FONCA – Jóvenes creadores generación 1994 – 1995

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Al parecer, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en los noventa no era únicamente el mecenas de nuestros literatos jóvenes, sino también antologaba a sus becarios con el fin de promover sus obras y/o talento. Compré la antología de la generación 1994 – 1995 por el morbo y la curiosidad de conocer los nombres de aquellos escritores que, en su mayoría, han sido olvidados.

El tema de las becas ha sido debatido ya en Letras Libres (Fonca: mecenas rico de pueblo pobre) y Confabulario (El país de los tres lectores), lecturas que ahondan en una reflexión que ya Christopher Domínguez Michael ha compartido en el pasado:

La Política Cultural convence a muchos que pueden y deben ser escritores o artistas. Estas personas se reclutan entre la muchedumbre que las disciplinas humanísticas desecha. Son alfabetizados que creen que “escribir” es cosa fácil. Pero una buena colección de sonetos, un ensayo inteligente o una novela legible son logros artísticos de tan ardua realización como los éxitos de la excelencia científica. La ruleta del mercado se detiene rara vez en mediocridades que ganan mucho dinero en algunos años pero cuyo nombre dirá poco a los lectores del futuro.

En este sentido, sorprende ver los nombres de dicha antología que ahora han sido tragados por el olvido. Entre los que aún perduran de esta generación del FONCA están Guadalupe Nettel (cuento), Cristina Rivera-Garza (novela) y David Toscana (novela). El resto han desaparecido, se han dedicado a la docencia o, de manera marginal, a la literatura, aunque sin grandes recompensas.

Es un hecho que la mayoría de nosotros estamos condenados a no ser recordados y solamente un segmento muy pequeño será aquel que pueda engrosar los párrafos de nuestra historia literaria. Para todo aquel interesado en participar de las mieles de la literatura, entendiendo ésta como la notoriedad de la publicación y el afecto de los lectores, el pronóstico es desalentador. Concuerdo con Geney Beltrán que la Política Cultural no debiera enfocarse únicamente en su labor de mecenas, sino en hacer llegar esos libros escritos a los lectores, aquellos que demandan de las editoriales más que la mesa de novedades que se rota cada quince días:

Ha de ser recomendable que, después de los aplausos y las ceremonias, cada institución desarrolle mecanismos, como las coediciones con sellos establecidos o la publicación digital, para que la obra, que supondríamos notable y no un objeto de vergüenza, llegue a librerías y bibliotecas y alcance la sensibilidad e inteligencia de más personas. Urge cambiar el énfasis: no que viaje el autor sino que viajen los libros.

Me importa poco revisar la historia de todos los autores y libros sometidos en el periodo de la beca que menciona la antología, pero el caso de David Toscana tal vez sea representativo: preparó, mientras fue becario del FONCA, dos novelas:

Una en torno a lo que ocurre en un circo, asunto sin duda interesante; pero al mismo tiempo trabajó una más con base en lo que ocurre en un edificio de apartamentos en la ciudad de Monterrey: su conocimiento de ambos asuntos arroja sendos libros por demás interesantes que, emparejados con la excelente prosa del autor, devienen obras de indiscutible calidad.

Su novela de 1995, Estación Tula, no toca este tema, y uno de los proyectos referidos en el párrafo anterior, Circus, se convertiría en la novela Santa María del Circo, publicada en 1998. ¿Qué fue de la segunda? ¿Existirá entretejida en alguno de los otros libros de Toscana?

Sea cual sea el caso, la calidad de la antología 1994 – 1995 no justifica el papel, ni la tinta, ni el presupuesto empleado en su producción. Los escritores que hoy trascienden a partir de esa beca pudieron haberlo logrado sin necesidad de contar con una renta mensual por parte del Estado. Harían falta, más bien, mayores espacios de publicación para los escritores nocturnos, aquellos que entremezclan sus labores cotidianas con el llamado de las letras. La difusión y oportunidades de publicación siguen siendo escasas y subjetivas -a partir del canon y el gusto de los jurados literarios.

Este cambio, sin embargo, es poco probable: bien sabemos que a caballo regalado no se le ve el colmillo y gran parte de nuestros literatos se benefician al mamar de la ubre gubernamental. Como dijera César Garizurieta, el Tlacuache, vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.

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