París fue ayer – Janet Flanner

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París era ayer-Janet Flanner-portadaPost Primera Guerra Mundial un grupo de escritores estadounidenses decide ir a París a ver lo que otros ven, vivir lo que otros viven. De todos ellos, Hemingway tal vez sea el más famoso, aunque se suma a este grupo Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Gertrude Stein, T.S. Eliot, John Dos Passos, entre otros.

Janet Flanner es parte, también, de este grupo. Menos mencionada, escribió entre 1925 y 1939 una serie de notas periodísticas para el New Yorker que posteriormente fueron compiladas en el libro París fue ayer, mismo que retratan ese momento en el que una generación del nuevo mundo regresó a Europa para vivir otra vida.

Los recuerdos son los remanentes específicos e invisibles en nuestras vidas de lo que pertenece al tiempo pretérito. Ya han pasado más de cincuenta años desde que, a principios de la década del 20, París empezó a ser incluida por primera vez en las memorias de un pequeño grupo de jóvenes norteamericanos expatriados, más ricos que la mayoría en ambición creadora y de un nivel económico más bien modesto.

Vistos usualmente en Les Deux Magots, todos ellos buscaron convertirse en escritores famosos. De Hemingway se ha escrito en otro momento, pero el caso de Flanner es interesante en cuanto recoge en este libro la crónica de un París que a la mayoría de nosotros se nos escapa: el periodo entre guerras, la publicación del Ulises de Joyce, las tertulias literarias entre los antes descritos. En este ambiente, Flanner detiene en breve notas periodísticas el tiempo y la sociedad parisina: el estreno de la Revue nègre; el aniversario mortuorio de Anatole France; la obra -ahora olvidada- de Leo Stein, hermano de Gertrude; las absurdas coincidencias en la vida de Charles Cros; la muerte de Claude Monet y de Marcel Proust -del que escribe: “Moribundo él mismo cuando describió el final de sus personajes, Proust estaba demasiado débil para ornamentar sus epitafios”-; el asesinato en Le Mans, entre otros.

La maestría de sus breves crónicas hacen de este libro una pieza única. Por ejemplo, pensamos que el antisemitismo fue un tema que sucedió en Alemania únicamente. En este sentido, Flanner añade luz sobre cómo se vivió en Francia:

La campaña nazi antisemita ya no es sólo un rumor aterrador en París –es 1933, Hitler acaba de convertirse en Canciller-, sino una realidad perturbadora, ya que Europa es tan pequeña. Bruselas está llena de refugiados. En Verviers, cerca de la frontera alemana con Bélgica, los agentes de aduanas están despiertos toda la noche obligados a la caza involuntaria de pobres caminantes, con bolsos a la espalda y sin visados en los pasaportes, que tratan de pasar los campos y la frontera en las horas de la madrugada. Fiel a su actitud en toda la historia, Suiza ha recibido a los perseguidos con los brazos abiertos… o casi abiertos, de cualquier manera. La ciudad de Zurich, ya amenazada por el desempleo, prohíbe a los judíos que busquen trabajo, lo que no es extraño, ya que Zurich junto con París han recibido el comercio del Kurfürstendamm. El Hôtel George V de esta ciudad ha florecido como el linaje de Aarón y se le conoce como el Generalquartiers o cuartel general parisiense de los alemanes. Por cierto, el estudio Ufa se ha trasladado en pleno a París. Al último film de Fritz Lang, Das testament des Doktor Mabuse, le ha sido prohibida la distribución en Alemania porque han dicho que el dinero utilizado es judío.

El lugar de la crónica no es a partir de los grandes hechos, sino de los detalles, las pequeñas cosas que no figuran en los cursos genéricos de historia pero que hablan más de los momentos que los grandes acontecimientos. En ese sentido, Janet Flanner es una pieza clave para entender las primeras décadas del siglo XX en Francia.

Al cierre del libro, Flanner enfrenta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, momento en el que deja París finalmente, regresando en un vuelo con su amante, Solita Solano, a Nueva York:

En realidad se trata de una guerra de lugares comunes ya que es simplemente una lucha por la libertad. Sólo debido a su tamaño potencial, puede llegar a ser, ay, la ruina de la civilización.

Casi lo es.

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