Nobel de literatura 2015, que rescata las historias de las mujeres eslavas durante las guerras del siglo XX –libro conmovedor y terrible, fuera de la narrativa masculina a la que estamos acostumbrados.

Para ayudar a Ucrania:

Transcripción

Grabo esto mientras entramos al cierre del día 18 del conflicto entre Rusia y Ucrania. Pienso, por un lado, que la guerra siempre ha estado aquí: en nuestros juegos infantiles, en los aviones que chocaron contra dos torres a comienzos de siglo, en todas las implicaciones de la palabra “narco”. Hemos vivido dentro de ella, a veces sin querer mirarla a los ojos: Colombia, Afganistán, México, Siria, Yemén. Ahora, Ucrania.

¿Qué es la guerra? Es el horror, sin duda, pero es también lo que se cuenta del horror. La literatura nos da algunas pistas para entenderla: “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, escrita por Tim O’brien, escritor estadounidense y que participó en la Guerra de Vietnam en 1969, narra diversos episodios donde la épica de la Segunda Guerra Mundial se desmorona y da paso al horror. En la novela, O’brien escribe sobre Bob Kiley, soldado al que todos llamaban el Rata. Matan a un amigo del Rata, así que, más o menos una semana después, se sienta y le escribe una carta a la hermana del amigo muerto.

El Rata le cuenta qué gran hermano tenía, lo estupendo que era, un compañero y camarada de primera. Un verdadero ejemplo para los otros soldados, dice el Rata. Después le cuenta algunas historias para confirmarlo: cómo su hermano siempre se presentaba voluntario para misiones a las que nadie más se presentaría voluntario ni en un millón de años, misiones peligrosas, como salir de reconocimiento o ir en una de esas patrullas nocturnas en que te jugabas el pellejo. Tenía unos cojones como un toro, le asegura el Rata. Estaba un poco loco, desde luego, pero loco en el buen sentido de la palabra; era un verdadero temerario, pero le gustaba el desafío, le gustaba ponerse a prueba, luchar de hombre a asiático, dice el Rata. Un tipo estupendo, realmente estupendo. En todo caso, es una carta fantástica, muy personal y conmovedora. El Rata casi llora a moco tendido escribiéndola. Se le saltan las lágrimas contando los buenos momentos que pasaron juntos, cómo el hermano de la chica hizo que la guerra casi pareciera divertida, matando a diestro y siniestro e incendiando aldeas y dejando humo como testimonio de su paso en todas direcciones. Y también tenía un gran sentido del humor. Como en aqueIla ocasión en que estaban a orillas de un río y se puso a pescar con una caja de granadas de mano. Fue lo más divertido en la historia del mundo, dice el Rata. ¡Vaya carnicería, alrededor de veinte trillones de peces asiáticos panza arriba! El hermano de la chica era capaz de adaptarse a las circunstancias. Sabía cómo pasárlo bien. La noche de Halloween, esa noche realmente tenebrosa, el hermano de la chica va y se pinta el cuerpo de distintos colores y se coloca una máscara rara y va hasta una aldea y empieza a asustar a la gente casi totalmente desnudo, enseñando las pelotas, sólo con las botas y un M-16. Un ser humano excepcional, dice el Rata. Bastante chiflado a veces, pero podías confiarle tu vida. Y entonces la carta se vuelve muy triste y grave. El Rata vuelca su corazón en lo que escribe. Dice que apreciaba sinceramente a aquel hombre. Dice que era el mejor amigo que tenía en el mundo. Eran como hermanos de sangre, dice, como gemelos o algo por el estilo, tenían mucho en común. Le dice a la hermana de su amigo que cuidará de ella cuando la guerra termine. ¿Y qué pasa después? Envía la carta. Espera dos meses. Pero la mamona no le contesta, dice el Rata.

¿A dónde va el narrador con todo esto? En el siguiente párrafo añade:

Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni alienta a la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correcto, ni impide que los hombres hagan las cosas que los hombres siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la crean. Si al final de una historia de guerra se sienten edificados, o si sienten que una partícula de rectitud se ha salvado de la devastación a gran escala, entonces han sido víctimas de una mentira muy antigua y terrible. No hay la más mínima rectitud. No hay virtud. En consecuencia, la primera regla básica es que puedes distinguir una auténtica historia de guerra por su lealtad absoluta y sin concesiones a lo repugnante y lo soez. Escucha al Rata. Mamona, dice. Después escupe y se queda con la mirada fija. Tiene diecinueve años, lo que parece superior a sus fuerzas, así que te mira con sus grandes ojos tristes de asesino y dice: mamona.

Poco después el Rata mata a un pequeño búfalo en un acceso de locura. Sus colegas miran al Rata pasmados, de pie frente al cadáver todavía caliente del animal. “Habíamos sido testigos de algo esencial, de algo insólito y profundamente significativo, algo nunca visto y tan asombroso que no tenía nombre”, escribe O’brien.

“Bueno, así es Vietnam”, dice uno de los soldados, y me gustaría añadir: “así es la guerra”. “El jardín del mal. En este sitio, chico, cada pecado es nuevo y original”.

