La piedra de la locura – Benjamín Labatut
Labatut abre este ensayo con una cita de Lovecraft: «Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos». La elección es parte de la premisa del libro y, también, de su obra: necesitamos de la locura para poder construir nuestro lugar en un mundo cada vez más extraño.
La primera parte, «La extracción de la piedra de la locura», funciona como una ars poética retroactiva de Un verdor terrible y, también, de su primer libro de cuentos recientemente reseñado. Labatut recorre así el territorio que ya había cartografiado en su primera novela: la ciencia como delirio, el caos como estructura oculta. Lovecraft, Philip K. Dick, Gödel, Adam Curtis y el estallido social chileno de 2019 sirven como estructura para establecer dos argumentos: 1) la ciencia ya no es suficiente como relato unificador y 2) la locura aparece ante la insuficiencia de nuestros argumentos y, en muchas formas, es una forma legítima de conocimiento. A momentos, sin embargo, la grandilocuencia cósmica («una gigantesca ola de novedad se está derramando sobre el mundo») contrasta de manera incómoda con la falta de especificidad política. Las páginas sobre Chile, por ejemplo, describen el estallido con cierta distancia, y varios lectores chilenos lo han señalado con dureza al respecto (en Goodreads alguien calificó la crónica de dicho estallido como «tremendamente burguesa»).
Marco Ornelas, en Reflexiones Marginales, apunta algo más preciso: Labatut ignora la tradición filosófica que lleva décadas trabajando estos mismos temas (Foucault, Morin, Meillassoux) y omite argumentos importantes como el lugar que tiene la locura en la estructura de poder —en el siglo XVII, la locura compartía el mismo espacio que los vagabundos, las prostitutas y los homosexuales, medicalizándola después bajo la autoridad del psiquiatra. De acuerdo a Foucault, el loco no está loco: está señalado como loco por las instituciones que necesitan definir lo razonable. La operación de Labatut es la inversa: en su libro la locura no es un instrumento de exclusión sino una forma de conocimiento, algo que «quizás no deberíamos exorcizar del todo, porque sin ellos no solo seremos más pobres en muchos sentidos; sin ellos puede que no sobrevivamos».
Si se trata de tomar bandos, es cierto que la pregunta foucaultiana sobre quién decide qué es locura, y a quién beneficia esa distinción, habría sido más productiva la pregunta sobre los límites de nuestros relatos (o, en el fondo, la sospecha de que todos nos volveremos locos una vez se rompa por completo el velo de la razón). Labatut prefiere el vértigo existencial al análisis del poder, y pese a que no pretenda hacer filosofía, esa elección le da al libro su tono seductor, pero también establece sus límites.
Entre los éxitos del libro están la imagen, la confesión y la yuxtaposición. Al citar a Adam Curtis, por ejemplo, Labatut nos recuerda que nos encontramos entre dos aguas: el siglo que muere y uno nuevo que nace, y del que no conocemos demasiado.
El documentalista Adam Curtis ha intentado explicar el sinsentido que están padeciendo muchas sociedades, movimientos sociales y revoluciones populares como el fruto de una crisis de la imaginación: «Este puede ser un momento en que todas las viejas historias que le dieron sentido al mundo estén colapsando. En este instante, antes de que llegue la próxima gran historia, una masa informe de billones y billones de fragmentos sin ningún sentido está precipitándose para tratar de llenar este vacío. Y por un breve lapso de tiempo en la historia quedamos sumergidos en un mundo que está completamente desprovisto de significado. Pero luego, desde un lugar que hoy no podemos siquiera imaginar, alguien empezará a ensamblar todos esos fragmentos de una forma completamente nueva. Y de ahí surgirá la próxima gran historia». El fracaso de nuestras grandes narrativas en reflejar cómo se siente estar vivo durante la segunda década del siglo XXI y el colapso de ese don divino que nos permite poner la realidad en palabras y dar sentido a lo que nos rodea para compartir una historia común.
Y, en otro momento sumamente personal, Labatut confiesa que sus obsesiones tienen su origen en un pasado familiar:
Mi bisabuelo acabó en un manicomio. Mi abuela seguramente fue bipolar. Se tiró por la ventana de su departamento, desde un noveno piso, cuando yo tenía ocho años, pero no me hablaron de su suicidio hasta que cumplí los veintitantos, tal vez porque mi padre pensó que la pulsión suicida podía ser contagiosa. Y quizás no estaba tan equivocado: si bien yo nunca sospeché que hubiera nada extraño en su muerte, poco después de su funeral comencé a tener pesadillas en las que yo me lanzaba al vacío desde lo más alto de un edificio.
