Cicerón – Momentos estelares de la humanidad (otra vez)

Regreso a este libro de nuevo. Ya lo había reseñado, pero la prosa de Zweig es tan poderosa, que cada vez que lo leo me emociono de nuevo. Acá un fragmento sobre Cicerón:

Y ahora sucede lo extraordinario. Desde que Cicerón ha hecho llegar a su hijo su De officiis, su testamento, es como si, a partir del desprecio que siente por la vida, hubiera cobrado un nuevo valor. Sabe que su carrera política, que su carrera literaria ha concluido. Lo que tenía que decir, lo ha dicho. Lo que le queda por vivir no es mucho. Es viejo, ha terminado su obra, ¿para qué defiende aún ese resto miserable? Como un animal agotado por el acoso, que, cuando sabe que tras él los mastines aúllan a muy poca distancia, se vuelve de pronto y, para apresurar el final, se arroja contra los perros que le persiguen, asimismo Cicerón, con un coraje verdaderamente mortal, se lanza una vez más al centro de la lucha y desde su peligrosa posición. El que durante meses y años sólo ha manejado el silencioso cálamo, retoma la piedra de ayo del discurso y la arroja contra los enemigos de la república.

Conmovedor espectáculo. En diciembre, el hombre de cabellos grises se encuentra de nuevo en el foro de Roma, para una vez más invitar al pueblo romano a que se muestre digno del honor de sus antepasados, ille mos virtusque maiorum. Con sus catorce Filípicas fulmina a Antonio, el usurpador, que ha negado la obediencia al senado y al pueblo, consciente del peligro que supone erigirse sin armas en contra de un dictador que ya ha reunido a sus legiones dispuestas a avanzar y a matar. Pero quien quiere incitar a otros a que sean valerosos sólo resulta convincente si él mismo demuestra de modo ejemplar este valor. Cicerón sabe que ya no se bate ociosamente con palabras como lo hiciera en otro tiempo en ese mismo foro, sino que, para convencer, esta vez ha de empeñar la vida. Decidido, desde la rostra, la tribuna de los oradores, confiesa: “Cuando era joven defendía ya la república. Ahora que me he hecho viejo, no la dejaré en la estacada. Estoy dispuesto a dar mi vida, si con mi muerte se puede restablecer la libertad de esta ciudad. Mi único deseo es, al morir, dejar atrás un pueblo de Roma libre. Los dioses inmortales no podrían concederme mayor favor”. No queda tiempo, demanda enfático, para negociar con Antonio. Hay que apoyar a Octavio, que, aun siendo pariente de sangre y heredero de César, representa la causa de la república. Ya no se trata de hombres, sino de una causa, la más sagrada: res in extremum est adducta discrimen: de libertate decernitur. Y la causa ha llegado a la última y más extrema de las decisiones. Se trata de la libertad. (…) En esos catorce discurso, desde que no actúa como abogado en procesos dudosos, sino como defensor de una causa noble, cicerón encuentra palabras verdaderamente grandiosas y ardientes: “que otros pueblos vivan, si es su deseo, en la esclavitud”, exclama ante sus conciudadanos. “Nosotros, romanos, no queremos. Si no podemos conquistar la libertad, dejadnos morir”. Si el Estado ha llegado realmente a la más extrema de las humillaciones, entonces a un pueblo que domina el mundo entero le corresponde actuar como lo harían en la arena los gladiadores reducidos a la esclavitud. Mejor morir haciendo frente a los enemigos que dejarse matar. Mejor morir con honor que servir con ignominia.

Con asombro, el senado escucha atentamente. También el pueblo reunido escucha con atención esas Filípicas. Algunos quizá se den cuenta de que será la última vez a lo largo de siglos que semejantes palabras puedan pronunciarse libremente en el mercado. Allí, pronto no habrá más remedio que inclinarse como un esclavo ante las estatuas de mármol de los emperadores. Sólo a los aduladores y a los delatores se les permitirá un cuchicheo insidioso, en lugar de la libertad de palabra que en otro tiempo reinara en el imperio de los Césares. Un estremecimiento recorre a los oyentes, mitad miedo y mitad admiración por ese hombre viejo que, solo, con el valor de desesperado, de una íntima desesperanza, defiende la independencia del hombre de espíritu y el derecho de la república. Vacilantes, le apoyan. Pero tampoco la rueda pirotécnica de las palabras puede ya enardecer la podrida estirpe del orgullo romano. Y mientras en el mercado este idealista solitario predica el sacrificio, quienes sin escrúpulos detenta el poder en las legiones cierran a sus espaldas el pacto más deshonroso de la historia de Roma.

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