Fechas inciertas – Luis Eduardo Rivera

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Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga, no te metás, que vachaché, dale que va, paciencia. La tierra, entre los dedos, la basura en los ojos, es estar triste, ser argentino es estar lejos, y no decir mañana porque ya basta con ser flojo ahora.

Cortázar, Carta abierta a la patria

luis eduardo rivera - fechas inciertasHablar de uno mismo es hablar del mundo: de lo que nos importa, de lo que nos limita, de lo que nos corroe; es decir, nuestras obsesiones y afectos. El último libro de Luis Eduardo Rivera -de quien he escrito en el pasado aquí y aquí– se titula Fechas Inciertas y es un viaje por la biografía del autor: su formación como escritor, su exilio en París, el ambiente literario guatemalteco, sus amistades, su niñez.

Cortázar, cuando le piden escribir sobre la situación del intelectual latinoamericano, responde:

A riesgo de decepcionar a los catequistas y a los propugnadores del arte al servicio de las masas, sigo siendo ese cronopio que, como lo decía al comienzo, escribe para su regocijo o su sufrimiento personal, sin la menor concesión, sin obligaciones “latinoamericanas” o “socialistas” entendidas como a prioris pragmáticos.

Esa carta continúa, pero la convergencia entre ambos textos es útil: Rivera, desde París, habla de todo lo que es Guatemala, permea el desgarro del país perdido entre la milicia y la guerrilla, los cuerpos que se intuyen acribillados en la memoria, la farsa de toda esa supuesta modernidad. Al igual que Cortázar, Luis Eduardo Rivera descubre su verdadera condición de latinoamericano en el exilio. A diferencia de él, para Rivera la revolución cubana no es ya una alternativa con la que haya que comprometerse. El camino que él escoge es la literatura, y con ésta, la revisión autobiográfica -¿qué cosa más extraña para nuestros ojos que nuestra propia vida?-. De ahí nace este libro: de todo lo perdido, incluidos nuestros días:

Al final de su tercera semana de exilio, Gil ya estaba desesperado por volver a Guatemala. Intenté disuadirlo, pero fue inútil. Una de sus reglas de sobrevivencia es la de no quedarse mucho tiempo en el mismo lugar, trata de no dejar huellas de su paso, para cubrirse y, al mismo tiempo, para proteger a los de su entorno. Vive en función del presente, borrando en apariencia su relación con el pasado inmediato. Supongo que por esta razón le disgusta que le tomen foto, y también porque, a causa del riesgo constante en el que vive, detesta el culto a la memoria.

Y sin embargo, como diría Galeano, la memoria guardará de nosotros lo que valga la pena, ella no pierde lo que merece ser salvado. Este libro salva una parte de Guatemala y de Rivera para todos nosotros. Como escribiera su editorial, la experiencia del exilio licua los hechos.

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