Disecado – Mario Bellatin

mario bellatin

Con más de 40 títulos publicados y traducciones a más de quince idiomas, Mario Bellatin se ha convertido en una de figura fundamental de la literatura mexicana –¿o peruana?–, aunque no exenta de cierta excentricidad. Como escritor, conjura un aura distinta al resto de los escritores mexicanos: la primera vez que usó una computadora para escribir ya tenía tres novelas publicadas, su primera obra la publicó fuera de México y, donde debiera estar su mano derecha, tiene un garfio que exhibe no sin cierta nostalgia. Su obra se ha catalogado como un largo sueño y muchos de sus textos, como es el caso de Disecado, abordan obsesiones recurrentes: la multiplicidad, el acto de escribir como tema literario, el desdoblamiento y la transgresión de lo onírico.

En este sentido, Disecado es un largo túnel por la memoria. En una entrevista al periódico Reforma, Bellatin comenta:

El libro es una suerte de ars poética. Señalo las cosas que hice de escritura y que estaban más allá de las palabras. Sentí que una parte de mi obra (acontecimientos en otro ámbito, pero siempre de escritura), no estaba recogida en papel. Por eso se llama Disecado, quien cuenta la historia es un personaje de ficción pero que narra sucesos en la vida de Bellatin.

Medio dormido, medio despierto, el narrador –Mario Bellatin– cuenta el encuentro consigo, a quien llama ¿Mi Yo? ¿Qué es lo que cuenta el fantasma de Mario? Si somos honestos, no mucho. El acto del desdoblamiento es lo que rige toda la anécdota. La clave podría estar en la página 14:

Las primeras palabras de las cuales capté algún sentido más o menos preciso, fueron las que pronunció para referirse a la detección temprana de una necesidad constante de escribir sin escribir. De una urgencia por resaltar en sus textos los vacíos y las omisiones antes que las presencias habituales. Quizá por eso buscó, desde sus primeras obras, lograr una forma de redacción de algún modo escapara a las estructuras narrativas en el sentido tradicional. Para ¿Mi Yo? escribir fue desde el comienzo un simple recurso parar ejercer, de manera un tanto hueca, el mecanismo de la creación.

Otra escritora mexicana, Valeria Luiselli, había publicado la misma idea en su primer libro de ensayos (Papeles falsos):

Aficionados al mito del paraíso adánico, quisiéramos creer que los nombres de las cosas son exactos y necesarios, que hay una palabra en el núcleo de cada cosa y que pronunciarla equivale a develar -o incluso a inventar- la esencia misma del objeto. (…) Más que una reminiscencia del paraíso, aprender un idioma es un primer destierro, exilio involuntario y mudo hacia el interior de esa nada en el corazón de todo lo que nombramos. (…) Aprender a hablar es darse cuenta, poco a poco, de que no podemos decir nada sobre nada.

El lenguaje no es suficiente y el papel de la escritura no es dar mayor claridad, sino distribuir silencios y vacíos. Hacerle hueco a la lectura. La idea, sin duda, responde a un sentido de vanguardia y una intención estética. En la página 16, el narrador da voz de nuevo al ¿Mi Yo? para continuar hablando sobre el origen de la escritura en el autor:

Delante suyo comenzó a aparecer lo que siempre había considerado la realidad verdadera. Lo que iba sucediendo en el espacio escénico transcurría dentro de una luminosidad y trascendencia de las que parecía carecer la vida de todos los días. Advirtió entonces que quizá una de las razones que lo habían llevado a la escritura era precisamente la construcción de un mundo al cual debía pertenecer como único medio para lograr la existencia plena.

La idea de que la creación es lo único que justifica al artista no es una idea nueva, aunque sí relevante para entender a Bellatin: enfocado en escribir como única manera de existencia, muchos de sus textos han abandonado ya la narrativa tradicional, enfocada en la trama, para dar vuelta sobre sí mismos. El resultado es una literatura críptica, oscura, conectada a sí misma como el Ouroboros, donde el lector quedará más confundido –o vacío, si pensamos en la idea de Luiselli– que al inicio.

