Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo – Ernesto Sábato

borges sabato

tres aproximacionesLa crítica literaria tiene dos naturalezas: la primera reside en ese efecto gozoso que da acercarse a la literatura. Ejemplos de esto están en Michel Tournier y José Joaquín Blanco, por citar un par de ejemplos que me son cercanos. La segunda naturaleza está en ese ejercicio del poder, en ese acto destructivo que inmediatamente nos remite al parricidio.

En Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo, Ernesto Sábato se propone a no dejar piedra sobre piedra al hablar sobre tres autores: Robbe-Grillet, Borges y Sartre. Con el último es un poco más generoso, pero en los dos primeros ensayos decide arrasar con la propuesta de dos escritores a quienes la historia -y su tiempo- han juzgado. Los argumentos de Sábato no son pueriles, pero sí polémicos -¿qué esperar de un hombre que se autodenominó como el Dostoievsky argentino (Bioy Casares)?-, penetran nuestras preconcepciones de autores consagrados y nos permiten incrementar el número de aristas bajo las cuales juzgarlos -palabra que, sin duda, conlleva una carga simbólica pero que, en el caso de Sábato, no hacen más que delimitar el ámbito de su discurso-.

Avancemos, entonces, con los ensayos.

Las pretensiones de Robbe-Grillet

Comienza Sábato objetando la postura totalitaria de la nouveau roman francesa -cuyo movimiento incluyera a Yourcenar y Duras, por mencionar a dos autoras de ese momento-, al clasificarla de “totalitaria y hasta terrorista, que pretende convertir a los demás narradores en una fauna aberrante y desamparada”.

¿Qué es lo que le molesta a Sábato, en realidad? Puede ser la egolatría de Robbe-Grillet, sin duda, así como sus declaraciones, o bien, esa postura ideológica de que la psicología de los personajes no es algo en lo que tenga que ahondar el autor, sino que puede ser entrevisto, como la vista del voyeur por la ventana, a través de una serie de pistas, actos y diálogos. La suficiencia visual -por establecer un símil de la antinovela francesa con el lenguaje cinematográfico- enerva a Sábato. Su postura es la de un dios: “el novelista debe dar la descripción total de esa interacción entre la conciencia y el mundo que es peculiar en la existencia”. La postura de Robbe-Grillet (así como la de Butor, en La modificación) es la de un testigo, un mero espectador de lo que sucede en una pantalla literaria.

Tal choque no puede sino concluir en la ridiculización de uno sobre otro -del dios sobre el simple espectador-:

Mediante reglas milimetradas, compases, goniómetros y taquímetros, se ofrecerá un cuadro completo de sus respectivas distancias y dimensiones. Y eso, claro, a cada segundo. ¿Pero por qué a cada segundo? ¿Qué clase de preferencia está revelando esa particular elección de una unidad de tiempo? ¿Qué odiosa intervención de sus prejuicios científicos se está interponiendo entre el lector y el Universo? No, señor: a cada décimo de segundo, a cada centésimo, a cada cienmillonésimo de segundo. Atareado con un radiotransmisor o una estación de servicio (realidades riquísimas, a simple vista, y que no creo puedan despacharse en menos de cien mil páginas cuerpo ocho), no le perdonaremos que olvide o pase por alto los apasionantes hechos que mientras tanto ocurren allí o en cualquier otra parte del mundo.

Sábato mismo acepta que exagera, pero se disculpa al comentar que sólo lleva hasta sus últimas consecuencias el manifiesto de Robbe-Grillet. Todo lo califica de truco, de pretensión, de ambigüedad. Para él, es necesario descender a las oscuridades humanas -cita a Melville y Kafka-, describir pasiones, honduras, como si el simple hecho de enunciar fuera suficiente para que éstas existan. Parece ignorar, o quiere ignorar, que las pasiones ocurren como un efecto del mundo exterior en mundos interiores -la subjetividad de la experiencia es el lugar común que explicaría, en su simplismo, este tema-. La antinovela no fracasa, sino que deja al arbitrio del lector esas interpretaciones. Rosario Castellanos, en México, defiende el movimiento ante las críticas de separarse frente a un compromiso humano y social que antes habían manifestado Sartre y Camus:

Nada puede estar más lejos de ella [la literatura] que la intención de rendir un testimonio, de defender una tesis o de adherirse a un partido político. El único compromiso que, de manera lícita, es capaz de asumir un escritor es su compromiso con la literatura.

Las innovaciones en estructura y lenguaje son tomados por Sábato como contribuciones modestas ante la literatura “de verdad”. Al final, lo que comprueba es su posición moral frente a Robbe-Grillet, no así la realidad de su contribución. De esta aportación, podría vincularse con lo que Blanco escribe sobre Edmund Wilson:

Se comprueba que toda la inteligencia, toda la pasión, toda la erudición que compromete en su crítica apenas encuentra como únicas salidas la rabia y el escepticismo.

