Tres ideas sobre volverse viejo

Debe ser maravilloso llegar a viejo, ese momento en el que muere toda ambición y deseo. Es ahí, únicamente, donde uno puede permitirse las más absurdas fechorías, convertirse en ese personaje extravagante al que se le perdona todo, como a un niño.

Nadie juzga ya a un anciano. En el peor de los casos, todo se reduce a la indiferente excusa de la senilidad. Por tanto, es posible ahí explorar todos los odios, o bien, convertirse en el Aleph de la ternura.

Terrible, tal vez, apreciar la cruel disminución de los sentidos, el abandono de nuestro cuerpo. Si uno es atento, sin embargo, es fácil comenzar a percibir el declive desde los treinta. Desde ahí, todo es de bajada, y es posible conseguir el impulso suficiente como para perderle el amor a nuestra carne.

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A propósito de una reseña de “La Invención de la Soledad”, de Auster, que se publicará en este blog el próximo martes 20 de nov, dejo una foto:

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Es interesante cómo, a medida que uno va cumpliendo años, la vida y los amigos insisten en integrarnos en dinámicas pre-hechas, como si cada década tuviera un set de situaciones de las que echar mano para cumplir un checklist de vida, moldes prefabricados en los que la mayoría se sienten muy cómodos. Pienso, sin embargo, que debe haber algo más, otra cosa que no estemos viendo. Aún no lo descubro.

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