¿Esto es un defecto? Sí, si pensamos en la idea borgiana de que la literatura debe ser un objeto disfrutable aun al más neófito de los lectores. El tema de la lengua –dice Borges– es uno de los tantos misterios de la literatura. Hay escritores en los cuales no se siente el lenguaje. En Joyce sí. Tanto como en Quevedo o en Shakespeare, porque son escritores barrocos. En el caso de Cervantes se ve el fenómeno con claridad: importa más el sueño que cuenta que las palabras que utiliza. En cambio en Joyce las cadencias, las connotaciones, las palabras son más importantes que los triviales hechos de esas 24 horas que relata en Ulises. De esta manera –agregó el escritor-, los libros de Joyce son ¨objetos verbales¨, que viven por su cuenta y pueden interponerse como objetos casi independientes entre el autor y el lector. Algo similar podría utilizarse para la obra de Bellatin, y sin duda ya se ha hecho:

Ajá, Gil ha descubierto la clave de este libro: que nada se entienda, que todo sea oscuro, que lo publiquen los incautos y lo compren, mmm, nadie, porque Bellatin no vende ni un puñado de libros, de hecho es el único escritor que tiene más premios que ejemplares vendidos. Bellatin habla de “su obra” con tal convicción que Gamés ha terminado por creer que detrás de Bellatin hay una obra, no por nada se le conoce en el medio, sotto voce, como Mario Beckettin en honor de ese gran autor de vanguardia y búsqueda lingüística: Samuel Beckett. (…) El maestro Bellatin afirma a pie juntillas: “no sé si Disecado es una novela o un relato. De lo único que soy testigo es de que escribo y no sé si es literatura o no porque ni siquiera sé lo que es literatura”. Ahora sí ya nos vamos poniendo de acuerdo (ah, el gerundio). Gamés notó desde hace tiempo que Beckettin no sabía lo que era y no era literatura, más bien su obra (es un decir) se concentraba en aquello que no era literatura, pero no hagamos bolas de engrudo.

Para asumir una crítica como certera siempre se asocia el comentario a la persona que lo emite –la autoridad moral o intelectual que brinda la reputación–. En este caso, el comentario de Gil Gamés podría haber pasado inadvertido, pero es punta de iceberg para una dimensión, si acaso la más importante, de la obra de Bellatin: es rara e inaccesible para muchos.

Disecado, en este caso, se convierte en un texto impenetrable. El narrador –Bellatin– cuenta las historias de ese otro Bellatin –¿Mi Yo?– que después se convierte en ET, una entidad casi mística enfocada en escribir sin escribir, para después regresar a ser ¿Mi Yo? y a Mario Bellatin de nuevo. La editorial justifica estos cambios como la extrañeza que genera verse en un espejo y reconocerse, un sentimiento sin duda común que no explica del todo el desdoblamiento que sucede en el libro. El texto termina con una serie de viñetas que agregan, acaso, un poco más de misterio –o sinsentido– al texto.

En una entrevista al respecto de otro de sus libros –El hombre dinero– Bellatin explica su propósito:

Lo único que me interesa a mí cuando te presento un libro es que lo termines, y esa es la batalla. Y uno de los recursos que encontré con el tiempo es ese: hacer que el lector vea que hay elementos míos, reales, y al mismo tiempo elementos totalmente ficticios. Y bueno, sí hay misterios, pero no en el libro. Sino después de haberlo leído. Es decir, cuando lo terminas te preguntas ¿bueno… y? ¿qué quería decirme? ¿qué pasó? Pero lo leíste y yo ya gané –sonríe-. La lucha es esa. Porque lo único que yo le preguntaría al lector sería si acabó de leer el libro. Si me dice que sí, ah perfecto -mueve ahora la pluma electrónica como si fuera una batuta-. Y si me dice que le pareció pésimo, también está perfecto. Porque acabó de leerlo y yo ya no soy dueño de ese libro.

En este sentido, no hay conclusión de Disecado porque corresponde al lector plantearse las preguntas, no tener las respuestas, visión con la que podemos coincidir o no , pero que no impedirá –ni motivará– a Bellatin a seguir escribiendo como hasta ahora –su proyecto de los cien libros parece acercarse ya a la mitad–.

Para otra reseña de Bellatin en este espacio chequen este link. Para leer un fragmento del libro, pueden acceder al Boomeran. Hay ahí, también, un interesante intercambio entre Volpi y Bellatin.

Colofón

No se puede hablar de la segunda parte del libro –El pasante de notario Murasaki Shikibu– sin ser redundante. Aquí hay un texto al respecto.

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