En una auténtica historia de guerra, si hay alguna moraleja, es como el hilo que forma la tela”, continúa el narrador. “No puedes tirar de él. No puedes extraer el sentido sin deshacer el tejido de su significado más profundo. Y, después de todo, francamente, poco hay que decir acerca de una auténtica historia de guerra, salvo, tal vez, “¡oh!”. Las auténticas historias de guerra no generalizan. No se permiten el lujo de la abstracción o el análisis. Por ejemplo: la guerra es el infierno. Como declaración moral, esta perogrullada tradicional parece perfecta; y sin embargo, como no es más que una abstracción y una generalización, no la puedo creer con el estómago. No se me mete dentro. Todo se reduce al instinto de las entrañas. Una auténtica historia de guerra, si es contada con sinceridad, hace que el estómago la crea.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon recorre esa delgada línea que separa la de la muerte, una línea que conecta siempre con la memoria, ese espacio liminal al que el soldado se aferra: el recuerdo de un tacto, la banalidad de una silla frente a un patio cualquiera, el sabor perdido de un plato cliente. Así, O’Brien nos recuerda que no hay épica, como nos quisieron hacer creer, tan solo el recuerdo de la cotidianeidad que se esfuerza por querer salvarnos de entre todo aquel horror.

Y, sin embargo, una guerra no es solo el relato de los que combaten, sino el de las mujeres y los niños, por supuesto, pero también el de la tierra y los animales que se encuentran en ella.

La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, premio Nobel de literatura 2015, rescata estas historias en un libro conmovedor y terrible, fuera de la narrativa de héroes y villanos a la que estamos acostumbrados.

“¿De qué hablará mi libro?”, se pregunta en el prólogo.

Un libro más de la guerra, ¿para qué? Ha habido miles de guerras, grandes y pequeñas, conocidas y desconocidas. Y los libros que hablan de las guerras son incontables. Sin embargo, siembre han sido los hombres escribiendo sobre hombres, eso lo veo enseguida. Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la voz masculina. Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones masculinas. De las palabras masculinas. La mujeres mientras tanto guardan silencio. Durante mis de periodista, en muchas ocasiones, he sido la única oyente de unas narraciones completamente nuevas. Y me quedaba asombrada, como en la infancia. En esos relatos se entreveía el tremendo rictus de lo misterioso. En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. La guerra femenina tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible.

Svetlana estuvo en México en marzo de 2003 para dar una conferencia en el ciclo “Cartas del destierro”, que la Casa Refugio Citlaltépetl organizó en el Palacio de Bellas Artes. De esa conferencia extraigo el siguiente fragmento:

Mi aspiración a escribir un libro sobre la guerra con mirada de mujer se debe a que pertenezco a una generación a la que le desagradaban las respuestas estériles que nos daban sobre la vida. Estaba claro que esa guerra pomposa era una justificación del sistema y que toda la sangre derramada borraba la verdad sobre su naturaleza. La verdad era totalmente diferente. Recuerdo cómo se gestó mi libro. Una vez fui a un pueblo… en Rusia hay un día en que se conmemora a los difuntos, como aquí en México. Todos acuden al cementerio para recordar a sus muertos. Tratan de hablar con el cielo, con las personas que ya no están. Y advertí algo extraño… Por lo general, en los pueblos rusos y bielorrusos todos se juntan, incluso en el cementerio. Por alguna razón, todos los habitantes de ese pueblo ignoraban a una mujer. Les pregunté por qué. Tardaron en desvelarme la historia. Finalmente me contaron que, durante la guerra, cuando los alemanes se disponían a quemar todo el pueblo, la gente huyó despavorida al bosque. Huyeron con los niños y, por supuesto, sin nada de comida. Se escondieron en el pantano. Aquella mujer, madre de cinco hijos, no tenía nada con qué alimentarlos. La más pequeña no dejaba de llorar. Todos tenían miedo de que por culpa de ella los mataran, que por su llanto descubrieran dónde se escondían. Por la noche oyeron que la pequeña le decía: “Mamá, por favor, no me ahogues. No volveré a pedirte comida”. Cuando se hizo de día, la niña ya no estaba. Esta madre salvó a todo el pueblo, pero ellos después le dieron la espalda. Cuando me lo contaron y vi a esa anciana, me acerqué a ella y la abracé, y las dos nos sentamos junto a sus tumbas. Entendí que en la se dan situaciones como esa. A veces no se puede seguir mintiendo… Pero tampoco se pueden escuchar las mentiras.

No sé cómo cerrar este episodio. Hay, por supuesto, una responsabilidad que cargamos todos: ayudar de la manera que nos sea posible, combatir la desinformación y la propaganda. Pero hay otra responsabilidad, quizás menos visible, que tiene que ver con la esperanza. En sus diarios, Witold Gombrowicz, escribe desde su exilio durante la Guerra Fría: “me he puesto a escribir este diario sencillamente para salvarme, por miedo a la degradación y a un total hundimiento en las olas de la trivial que ya me está llegando al cuello”.

De cierta forma, preparo este podcast también para salvarme: vivimos, sin duda alguna, en una época en que la desesperación amenaza constantemente con zozobrarnos.

Regreso al libro de Svetlana para finalizar:

El ser humano es más grande que la guerra. (…) He de ampliar mi visión: escribir la verdad sobre la y la muerte en general, no limitarme a la verdad sobre la guerra. Partir de la pregunta de Dostoievski: ¿cuánto de humano hay en un ser humano y cómo proteger al ser humano que hay dentro de ti?

A ti, que me escuchas, te dejo esa pregunta.

Si deseas ayudar, dejo algunos links relevantes en el post de este podcast.

 

Roberto Wong

Roberto Wong

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