Calle de dirección única – Walter Benjamin

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bth_Calle_de_direccion_unica_-_Portada_(240)La figura del collage en la literatura ha creado la imagen de los libros híbridos, papeles pegados, textos misceláneos que son, sin duda, una convención para hablar de algo mucho más sencillo: la mezcla de géneros en un libro. Si en la pintura el collage nació con el cubismo, aprovechando múltiples materiales dentro del cuadro, la literatura hizo lo mismo y terminó integrando, como el libro de Georges Perros, “trozos de papel, a veces higiénico, boletos de metro, cajetillas de cerillos, páginas de libros”, es decir, todo tipo de apuntes dispersos. José Joaquín Blanco, al hablar sobre Simone Weil, escribe:

Tenemos pues de ella apuntes dispersos que, desde luego, no son siempre del todo responsables del rompecabezas que cada lector arme con ellos. ¿Pero acaso no se ha hecho otro tanto con filósofos y religiosos de todo tipo y de toda época: Pitágoras, Epicteto, Cristo, Angelus Silesius? ¿Y no es este tipo de lectura fragmentaria, en hexagramas, refranes, versículos, “llaves” o “florecillas”, el que han preferido todo tipo de religiones y corrientes de pensamiento, lo mismo el I Ching que cualquier antología o “floresta” neoplatónica o estoica en el Renacimiento y el Barroco? La escritura en fragmentos, que no renuncia al misterio, que se propone como material de cábala, es tan antigua como la cultura misma, y tan moderna como Walter Benjamin, Wittgenstein, Kraus, Lichtenberg, Valéry, Canetti, Cardoza y Aragón.

Calle de dirección única, de Walter Benjamin, es un montaje cuyo origen está en 1924, fecha en la que Benjamin decidió reunir algunos aforismos y ensayos sobre tres temas principales: la situación económica de Alemania, previo a la Segunda Guerra Mundial, la rememoración de la infancia y la ciudad de París, antecedente de lo que sería el libro de los PasajesNoventa años después, las anotaciones de Benjamin siguen teniendo la misma vigencia en un mundo congelado en una crisis que pareciera ser la misma:

“Pobreza no es vileza”. Está muy bien. Pero ellos sin duda envilecen al pobre. Lo hacen, y lo consuelan con ese refrán. Uno de esos refranes que se podían aceptar en otros tiempos, pero cuya fecha de caducidad llegó hace mucho. Igual que aquella frase tan brutal: “el que no trabaje, que no coma”. Cuando había trabajo para dar de comer a la gente, existía también una pobreza que no envilecía a quien la padecía si su causa había sido una mala cosecha u otra desgracia. Pero sí que envilece esa miseria en la nacen millones de seres humanos y en la que acaban cayendo centenares de miles de personas que empobrecen. Hoy la suciedad y la miseria crecen en torno a ellos como muros construidos por manos invisibles.

Recordemos que Walter Benjamin, junto con otros miembros de la Escuela de Frankfurt como Adorno y Habermas, replantearon la idea del marxismo y trasladaron el papel histórico del proletariado a los estudiantes. Hay, en estos textos de Benjamin, un destino histórico por cumplirse. En los fragmentos se pueden leer, incluso, antecedentes a las preocupaciones ambientales que nacerían en los ochenta:

Desde los más antiguos usos de los pueblos parece llegar hasta nosotros una especie de amonestación a que evitemos el gesto de la codicia al recibir aquello que tan pródigamente nos otorga la naturaleza. Pues con nada nuestro podemos obsequiar a la madre tierra. De ahí que sea conveniente mostrar un profundo respeto al aceptar sus dones, restituyéndole, antes de apoderarnos de aquello que nos pertenece, una parte de todo lo que continuamente recibimos de ella. Este profundo respeto se manifiesta a través de la antigua costumbre de la libatio. Y quizá fuera esta antiquísima y noble práctica la que se mantuvo, transformada, en la prohibición de rebuscar las espigas olvidadas y recoger las uvas caídas, ya que éstas resultan provechosas para la tierra o los ancestros dispensadores de abundancia. La usanza ateniense prohibía recoger las migajas durante las comidas, porque pertenecían a los héroes. Si algún día la sociedad, impulsada por la necesidad y la avidez, llegase a un grado tal de degeneración que no pudiera recibir los dones de la naturaleza sin recurrir a la depredación, que arrancara los frutos aún verdes para colocarlos ventajosamente en el mercado y tuviera que vaciar cada fuente sólo para hartarse, ese día su tierra se empobrecerá y el campo dará malas cosechas.

Otros ensayos giran en torno a temas tan diversos como los sueños de Benjamin con pirámides mexicanas, la crítica literaria –los principios del mamotreto o la técnica del escritor en trece tesis son grandes textos– y sus recuerdos de catedrales y viajes. Después de su publicación en 1928, Walter Benjamin centraría el foco de su obra en “la catástrofe de la experiencia en la modernidad por obra del despliegue de la tecnología”. De esta síntesis surgen obras como “El narrador” o “La Tesis de filosofía de la historia“.

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Sin duda, Calle de dirección única es una antesala a lo que podría denominarse como la denuncia de la barbarie de la modernidad, la técnica como estrategia de dominio y hostilidad. Sin duda, leer a Walter Benjamin es seguir la enseñanza de Georges Perros, otro escritor de fragmentos: los demás me volvieron inteligente. Hay, en cada texto, un despliegue de lucidez al que es imposible resistirse. Leer a Benjamin es terminar siendo vencido.

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