El loro que podía adivinar el futuro – Luciano Lamberti

En mi búsqueda de escritores cordobeses encontré a Luciano Lamberti, escritor joven nacido en San Francisco, Argentina, licenciado en Letras Modernas y cuyos libros de cuentos muestran ese interés por lo atípico y lo raro. Si hubiera que encontrar un molde, habría que decir de Lamberti que es un escritor de ciencia ficción, con las limitaciones que dicho término conlleva. Su libro El loro que podía adivinar el futuro es una constelación de episodios disímiles entre sí, pero que como sistema propone puntos de fuga a lo cotidiano. Perfectos accidentes ridículos, por ejemplo, es una serie de estampas de la infancia que mezclan recuerdos con anécdotas poco probables (un hombre sin un dedo, telequinesis, un accidente que lanza al protagonista por el parabrisas, un suicidio). La canción que cantábamos todos los días habla de una suplantación en el seno de una familia cordobesa: un dopplegänger toma el lugar de un miembro de la familia, desquiciando a todos:

Mi hermano era otro y ella no podía estar cerca. No soportaba su presencia. Antes era una pesada que lo despeinaba y le decía que estaba cada día más churro, cosas que hacen las madres con sus hijos, pero desde la tarde en el bosquecito no lo tocaba. Incluso le costaba estar cerca suyo: enseguida se ponía nerviosa. Lo mismo nos pasaba a mi padre y a mí: una parte de tu cuerpo sentía una repulsión instintiva hacia él. Ganas de irse lejos y no volver nunca.

Al final, lo extraño se vuelve cotidiano, el rompimiento genera desazón pero no modifica la dinámica familiar: siguen sucediendo los asados, las visitas al hermano, las reuniones familiares. Mantener esos ritos es lo que evita que la familia explote. El protagonista, entonces, reflexiona: “después de todo, es mi familia”.

Algunas notas sobre el país de los gigantes funciona en otro orden: fiel a la tradición de la literatura fantástica, narra en un tono enciclopédico un universo alterno donde viven los gigantes. La literatura se convierte en una falsa memoria:

Pronto las últimas manadas de sobrevivientes se extinguirán, y entonces no habrá más que esos tremendos pozos, oscuros y desiertos, para la eternidad, y el país de los gigantes será nada más que un cuento para chicos.

La triada restante habla de adicciones y extraterrestres, un demiurgo malévolo y un circo sobrenatural.  Se podría decir de Lamberti lo que José Agustín señaló en Parménides García: “las historias se narran con limpieza, sin excesos, (…) sus finales, más bien ambigüos, muestran que, más que la historia en sí o el trazo psicológico de personajes, le interesaba crear atmósferas y, a través de la sucesión de textos, sugerir un tema central”. El tema central es lo extraño, lo fantástico, la propuesta de mundos diferentes: es en la ficción donde podemos escapar de lo ennegrecido cotidiano.

Hace falta, sin embargo, contundencia, mayor malicia para convertirlo en un libro memorable. El germen de las historias es bueno pero, como está, el libro podría culminar como la reflexión de uno de sus protagonistas:

Por mucho tiempo quedó una depresión en el lugar donde habían estado los árboles, algo que hacía difícil el juego, pero después la marca se fue borrando y hoy ya nadie se acuerda de nada.

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