Sobre los dos Borges

La relación de Sábato y Borges nunca fue sencilla. Bioy Cásares, en su diario, cuenta una serie de intercambios entre los dos:

1948
Lunes, 12 de enero. Come en casa Borges. Me cuenta que a la tarde estuvieron en Sur Sabato y González Lanuza y que él de pronto comprendió que los aborrecí­a y se fue.

Miércoles 14 al domingo 18 de enero. En Buenos Aires, trabajando las mañanas y las noches con Borges. Borges recordó la conversación de Sabato y González Lanuza, ambos admirados con los capí­tulos de la novela de Sabato publicados en Sur.[1. “La fuente muda” (S, nº 157 (1947))] Sabato habrí­a preguntado si no serí­a demasiado fuerte. Borges me dice: “Muchos autores viven en el temor de que sus escritos sean demasiado fuertes y el peligro inevitable es que sean demasiado débiles”.

1956
Lunes, 18 de junio. Se habla de escritores argentinos notables por su ignorancia: Nalé Roxlo, el Negro Rojas Paz, Molinari. Nunca han leí­do nada, salvo tal vez algún poema o alguna crítica de uno de ellos sobre otro de ellos. Nunca leen novelas. Wilcock: “Cuando Sabato leyó Crimen y castigo, contó el hecho a todo el mundo”. (…) Bioy: “Sabato se ha proclamado el Dostoievsky argentino”. (…) Borges me dirá después: “(…) Por cierto que Sabato, con su escaso Túnel, no es un facsímil de Dostoievsky”.

Dos breves postales de sus encuentros (hay otras tantas detalladas aquí y aquí), aunque después, en 1976, algunas de sus conversaciones fueran antalogadas en Diálogos, gracias al periodista Orlando Barone.

En este ensayo, sin embargo, Sábato se propone a deconstruir el mito de Borges. La revista francesa L’Herne dedica un número especial monográfico de homenaje, con numerosas colaboraciones nacionales y extranjeras, por lo que Sábato aprovecha para apuñalar la figura más importante de la literatura argentina con el argumento de que Borges habita un palacio metafísico que, en realidad, no habla nada de la vida.

Hay que reconocer la inteligencia de Sábato al tejer sus argumentos, al elaborar sus críticas contra un escritor a quien el mainstream ha dedicado más estudios que a Shakespeare. El tono de su reclamo, sin embargo, va creciendo conforme avanza su ensayo hasta tomar el mismo tono que hemos leído contra Grillet: la vida no es el topus urano, sino lo otro: las pasiones, la sensualidad, la grandeza de la miseria humana.

Y aunque se da en él ese peculiar tono metafísico de la mejor literatura nuestra, le falta [a Borges] la fuerza que exige una literatura grande. Pero tampoco eso puede reprochársele, pues nadie puede ser culpado de no ser poderoso.

Es claro que Borges no fue un tipo sensual, no fue alguien avocado a su cuerpo, a sus sentidos. Esto es una obviedad, y su ceguera no es sino metáfora de la renuncia del mundo y el enclaustramiento en su mente, el mundo platónico al que alude Sábato. ¿Y? Si esto es así, ¿qué perjuicio tiene en su literatura? Ninguno, respondería Sábato, salvo el hecho de que, para él, no es literatura poderosa, grandiosa -como la de él, claro está-, porque no responde más que a fantasías y arquetipos filosóficos.

Si ésa es la única dimensión que debiéramos utilizar para juzgar la obra de Borges, podríamos darle la razón. Pero, en el universo de posibilidades que la literatura habilita, debemos a Borges el haber ensanchado ese big bang. La primera novela de Sábato, El túnel, podría reducirse a la historia de un asesinato generado por los celos. ¿Quién podría reducir, a ese nivel tan escueto, los argumentos y posibilidades de Ficciones -publicado cuatro años antes que la novela de Sábato-?

Su argumento responde a una moralidad ambigua, al espíritu machista de un hombre que se cree más que otro porque ha conocido la embriaguez de los sentidos. En este sentido, el ejercicio de Sábato es injusto. No deja de sorprender que se haya tomado la molestia de señalar lo que ya sabemos: Borges optó por renunciar a un ámbito de la experiencia humana por tratar de acceder a otro. No sabemos si las felicidades que esperaba le fueron concedidas o no, pero ese hecho no tiene relación alguna con su estatura literaria.

1970
Martes, 13 de enero. Bioy: “Creo que Sabato te acosa por vanidad y celos, pero también por astucia. Ha de haber pensado: ‘Si se me ve como el rival del primer escritor argentino, se me pondrá a su lado, seré su par’”. Borges: “Le preguntaron qué pensaba de mí y dijo: ‘Lo que piensa Max Rohde’ o algún otro escritor oscuro. La respuesta es graciosa, porque sin contestar comunica ridiculez al asunto”.

La historia se ha encargado de situar a cada uno en sus respectivas dimensiones.

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