La locura como herencia y, quizás, como condición previa a la escritura.
El segundo ensayo, «La cura de la locura», comienza con un cuadro del Bosco y desemboca en algo inesperado: una mujer escribe al traductor de Un verdor terrible para acusar a Labatut de plagio. Está convencida de que existe un mercado negro que roba manuscritos de personas desconocidas para dárselos a autores de éxito. «En su universo privado el plagio es la fuerza dominante». El tono aquí es más difícil de calibrar. Labatut no se burla de la mujer, pero tampoco la toma del todo en serio, y la pregunta que flota sobre esas páginas (¿un niño chileno estúpido y rico que quiere parecer inteligente?) tiene algo de autoironía calculada. Ornelas considera que esta segunda parte, con su estructura de thriller, no aporta demasiado al conjunto. Quizás ahí está, sin embargo, lo más honesto del libro: en el delirio de la mujer que le ha escrito reconoce la misma operación que él practica como escritor: un intento fútil por «construir su propio sentido del mundo». Así, la diferencia entre el paranoico y el escritor es de grado, no de naturaleza.
El libro termina con el cuadro del Bosco vuelto del revés: quizás el cirujano no está extrayendo la piedra sino implantando algo, un tulipán que «al abrir sus pálidos pétalos de cera, traerá los frutos de la locura —tan fértiles y venenosos— de vuelta a nuestro mundo».
Citas
Durante el verano de 1926, el escritor Howard Phillips Lovecraft percibió la sombra de un nuevo tipo de horror.
Aunque apenas fue capaz de hallar las palabras para describirlo, pudo cristalizar algunas de sus visiones en un cuento que tituló «La llamada de Cthulhu», una historia que alerta a nuestra especie sobre el regreso de un antiguo terror y el peligro de traspasar nuestros lími-tes, al mostrarnos lo que puede estar allí, dor-mido, esperándonos. «Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos», escribió Lovecraft. «Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos destinados a viajar muy lejos. Las ciencias, cada una avanzando en su propia dirección, nos han perjudicado poco hasta el momento; pero algún día la suma de todo ese saber disgregado abrirá una perspectiva tan aterradora sobre la realidad, y sobre el espantoso lugar que ocupamos en ella, que nos volveremos locos producto de esa revelación, o huiremos de la luz hacia la paz y la seguridad de una nueva edad oscura.»
“(…) En mis historias y novelas suelo escribir sobre mundos falsos. Mundos semirreales, y otros mundos privados, retorcidos y trastorna-dos, habitados por solo una persona. En ningún momento tuve una explicación teórica o consciente para mi fascinación con esta pluralidad de seudomundos, pero ahora creo enten-der. Lo que yo estaba sintiendo era el abanico de realidades parcialmente materializadas que intersectan la que es, evidentemente, la más actualizada de todas: aquella sobre la cual la mayoría de nosotros está de acuerdo, según consensus gentium.»
Dick se había tropezado con estas y otras ideas luego de sufrir una experiencia que alteró su mente por completo: el 2 de marzo de 1974, abrió la puerta de su casa para recibir un paquete, vio a una mujer que llevaba un collar en forma de pez y en ese momento un destello de luz neón le atravesó el cráneo y le dijo que el Imperio romano no había acabado nunca, que los soldados seguían cazando a los fieles en las calles de la eterna Galilea”
Pag 17
Una cierta demencia se ha infiltrado en el mundo, gota a gota, y está tomando cada vez más fuerza. Ya no podemos simplemente desdeñar la paranoia, ni tampoco podemos confiar, con absoluta certeza, en que la ciencia -o incluso nuestros propios sentidos- será capaz de mostrarnos el mundo tal como es. Debemos aprender a ver las cosas bajo una luz nueva, porque la llama de la razón ya no alcanza a iluminar el complejo laberinto que va tomando forma lentamente (aunque algunos dirían que está siendo construido) a nuestro alrededor.
En 2020 publiqué un libro titulado Un verdor terrible, en el cual trenzo algunos de los hilos que forman la red de asociaciones, ideas y descubrimientos que dieron origen a la quí-mica, física y matemática modernas, porque esas disciplinas -junto con el súbito estallido de las tecnologías de la comunicación, la biología y la computación- se encuentran en la base de nuestra cosmovisión actual. Si bien esa perspectiva racional e ilustrada aún es poderosa e imponente, se está resquebrajando.
