Adiós a Europa

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I

Le decía a un amigo durante una comida: uno empieza a escribir porque se da cuenta que las cosas se pierden para siempre. Escribir es una manera de recuperar, aunque sea una pequeña parte, las cosas que nos importan. Ahora que he regresado a Europa me doy cuenta que esto no es un intento de recuperar nada, sino una despedida.

II

That was the end of the first part of Paris. Paris was never to be the same again although it was always Paris and you changed as it changed… There is never any ending to Paris and the memory of each person who has lived in it differs from that of any other. We always returned to it no matter who we were or how it was changed or with what difficulties, or ease, it could be reached. Paris was always worth it and you received return for whatever you brought to it. But this is how Paris was in the early days when we were very poor and very happy.

París era una fiesta; Ernest Hemingway

III

Yo también fui pobre y fui feliz. Primero viví en un departamento en Londres con Sophie Tucoulat. Luego conocí a Aurelie de Fonvielle. Luego eso terminó y estuve con Katrien Pairoux, con quien acaso se instaló esa feliz felicidad que uno conoce cuando todo va bien. Es injusto escribir de las tres en el mismo párrafo. En el centro de aquel triángulo también está Europa y su capital, París, sobre la que escribí una novela.

IV

Si muriera en este instante, no creo que lo que me sobreviviera valdría realmente gran cosa. Tal vez la imagen que pueda rescatarse de mí sea la de alguien que prometía, la de alguien que, llegado a lo que se da en llamar la madurez, todavía seguía siendo un proyecto de sí mismo.

Velador de noche, soñador de día; Luis Eduardo Rivera

V

Esa novela que escribí y que tal vez nunca se publique parte de una idea simple: es posible hacer la vida un poco más grande, convertirla en algo más bello, más rico, más emocionante. Desde joven siempre deseé ser muchas personas y ser de muchos lugares al mismo tiempo, pues ser solo una me parecía muy poco.

VI

Primero pensé que estaba acostado boca abajo. Luego recordé que más bien estaba boca arriba. Respiré. Había algo dulce en el olor de las sábanas. Olor a recién lavado, a suavizante. La idea me vino a la mente como un eco: París tiene una superficie de 105 kilómetros cuadrados, alrededor del 7.5 por ciento de la Ciudad de México. Si quisiéramos saber a qué espacio físico del Distrito Federal correspondería esta área, primero tendríamos que definir un centro, el punto inicial desde el cual fuera posible circunscribir esta extensión.

Farmacia París

VII

Y terminaron todas esas relaciones, por una razón u otra. No guardo ya nada de eso, lo que significa que hay espacio ahora para lo que viene. Diez años después de mi primer viaje a Europa estoy caminando por esos 105 kilómetros cuadrados parisinos, recordando fragmentos de la novela que escribí, pedazos de vida, de amores pasados. No me había dado cuenta que todo es una larga despedida hasta que encontré esto en el suelo:

la foto

Otra novela, otro escritor, otro París. Mi novela, también, son tiroteos rabiosos sobre el teclado. Como ésta, la mía también la cubrirá el olvido.

VIII

Los europeos, en general, viajan al nuevo mundo buscando la fuente de la eterna juventud, corren detrás de su mito, el de la inocencia perdida. Los latinoamericanos también corremos detrás del nuestro: el de la razón, el relumbre de la inteligencia cartesiana, el discurso del Método, el deslumbramiento atlético del intelecto. Nuestra búsqueda de identidad no nos conduce -como es el caso de los europeos- a rastrear las huellas del hombre natural; no nos sentimos particularmente atraídos por la filosofía budista, ni por el tantrismo, ni por el zen, ni siquiera nos seducen las experiencias místicas de nuestras culturas indígenas a través del peyote o de los hongos alucinógenos. No. nosotros rascamos el cascarón de la cultura moderna: París. Nuestra búsqueda no es introspectiva, es exógena, no es retrospectiva, es sincrónica; no es una búsqueda de esencia, de contenido, sino más bien de estilo. Como pueblos de culturas híbridas y en formación que somos, estamos ávidos de historia, obsesionados por envejecer, es decir, por lo que suponemos que es el camino para alcanzar la sabiduría.

Velador de noche, soñador de día; Luis Eduardo Rivera.

IX

Pero te quiero, Europa, y otros también te quieren, aunque no te quieran como te quise yo. Hay tanto de mí entre tus calles viejas, entre tus parvos zaguanes, en tus monumentos y pinturas y plazas y plazuelas, tantas cosas que ahora serán de otro y para mí solamente significarán destierro o fuga. Europa, entre los dedos, es piel por la que un día llegué al cielo. Europa es estar triste, pero es también la sorpresa, una avenida en Zurich a medianoche, fuegos artificiales y la Torre Eiffel encendida como un faro en medio de la nada, un pequeño pueblo llamado Genk y una fiesta de año nuevo en un dos de enero.

X

Europa es fuego y ahora será recuerdo. Hace diez años pisé por primera vez el viejo continente. Mi destino era un pequeño pueblo en Sicilia, al oeste de Palermo. Ese verano me enamoré de una chica a la que no he vuelto a ver. A los pocos meses que regresé de Europa murió mi padre. Por alguna razón ambos eventos se entrelazan –en algún lugar de Italia algún dios romano anticipó todas estas cosas. De las muchas señales no siempre podemos distinguir sus significados, algunos permanecerán ocultos e indescifrables. Dejo así Europa y regreso a la vida, lleno de curiosidad y deseoso de no saltarme un renglón, como en un gran historia.

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