Pre-Inventario (Velador de noche, soñador de día; Luis Eduardo Rivera)

Si muriera en este instante, no creo que lo que me sobreviviera valdría realmente gran cosa. Tal vez la imagen que pueda rescatarse de mí sea la de alguien que prometía, la de alguien que, llegado a lo que se da en llamar la madurez, todavía seguía siendo un proyecto de sí mismo.

Los actos que el tiempo podría recuperar serían, por lo general, actos irrelevantes, actos que van trazando una línea directa hacia el fracaso: dos libros de poemas publicados que contienen, a lo sumo, una decena de textos aceptables y tres o cuatro de cierta originalidad, que no rebasan los límites del talento mediano: un Diario inédito, donde he intentado profundizar en mi fracaso con honestidad, es decir: con la honestidad que puede esperarse de alguien que escribe literatura; un centenar de páginas en prosa, que testimonian mi torpeza como narrador; una vida poco variada en acontecimientos; una secuencia de fracasos amorosos y equivocaciones debidas a las exigencias apremiantes de mi líbido impaciente. En fin, una vida ordinaria como la de cualquier hijo de vecino.

En una época de mediocridad, no podría haber sido más consecuente con mi tiempo. Es el tiempo de las inteligencias medianas, de los mártires consumidos en el esfuerzo por sacar unas cuantas brazadas de ventaja en este absurdo, inútil maratón de espíritus menores.

Quién sabe, tal vez con los años, a mí también se me tome por un vencedor en ese maratón a juicio de los otros miembros del rebaño, más débiles que yo. Pero esta posibilidad no me consuela en absoluto, por el contrario, reafirma mi certeza de ser un perdedor ante mí mismo, un eterno fracasado ante mi propia imagen idealizada, en la que, por otra parte, nunca creí.

Velador de noche, soñador de día; Luis Eduardo Rivera; 1988

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