Contra aquellos que nos gobiernan – Lev Tolstói #yamecansé

Lev Tolstói, el buddha ruso, nació noble, vivió como escritor y murió como asceta. Sabemos de la crisis existencial en la que se sumió al final de su vida, y de la que se sobrepuso a partir de una nueva mirada a la fe y a la búsqueda de sentido. El escritor de obras maestras como Anna Karenina, la Guerra y la Paz y la muerte de Iván Ilyich, ofreció en 1886, catorce años antes de su muerte, una obra que resume en tres puntos el problema del Estado Moderno. El ensayo comienza con una mirada a las condiciones de vida del obrero ruso:

–¿Por qué hacéis este trabajo de presidiarios? –les pregunté.
–¿Y qué quiere que hagamos?
–Es absolutamente necesario que trabajéis durante treinta y seis horas sin descanso? ¿No se podría establecer un tiempo razonable de reposo entre todas esas horas de trabajo?
–Éstas son las condiciones que se nos imponen.
–¿Por qué las aceptáis?
–¿Por qué? Porque tenemos que comer.

La conclusión de Tolstói es sencilla: el Estado y el sistema de capital representan la esclavitud moderna. El yugo que nos sujeta, concluye Tolstói, son las condiciones de vida post-capitalista: la seguridad de un sueldo, el sistema de impuestos y la falta de libertad, sacrificada por un falso concepto de seguridad.

¡Cuántas vidas humanas se pierden así! Ignoramos todas estas tristezas o fingimos no darles gran importancia, porque no son para nosotros sino las consecuencias inevitables de un orden de cosas que debemos sostener.

Los mecanismos de control social han cambiado, pero su propósito es el mismo: la perpetuación del modelo actual. En principio, atado a una idea divina del orden de las cosas –”Dios, en sus designios impenetrables e inmutables, había impuesto a los unos el trabajo y la pobreza, y asignado a los otros el goce de los bienes de este mundo”– y, posteriormente, a la meritocracia capitalista:

Hoy, dice Tolstói, se nos enseña que el reparto de la riqueza “depende de la oferta y la demanda, del capital, de la renta, del valor de la mano de obra, del margen de beneficio, etc., en una palabra, del conjunto de leyes necesarias que rigen el encadenamiento de los hechos económicos”. La conclusión, pudiera pensarse, es la alternativa político-económica del siglo XX: el socialismo, pero Tostói se muestra escéptico y crítico ante esa utopía:

No nos dicen quién querrá encargarse de la peligrosa fabricación de las sales de plomo, quién se sacrificará para cumplir las funciones de fogonero, minero o albañil. Nos dan a entender que todas esas ocupaciones resultarán simplificadas por la aplicación de procedimientos técnicos perfeccionados, y que, entonces, trabajar en las alcantarillas o en las minas resultará una tarea muy agradable. (…) Esta es una hipótesis tan terrible como aquella presentada por los teólogos: un paraíso donde los trabajadores serían finalmente indemnizados de su penosa existencia con la verdadera e inimaginable felicidad, pero sólo después de la muerte.

El capitalismo y el socialismo son las dos caras de una moneda corriente: la dominación de un grupo reducido sobre una mayoría bajo la noción de seguridad. El contrato del Estado parte de una cláusula básica: ofrece seguridad a través de una renta –los impuestos. Por ende, no hay voluntad política para generar un cambio real –”hoy los privilegiados proponen reformas insuficientes y que en cualquier caso no amenacen las comodidades de su propio y lujoso régimen de vida”– y el sistema se perpetua en la naturaleza de injusticia que Tolstói denunció hace más de cien años.

Por lo tanto, si queremos mejorar de verdad la suerte de los trabajadores, debemos primeramente reconocer que la esclavitud persiste, dando a ésta palabra no un sentido figurado o metafórico, sino su recto sentido que implica la existencia permanente de una organización que somete a la mayoría de los hombres al capricho de un número reducido de ellos. En segundo lugar, debemos inquirir las causas de este estado de cosas. Y una vez descubiertas tales causas, destruirlas.

El sistema moderno, explica Tolstói, esta fundado en tres principios:

  1. La idea de la propiedad privada sobre la tierra (en ese momento, el principal mecanismo de producción)
  2. La aceptación al contrato estatal vía el pago de impuestos
  3. La violencia “lícita” y organizada del Estado para resolver cualquier desviación al orden jurídico y asegurar el pago de derechos de sus ciudadanos

Creímos al Estado perfecto, dice Tólstoi, pero “viendo hoy las consecuencias desastrosas de la organización económica actual, comenzamos a dudar, a pesar nuestro, de la justicia y de la necesidad de nuestras leyes”. La crisis actual es clara, y un ejemplo cercano a los mexicanos es el estado de violencia y la ausencia de justicia en todos los ámbitos de gobierno. Se toma nuestro dinero, a través de nuestros impuestos, y no se cumple la promsa inicial de seguridad –no hablemos ya de bienestar. La prosperidad del mundo, afirma Tolstói, no es sino una ficción.

¿Cuál es el camino que resta recorrer? Borges una vez dijo: “algún día merecemos vivir sin gobiernos”. Esa ruta es la que propone Tolstói vía la desobediencia civil pacífica: el desprecio a ser parte de cualquier forma de gobierno –como diputado, policía, miembro del ejército–, la rebelión en contra de los impuestos, en cuyo ejercicio no tenemos control alguno –en México, menos del 10% se destina a educación– y la renuncia a la violencia como forma de transformación y control social.

A las alternativas de Tolstói yo añadiría una más: una reducción brutal en el consumo. El verdadero amo del poder político es el poder económico. Esa organización civil sí que podría mover el orden actual de las cosas, sumir al poder político en una crisis que derivara en soluciones tangibles a problemas como la corrupción, el narcotráfico o la distribución de la riqueza. ¿Es factible? Tolstói comenta:

¿En qué medida y cuándo se reemplazará el reinado de la violencia por el del consentimiento libre y racional de los hombres? Eso dependerá del número de hombres que en cada país tengan conciencia de la injusticia, y del grado de claridad con que lo advirtieran. Cada uno de nosotros, aisladamente, puede colaborar al movimiento general de la humanidad o, por el contrario, trabarlo. Cada uno de nosotros deberá escoger: ir contra las leyes superiores de la vida, construyendo sobre la arena la frágil morada de su existencia ilusoria y pasajera, o dirigir sus esfuerzos en el sentido del eterno, del inmortal movimiento de la vida auténtica.

Ahí tenemos la respuesta.

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Con este post cierro el año. Nos leemos en 2015, felices fiestas.

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