Antología de Poesía Italiana Contemporánea – Horacio Armani

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Todo he perdido de la infancia
y no podré ya más
olvidarme en un grito.
Giuseppe Ungaretti

antologia de literatura italianaEn 1994 Litoral / Ediciones Unesco publicó en España una compilación de Horacio Armani alrededor de los poetas italianos contemporáneos, misma que incluía poemas y una breve biografía de 51 poetas italianos nacidos entre el final del siglo XIX y el siglo XX. Pese a ser un universo tan vasto, a los poetas de esta antología los marca el fin de siècle y eventos importantes como las Guerras Mundiales, el fascismo y el comunismo. Muchos de ellos tísicos, tuberculosos, obsesionados por la búsqueda intelectual y la erudición al grado que ésta mella su cuerpo, comparten una sensibilidad que Aldo Palazzeschi retratara en su poema ¿Quién soy?:

¿Soy quizás un poeta?
No, ciertamente.
No escribe sino una palabra, muy rara,
la pluma de mi alma:
“locura”.
¿Soy, pues, un pintor?
Ni eso, siquiera.
No tiene sino un color
la paleta del alma mía:
“melancolía”.
¿Un músico, entonces?
Tampoco.
No hay más que una nota
en el teclado del alma mía:
“nostalgia”.
Soy, entonces, ¿qué cosa?
Yo pongo una lente
ante mi corazón
para hacérselo ver a la gente.
¿Qué soy?
El saltimbanqui del alma mía.

Antología extensa que recorre varios momentos de la poesía italiana -los crepusculares, el futurismo, el hermetismo, entre otros-, le debo a este libro conocer a Giacomo Leopardi, Dino Campana, Paolo Pasolini, Césare Pavese, Giuseppe Ungaretti, por mencionar aquellos a los que me he sentido más cercano de su poesía.

En un libro extenso como éste, las hojas dobladas, las anotaciones o las manchas refieren siempre a breves historias: las circunstancias en las que los leímos, los accidentes que sufrimos, las ideas que pretendimos apropiarnos.

Era octubre de 2004 y yo me encontraba en una fiesta en el DF con una amiga. A ella le conté que había sacado este libro de la biblioteca y que había encontrado en él un poema de Piero Jahier que quería dedicarle a mi padre. He citado en diversas ocasiones a Carlyle cuando dice que no se ha estudiado con suficiente atención cómo las cosas colaboran con otras, el funcionamiento de los hilos invisibles que conectan la vida. El desenlace de la anécdota es previsible: esa misma noche recibí una llamada de mi hermano: mi padre había muerto.

A la mañana siguiente manejamos siete horas hasta llegar a Tampico, directamente al lugar donde lo estaban velando. Fue ahí donde lo vi por última vez, y por alguna razón persiste de ese momento una imagen falsa, su rostro detrás de un cristal con los labios morados y la piel hinchada. Cerraron el féretro y una carroza nos dirigió a todos al cementerio. Ahí, cuando finalmente lo sepultaron, leí el poema que me hubiera gustado decirle en vida.

La muerte está llena de arrepentimientos. Hoy, nueve años después he vuelto a leer este libro -nunca lo regresé a la biblioteca, me lo quedé como un memento de los misterios sobre los que habla Carlyle-. Sé que este breve texto no hace justicia a ese día en el que mi padre cayó fulminado por un ataque al corazón, pero sé también que, por el momento, es lo único que puedo escribir al respecto en el aniversario de su nacimiento.

El poema de Jahier no se encuentra en la red y por mucho tiempo me resistí a subirlo: persistía para mí como un triste secreto, algo de lo que yo solamente era dueño. Ese breve egoísmo ha pasado, pero el poema sigue generando en mí los mismos sentimientos que en su momento despertaron: el elogio a un hombre que se llamó Silvano Gabriel Wong Ortega, un hombre que irá desapareciendo conforme los que lo recordamos nos vayamos extinguiendo. Al menos aquí quedará este breve homenaje, cuando alguien que sepa de Jahier busque este poema y sepa entonces que fue dedicado a un varón que murió en una ciudad de Tamaulipas en 2004, y cuya vida está encerrada en estos versos.

Balada del hombre más libre

¿Quién ha subido más alto?
Porque yo quiero bajar
todo lo que he subido.

Sirviendo largamente en la fragua
me ha faltado el recogimiento
el estruendo de sus cien ruedas
abofeteadas de transmisiones.

Entonces descubrí el largo día laborable;
siempre un paso profundo para dar esta noche
que, mañana, puede ser cancelado.

Entonces descubrí: de mañana resucitar
en las ideas cálidas guardadas
por el universo que me da la mano.

Cuando descubrí el motivo
de la segura ganancia escasa:
saben que en otro lado está tu corazón
no pagarán
lo que no pueden tener.

Cuando descubrí un tesoro oculto:
sí, en el sitio de polvorientas costumbres
siempre a escondidas
la más desenfrenada pasión.

Cuando descubrí mi finalidad:
que es resistir cinco años
para arribar a la esperanza
de resistir cinco años todavía.

Cuando descubrí el dolor:
siempre el bajo del mar
siempre el bordón sostenido
bajo el más alegre clangor.

Cuando descubrí mi fe:
¡Creíais que no la quería
para vivir sin fe!

Cuando descubrí la gratitud:
¿quién no me ha dado?
¿quién no me ha confiado?
Más pagaré en estrellas fijas
pero como un pobre
seré generoso.

Devolvedme, entonces, mi peso
para no bambolearme
para no perder pie
sobre el sendero marcado.
Si somos míseros,
si somos débiles, si estamos exhaustos
tenemos derecho al más agudo grito de alegría
desesperado.

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