Cumpleaños – César Aira

He escrito sobre al menos otros tres libros de César Aira (1949). Regreso a esas lecturas y me parece que es clara la intención de Aira de utilizar las anécdotas de sus libros –una cena, una inscripción a un gimnasio, un congreso de literatura– como pretextos para hablar de cosas más profundas y, acaso también, intrincadas. ¿Qué cosas profundas, se pregunta usted, lector? No lo sé (retomemos una pasada cita: sigue sumergido en una extrañeza superior, y sólo se puede conjeturar). La elipsis, si acaso existe, pareciera parte de un corpus más grande, de un extraño mundo del que Aira apenas nos da retazos, pero que apuntan a temas medulares de su obra, como la credulidad del lector, la deformación de la realidad y su representación, lo infinito de la literatura. En Cumpleaños, nouvelle, Aira continua con sus devaneos en lo que acaso sea una ars poetica: el personaje, escritor, se para a meditar su vida a partir de su cumpleaños cincuenta. En medio de sus reflexiones, se da cuenta que ha malgastado gran parte de sus días:

Todo ese pasado remoto está confundido en una mezcla inextricable de olvido e invención, del que asoman al azar fragmentos sueltos. Trato de recordarme pensando en la Luna… Lo único que me viene es un recuerdo de una noche de verano, en Pringles, yo tendría siete u ocho años.

La desazón viene por un error, un malentendido, que es tomado por el narrador como una señal clara de que no ha aprendido nada, y más aun, que es imposible hacerlo. Esta conclusión afecta el corazón mismo de su vida y de su obra literaria:

Pues bien, todo lo que escribí hasta este punto me lleva a pensar que el momento en que cometí mi error o distracción o explicación apresurada respecto de las fases de la Luna es el origen de mi incapacidad de vivir. (…) Menos dramático, pero mucho más verosímil, sería decir que no fue un momento sino un proceso: el proceso de perder el tiempo, que es prolongado por naturaleza. A mi edad, no puedo ver sino con espanto las eternidades de tiempo perdido en mi juventud.

El texto aprovecha para lanzar una serie de disertaciones –o digresiones– en torno a otros temas: el miedo a la muerte, las influencias –”uno siempre querría ser otro escritor”– Orson Wells y el futuro, Pringles –como siempre–, Évariste Galois, etcétera. A medida que se avanza, sin embargo, da la impresión que Aira va tirando, al estilo Hansel y Gretel, pequeños pedazos que bien podrían definir su obra. No es un escritor ingenuo. Leemos, en un artículo de El País, un fragmento de entrevista:

Al compartir todas las artes el procedimiento, se comunican entre ellas: se comunican por su origen o su generación. Y, al remontarse a las raíces, el juego empieza de nuevo. El procedimiento en general, sea cual sea, consiste en remontarse a las raíces. De ahí que el arte que no usa un procedimiento, hoy día, no es arte de verdad. Porque lo que distingue al arte auténtico del mero uso de un lenguaje es esa radicalidad.

¿Cuál es el procedimiento de Aira? Me parece que se responde a partir de la ambigüedad: sugerir, nunca mostrar, utilizar lo absurdo para, acaso, revelar una sombra –la verdad.

Empecé a desplazar el foco de atención a un proyecto totalizador del que mis trabajos literarios serían la preparación, el anuncio, el anzuelo. Las novelitas, que seguí escribiendo, a medias por inercia y a medias para perfeccionar la coartada, empecé a verlas como documentación marginal, y, en la medida en que seguía escribiéndolas, como un modo de entender mi vida. La vida del autor de la Enciclopedia. Porque ése es el nombre clave del magno proyecto: la Enciclopedia. Y además, es eso, una especie de enciclopedia general que lo contenga todo. El objeto de toda una vida es llegar a saberlo todo.

El objeto de una vida sería, también, llegar a escribirlo todo, un todo que, quizás, gira en torno a un pequeño punto, Pringles. César Aira: la Enciclopedia de Pringles y, a través de ésta, de la Argentina, o Latinoamérica.

No va a limitarse a lo general sino que va a avanzar sobre lo particular; (…), va tomar cada general como un caso particular, porque una generalidad siempre es una construcción histórica, y por lo tanto también es un dato histórico, localizado y fechado. La tercera es un complicado juego de equivalencias según el cual en cada complejo cultural histórico están todos los demás bajo formas diferentes pero reconstruyendo siempre el mismo sistema de funciones. De ese modo cada particularidad puede subsistir sin el apoyo de la generalización.

Cumpleaños. La cena. La guerra de los gimnasios. El congreso de literatura: particularidades. La generalización: “una invención formal, irisada, sorprendente, divertida, imprevisible (…), una enciclopedia recreativa”.

Mencioné antes que, en Aira, el camino del divertimento es un parricidio: después de Borges ya nada es posible. Esto no es una sentencia, al contrario, da una esperanza: hay que alejarse de sus palacios metafísicos y seguir escribiendo –la continuidad–, aún pese a saber que todo es fútil. Un artículo sobre Aira en El País se llama: “César Aira, proyecto interminable“. Ese podría ser un buen epitafio para esos puentes sin cruzar. En el fondo, hay que imaginar a Sísifo feliz.

Si dejo de escribir, es como si me quedara sin nada, como si echara abajo un puente por el que todavía no pasé. Si sobrevivo, voy a seguir escribiendo, eso es seguro. Ya se me ocurrirá cómo hacerlo. (…) Si tuviera que hacer un resumen final, diría que el problema fue éste: toda mi vida busqué el conocimiento, pero lo busqué fuera del tiempo, y el tiempo se tomó venganza sucediendo en otra parte.

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