México, o del afán neurótico de competencia

Vivimos en una época enferma, visto desde muchas aristas. Pareciera que lo más importante es el poderío, la fama o la fortuna. Conrado Tostado, en una carta abierta que escribió en 2008, da uno de los mejores diagnósticos que he leído:

“Lo menos que se puede decir es que la vida está perdiendo de un modo acelerado su sentido. (…) Da la impresión de que la vida resulta indiferente. Y desde luego, la muerte es poca cosa cuando lo que se pierde con ella también es poco. Si uno voltea a su alrededor, se queda con la desconcertante sensación de que no se sabe bien qué hacer con la vida, propia o de los otros, qué sentido darle. Las sugerencias de la sociedad son escasas. “Divertirse” es una de ellas. (…)

¿A través de qué mecanismos la vida se volvió tan insignificante? Para ir rápido, adelanto mi respuesta: la única realidad realmente real, cada día para más personas, en México, es el dinero. Es cierto –y digamos, obvio- si lo vemos desde el punto de vista del triste pistolero que mata y muere en la acera: para él, el dinero vale más que la vida, incluida, desde luego, la propia. Lo cual equivale decir que la vida resulta insufrible sin “eso” que compra el dinero.

Pero, ¿qué es lo insufrible, al grado que se prefiera morir, o matar? ¿Qué compra ese dinero? ¿Por qué, sin eso, la vida resulta inaceptable? ¿Qué contenido tiene el dinero para quienes lo aprecian más que a su vida, más que a la de los demás?

La respuesta podría parecer tautológica, pero es reveladora: ese dinero, adquirido a crédito con la propia vida, más la morralla, es cierto, de cadáveres enterrados en fosas clandestinas, arrojados a la orilla de las carreteras, en canales de aguas negras, en los desiertos, abandonados en “el lugar de los hechos”, a lo que se suman los futuros cadáveres de adictos y de víctimas de los adictos, compra lo mismo que el otro dinero, el que gastan tantos ricos que ha dado México en los últimos años.

Las Vegas. Sobre todo, marcas (de ropa, de coches, de alcohol, es decir, fantasías de la mercadotecnia). Antenas para diez mil canales de TV. Ratos con prostitutas. Falsos palacios. Hasta los caprichos de los traficantes son de una desoladora falta de imaginación: armas con joyas, celulares con joyas, malos corridos compuestos por encargo.

¿Y eso vale vidas? ¿Esos efectos fantasmagóricos, esos artificios ingenuos, para engañar a los tontos?

Sí.

Lo revelador es que, extravagancias aparte, el joven sicario quiere lo mismo que el estudiante del Tec. Todos tienen, más o menos, los mismos objetivos. Mismas marcas, mismos fraccionamientos en San Diego, Houston, Miami.

¿Quién redujo a eso los objetivos de toda una colectividad? ¿Quién introdujo el mismo deseo, en unos y otros?

La respuesta es más fácil, quizá, si la pregunta se formula así: ¿quién erradicó de sus mentes, de su imaginación, de su conciencia cualquier otro deseo, cualquier otra meta? ¿Quién extirpó de la imaginación de tantos mexicanos cualquier meta que no sea entregar el dinero a los casinos de Las Vegas, a las familias reales de la India, a los importadores de whisky y cognac? ¿Quién enseñó, por omisión, que la felicidad es el placer y que el placer radica en la sensación y que las sensaciones sucedáneas, perversas, son la opción, cuando ya no se siente nada, y así, en una escalera descendiente, deprimente, que deja, entre otras cosas, cadáveres de muchachas en las afueras de Juárez?”.

La carta sigue un poco más. En Zacatecas, en el Cerro de la Bufa, está el museo a la Revolución Mexicana. Una placa dicta más o menos así: “nunca más habrá una lucha entre hermanos”. Y luego, las ocho columnas, que nos repiten que esto no es cierto.

Pienso en todo esto y trato de entender las razones. Un texto de Karen Horney titulado “el afán neurótico de competencia” (enfocado en los individuos, pero que pienso llegar al corazón medular de nuestros tiempos) describe la necesidad de individuos y organizaciones por alcanzar el poderío, fama y fortuna, lo que irremediablemente lo hará entrar en competencia con el prójimo.

El problema no está ahí, sino cuando, en este afán de competencia, se entra en un estado de neurosis por alcanzar el éxito. Pienso en esta obsesión corporativa por el crecimiento. Más, cada vez más. La excesiva ambición, la hostilidad implícita a toda competencia intensa, el deseo de maximizar, maximizar. La representación de los medios de la realidad: la posesión, el deseo, las pasiones como eje rector de la vida. Y otros ejemplos más.

“En razón de su carácter destructivo, el afán de competencia produce suma angustia en los neuróticos”, dice Horney. Angustia es el común denominador de nuestros tiempos. Las ilusiones que nos sostienen (una cuenta en el banco, un cheque periódico, un auto, vacaciones pagadas) penden de hilos frágiles.

¿Cuáles son las respuestas? Para ti, no las tengo. Espero, al menos, que puedan ir en múltiples direcciones, más allá de una hipoteca, o de una boda en Tulum. Cada quién tiene que inventarse sus caminos. Hoy tal vez pueda ser un punto de partida.

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