En un lugar llamado Portbou: Walter Benjamin

A Pablo Raphael le emociona lo mismo:

Después de once maquetas, el arquitecto Dani Karavan diseñó un túnel por el que se desciende hasta desembocar al mar. Un acantilado. Es el monumento dedicado a Walter Benjamin en Portbou. Al final de su escalinata cualquiera podría brincar, de no ser por un cristal que detiene el pensamiento del usuario. En la base del vidrio está esmerilada la cita referida como WB [G.S.1,241]. En la penumbra, el agua. (…) El vértigo no es otra cosa sino el deseo de brincar.

Desde un mirador se puede ver la ciudad. Hay yates, una playa con un catalán que renta kayaks. Alemanes, franceses, españoles. El verano esconde el peligro: atrás, los nazis. Adelante, los franquistas. Más allá del verano: el tedio. O la muerte.

Nadie visita la colina que corona a los bañistas. Sólo un viejo, que pasea a su perro. Se le enterró en el nicho 563, como Benjamin Walter. Judío en tierra católica. Hannah Arendt diría desde esa cima: “el cementerio da a la bahía, directamente sobre el Mediterráneo, está tallado en la piedra y se desliza en el acantilado. Es uno de los lugares más fantásticos y bellos que he visto en mi vida”.

Pablo Raphael parafrasea a Kundera:

¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué nos da también vértigo en un mirador provisto de una valla asegurada? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

La sensación se apodera desde la frontera transparente de cristal.

“Después de siete años de exilio, el último pasaje de la vida de Walter Benjamin tuvo lugar en Portbou. ‘Passatges’ es el nombre del memorial que el artista israelí Dani Karavan realizó en Portbou en homenaje a Walter Benjamin con motivo del 50 aniversario de su muerte. Siguiendo el modelo del pensamiento benjaminiano, la obra conecta  los rastros de dolor del pasado, la memoria y el exilio con la posibilidad de un futuro renovado”.

En el cementerio, una placa en el marco de una piedra. La gente se apropia del sitio depositando piedras encima de la piedra. Otros dejan notas, tal cual cartas de navidad. Las piedras. Las peticiones. Confesiones. Citas que adornan trágicamente la máxima que mira el Mediterráneo: “no hay documento de la cultura que no haya sido también el de la barbarie”.

En otro lugar, en otro tiempo: un hotel, un hostal, o una pensión. En ella, un hombre fatigado. Segundo piso. La ventana da hacia un muro. En ese momento se resume la barbarie de un siglo que recién vimos morir. El hombre parafrasea a Kafka: “hay muchísima esperanza, pero no para nosotros”.

Luego, el mar.

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