Los bordes de la realidad han comenzado a sangrar, y muchos tenemos la sospecha -una sospecha que confirmamos todas las noches al soñar, o cada vez que prendemos el televisor-de que esta pequeña ciudadela, el castillo de razón y orden que hemos construido, está rodeada por todos lados, y que sus muros, sin importar cuán altos los elevemos, pueden ser fácilmente derrumbados, no solo por quienes los asaltan desde afuera, sino también por las fuerzas que los embisten desde adentro.
Pag 21
Desde que apareció mi libro, me han hecho muchas veces aquella pregunta que figura en uno de sus capítulos: ¿cuándo dejamos de entender el mundo? ¿Alguna vez comprendimos la realidad? ¿Podemos siquiera aspirar a ello, o acaso se trata de algo que está completamente fuera de nuestro alcance, un sueño infantil, un resabio de la Era de la Razón que ahora está cabalgando desbocadamente hacia su fin? Estas preguntas, que se han vuelto tan urgentes, fueron, hasta hace muy poco tiempo, si no im-pensables, fácilmente ignoradas, porque el planeta entero parecía viajar sobre rieles, hipnotizado por una sola forma de hacer las cosas.
Pag 22
El documentalista Adam Curtis ha intentado explicar el sinsentido que están padeciendo muchas sociedades, movimientos sociales y revoluciones populares como el fruto de una crisis de la imaginación: «Este puede ser un momento en que todas las viejas historias que le dieron sentido al mundo estén colapsando. En este instante, antes de que llegue la próxima gran historia, una masa informe de billones y billones de fragmentos sin ningún sentido está precipitándose para tratar de llenar este vacío. Y por un breve lapso de tiempo en la historia quedamos sumergidos en un mundo que está completamente desprovisto de significado. Pero luego, desde un lugar que hoy no podemos siquiera imaginar, alguien empezará a ensamblar todos esos fragmentos de una forma completamente nueva. Y de ahí surgirá la próxima gran historia». El fracaso de nuestras grandes narrativas en reflejar cómo se siente estar vivo durante la segunda década del siglo xxI y el colapso de ese don divino que nos permite poner la realidad en palabras y dar sentido a lo que nos rodea para compartir una historia común.
Pag 31
yo creo que hemos llegado a un momento similar, un momento en que una gigantesca ola de novedad se está derramando sobre el mundo, y aunque hayamos enfrentado muchas transformaciones de este tipo en el pasado, la velocidad, la violencia y el alcance de la crisis actual no tienen parangón.
La irrupción de lo nuevo es un proceso traumático. Hoy, los monstruos y maravillas de la ciencia y de la tecnología nos tienen pa-ralizados. Debemos hacer un esfuerzo constante para no ahogarnos entre las rompientes de una interminable marea de cambios, mientras los poderes políticos y económicos nos apalean hasta la sumisión, y las grandes compañías que habían prometido «no hacer el mal» nos espían con su enjambre de algoritmos.
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porque lo que está pasando a nuestro alrededor es real e irreal a la vez. Necesitamos desarrollar nuevas formas de interac-tuar, no solo entre nosotros sino también con la ráfaga de información que está siendo dirigida, de forma constante, a nuestros cerebros. Necesitamos tejer nuevas historias con las ruinas y escombros que dejó el colapso de las grandes narrativas, arrasadas por el imparable ascenso de lo nuevo.
Hay algunas respuestas evidentes a la pregunta de por qué nuestro mundo se ha vuelto tan incomprensible: cuando los sistemas son interconectados, su complejidad crece de forma explosiva, y comienzan a manifestar fenómenos emergentes que no podrían haber sido previstos desde antes, porque surgen como el producto de múltiples interacciones, algo similar a lo que ocurre al interior de nuestra mente, con nuestros pensamientos y percep-ciones. Esa miríada de nuevos enlaces entre aspectos previamente aislados de la experiencia humana puede conducir a una falla catastrófica de nuestra capacidad de comprensión.
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La teoría del caos fue la tercera gran revolución científica del siglo xx, junto con la relatividad y la mecánica cuántica, pero, como suele ocurrir con las ideas científicas cuando salen de la seguridad de su madriguera y entran en el gran coto de caza de la cultura, lo que se apoderó de la imaginación humana, lo que nos sedujo con inesperada violencia, no fue la extrema sensibilidad ante la variación de las condiciones iniciales, sino el concepto mismo de la impre-visibilidad: la noción de que nuestro mundo, nuestras sociedades, incluso nuestras propias mentes, no son fenómenos que podamos controlar del todo. El caos parece sugerir que hay algo en la esencia misma de las cosas que escapa a nuestro alcance, algo que no somos capaces de ver, sin importar qué tan lejos miremos hacia el futuro, ni cuán poderosa se vuelva nuestra mirada.
