La influencia de París en la literatura latinoamericana – Luis Eduardo Rivera

Fragmento de “Velador de noche, soñador de día”, de Luis Eduardo Rivera.

Los europeos, en general, viajan al nuevo mundo buscando la fuente de la eterna juventud, corren detrás de su mito, el de la inocencia perdida. Los latinoamericanos también corremos detrás del nuestro: el de la razón, el relumbre de la inteligencia cartesiana, el discurso del Método, el deslumbramiento atlético del intelecto. Nuestra búsqueda de identidad no nos conduce -como es el caso de los europeos- a rastrear las huellas del hombre natural; no nos sentimos particularmente atraídos por la filosofía budista, ni por el tantrismo, ni por el zen, ni siquiera nos seducen las experiencias místicas de nuestras culturas indígenas a través del peyote o de los hongos alucinógenos. No. nosotros rascamos el cascarón de la cultura moderna: París. Nuestra búsqueda no es introspectiva, es exógena, no es retrospectiva, es sincrónica; no es una búsqueda de esencia, de contenido, sino más bien de estilo. Como pueblos de culturas híbridas y en formación que somos, estamos ávidos de historia, obsesionados por envejecer, es decir, por lo que suponemos que es el camino para alcanzar la sabiduría.

Nuestra cultura, desde comienzos de la colonia, está impregnada del manierismo francés. A medida que el Imperio Español se iba debilitando, más permeable se volvía éste a la influencia francesa que, consecuentemente, se iba filtrando en el Nuevo Mundo. España, empobrecida espiritualmente, tenía muy poco que ofrecernos. Francia, por el contrario, hervía en transformaciones y los Románticos latinoamericanos pronto se dieron cuenta de ello, fueron los primeros en levantar sus trincheras, desde el plano de la sensibilidad, contra la hegemonía española, adoptando París como capital cultural. Más tarde, los Modernistas elevaron esta influencia a la categoría de mito; hicieron de París su Olimpo y de los poetas franceses sus dioses tutelares. A partir de entonces, París ha tenido para los latinoamericanos el efecto de un imán.

La gran figura de Darío desencadenó la peregrinación de esíritus iniciados hacia el santuario de Minerva. Herrera y Reissig murió sin haber puesto los pies en esta Tierra Sagrada, sin embargo confesaba que escribía para París, aunque era evidente que ningún poeta francés contemporáneo suyo conocía una sola letra su altísima poesía. Años después, Vallejo, viendo caer las hojas de los árboles en el Jardín de Luxemburgo, soñaba con morirse un jueves de otoño bajo un aguacero parisino. Tres décadas más tarde, Cortázar viene a echarle más leña al fuego y pone a deambular una fauna de diletantes y sofisticados jazzómanos en medio de un decorado existencialista, el París de la post-guerra, de Jean Paul Sartre, de Boris Vian & Cia. Y de aquí en adelante, bastaría agregar a esta historia la fórmula convencional: “continuará”, porque la cuerda está todavía muy lejos de acabarse, las arrugas de París seguirán nutriendo la imaginación de nuestros jóvenes artistas y letrados.

Venir a París, para los escritores latinoamericanos, es continuar una tradición. Y esto no se reduce sólo a los escritores y los artistas; en cada intelectual progresistas del Nuevo Mundo se esconde un nieto putativo de la Revolución Francesa. Tanto como llevamos marcada en la piel la herencia Maya, Azteca o Inca, así también llevamos marcada en nuestra formación la huella de la cultura francesa.

Posts relacionados