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Sin importar nuestras creencias, hoy todos desconfiamos del orden, de cualquier tipo de orden, e incluso aquellos que tienen fe han comenzado a temer que quizás Dios mismo no sea la entidad omnisciente, todopoderosa y plena de amor que nos prometieron cuando niños, sino una deidad enajenada que descarga su furia contra un mundo que no puede gobernar, aunque lo haya creado. Esta otra divinidad se parece al demiurgo de los gnósticos, un dios incompleto y fallido que ruge y violenta su creación, al igual que esos niños pequeños que destrozan aquellos juguetes que fueron, tan solo meses o incluso días antes, sus objetos más preciados, porque de pronto les parecen tristes, feos, pobres, llenos de una rencorosa nostalgia, intolerables recuerdos del tiempo perdido, de la alegría perdida, objetos inertes desprovistos de esa magia esencial que los hacía parecer tan llenos de belleza, de propósito, de sentido.
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Al enfrentarnos con la imagen incomprensible que el mundo nos está ofreciendo, tal vez podamos responder a la acuciante pregunta de Lovecraft: ¿vamos a subir hacia la luz, o vamos a retroceder, temblando, de vuelta hacia la os-curidad? Para poder decidir, no deberíamos olvidar las palabras luminosas de ese autor:
«Los hombres con un intelecto más amplio saben que no hay una distinción clara entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen de la forma en que lo hacen solo por virtud de los delicados medios físicos y mentales a través de los cuales cada individuo se hace consciente de ellas; pero el materialismo prosaico de la mayoría condena como locura aquellos destellos de extrema lucidez que penetran el velo compartido del evidente empirismo.» Aunque el espectro de lo irracional siempre acechará el alma de la ciencia, al menos para mí, el llamado a las armas de Hilbert sigue siendo válido: tenemos que saber, y sabremos. Sin embargo, nunca debemos olvidar que la ciencia no es solo un método: también es un delirio metafi-sico,
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En su caso, esa verdad es que, aunque está claramente desquiciada y confundida, solo está haciendo lo que todos tenemos que hacer, especialmente hoy en día: está tratando, deses-peradamente, de construir su propio sentido del mundo. En su universo privado el plagio es la fuerza dominante.
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Después de todo, la locura es parte de mi fami-lia. Mi bisabuelo acabó en un manicomio. Mi abuela seguramente fue bipolar. Se tiró por la ventana de su departamento, desde un noveno piso, cuando yo tenía ocho años, pero no me hablaron de su suicidio hasta que cumplí los veintitantos, tal vez porque mi padre pensó que la pulsión suicida podía ser contagiosa. Y quizás no estaba tan equivocado: si bien yo nunca sospeché que hubiera nada extraño en su muerte, poco después de su funeral comencé a tener pesadillas en las que yo me lanzaba al vacío desde lo más alto de un edificio.
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Aunque quizás nos esté engañando el título de ese cuadro. Quizás el cirujano no está extrayendo una piedra, sino implantando algo: un tulipán, una flor que, cuando germine del todo, brotará de la frente del paciente, elevándose por encima de su largo tallo sin hojas; una flor que, al abrir sus pálidos pétalos de cera, traerá los frutos de la locura -tan fértiles y venenosos- de vuelta a nuestro mundo, ascendiendo desde las profundidades donde los hemos intentado ocultar, de regreso a la luz a la que sin duda pertenecen, floreciendo desde ese abismo donde la razón ha decidido deste-rar todo lo que no podemos entender, todo aquello que no queremos aceptar, cualquier cosa que nos recuerde que nosotros, que hemos sido capaces de conquistar la faz del pla-neta, que nos hemos sumergido en el abismo del océano y que hemos viajado más allá de la atmósfera hacia el vacío de las estrellas, conte-nemos, sin embargo, una legión de ángeles y demonios que nunca estarán bajo nuestro control,
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Aunque no cabe ninguna duda de que corremos un gran peligro al dejar que los espíritus de la sinrazón galopen fuera de control, libres y salvajes, tampoco podemos exorcizarlos del todo, porque sin ellos no solo seremos más pobres en muchos sentidos; sin ellos puede que no sobrevivamos.
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