Rounds breves de Box y Literatura

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Julio Cortázar, de nueve años, escucha en la radio la pelea entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey en el Polo Grounds de Nueva York. No hay imágenes, tan solo una voz emocionada en medio de un patio lleno de gente. Por un momento parece que Firpo, el argentino, es capaz de ganar. Dempsey está contra las cuerdas y recibe los embates de “el toro salvaje de las pampas”, al punto que cae fuera del ring, encima de la prensa.

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La historia del boxeador siempre es heroica: la primera pelea sucede en los arrabales y el box es, ante todo, la historia de cómo a golpes uno puede salir de la miseria.

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En el box hay ocasiones en que todo se decide en segundos. En “El Profesional”, por ejemplo, W. C. Heinz narra la historia de Eddie Brown y su carrera anónima hacia el título mundial. Su oportunidad dura un minuto y cuarenta y ocho segundos.

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La pelea más larga de la historia sucedió en 1893 entre Jack Burke, de 24 años, y Andy Bowen, de 26 años. El combate duró siete horas y diecinueve minutos. Burke se rompió los huesos de las manos. Bowen acabó muerto.

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Cortázar escuchó cómo Dempsey regresó al cuadrilátero con ayuda de los periodistas que cubrían la pelea. En el segundo round conectaría un crochet de izquierda a la mandíbula de Firpo, dejándolo fuera de combate. “Firpo tuvo su hora inmortal de tres minutos y además reglamentariamente ganó la pelea”, escribiría Cortázar en El noble arte (La vuelta al día en ochenta mundos, 1967). Omite decir, sin embargo, que Dempsey había derribado a Firpo siete veces en minuto y medio (la pelea está disponible en YouTube). Cortázar lloró la derrota abrazado de su tío y “varios vecinos ultrajados en su fibra patria”. Al día de hoy esa fecha marca el Día del Boxeador en Argentina.

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Un hombre contra otro no es sino el conflicto entre dos destinos. En ese combate, lo único que tiene el boxeador son sus puños.

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En una entrevista a Antonio Trilla en 1983, Cortázar dice: “el boxeo también era un espectáculo estético. (…) Yo no lo veo violento ni cruel. A mí me parece un enfrentamiento muy honesto, muy noble. Me interesa el enfrentamiento de dos técnicas, de dos estilos, la habilidad de vencer siendo a veces, más débil.” Sí, en el box no siempre ganan los puños más fuertes –Floyd Mayweather Jr., por ejemplo, es considerado el mejor boxeador defensivo de la historia. Así, el box es, ante todo, cabeza: hay que mantener la estrategia, evitar calentarse. Pero su importancia no reside en su carácter estético, sino en su darwinismo, supervivencia pura. En este sentido, ¿no son las Malvinas otro Firpo contra Dempsey?

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Fabian Avenarius Lloyd, también conocido como “Arthur Cravan”, era “el poeta de pelo más corto en el mundo”. Dadaísta y poeta, decidió también ser boxeador. El 23 de abril de 1916 Cravan peleó contra Jack Johnson en Barcelona. “El gran combate entre Jack Johnson, campeón del mundo, negro de 110 kilos, y Arthur Cravan, campeón de Europa, blanco de 105 kilos según reza el cartel”.

Como el personaje de Heinz, Cravan fue derrotado en el primer asalto. Después de la pelea, Johnson se convirtió en actor de películas de acción. Cravan, por su parte, desaparecería en algún lugar del Golfo de México. Su cuerpo nunca fue encontrado.

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“¿Entendés por qué a lo que menos se le teme es a los golpes? Entrenamos seis, siete y hasta ocho horas por día y siempre a los golpes. De lunes a sábados. Estamos acostumbrados. El miedo es otra cosa… es a lo que significa perder, a pasar el ridículo, a que te dejen solo, que te quiten hasta el banquito, como decía Bonavena”, cuenta Héctor Javier Velazco, El Artillero.

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Cortázar escribió sobre el box varias veces: en Torito recrea a un Justo Suárez venido a menos (Final de juego, 1956) y, en La noche de Mantequilla (Alguien que anda por ahí, 1977), la pelea de box no es sino un pretexto para una historia de gánsteres y equívocos borgeanos. Tiene, además, un cuento llamado Las manos que crecen (La otra orilla, 1937) en el que un hombre pierde las manos después de golpear a otro en lo que, se cree, es un sueño.

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Es imposible eliminar la crueldad del box: como una serpiente que se muerde la cola, el destino de la mayoría de los pugilistas es el regreso a la miseria. Eugene Criqui murió mudo. Billy Collins Jr. quedó ciego después de una pelea. Kid Pambelé y Dum-Dum Pacheco cayeron en las drogas y el alcohol –éste último escribió su autobiografía bajo el título Mear sangre. Al Brown murió enfermo, pobre y abandonado por todos. Mohamed Ali terminó sus días con Parkinson. Incluso el propio Mantequilla Nápoles vive en la pobreza en Ciudad Juárez. La lista es interminable.

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No sólo Cortázar escribió sobre el box, también lo hicieron Gómez de la Serna, London, Cocteau, Hemingway, Mailer, Villoro y Carol Oates. En Clase (South of No North, 1973), Bukowski escribió una historia en la que se sube al ring con Hemingway. “Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde”. ¿No se enfrenta cualquier escritor, de una manera u otra, contra todos los que lo antecedieron?

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Tal vez se pueda explicar la fascinación de los escritores por el box a partir de algo que Cocteau escribió sobre Al “Panamá” Brown, campeón mundial gallo de 1929 a 1935: “En el campo del boxeo y en el de las letras hablamos la misma lengua. Empleamos lo que la gente llamaría los mismos trucos, que no es otra cosa que el estilo.” La vida de los escritores, como la de los boxeadores, depende de sus recursos. El combate, sin embargo, es contra la página en blanco, llena ya de todo aquello que ha sido escrito antes.

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En 2012 me subí a un ring por primera vez. A los pocos minutos el entrenador le gritó a mi oponente: “ya no le pegues más”. Tenía la nariz rota y la playera llena de sangre. Fui a lavarme y me vi la cara hinchada. Recordé algo que una vez había leído: “en el box tienes que vencer dos miedos. El primero es el miedo a que te hagan daño. El segundo es, quizás, más importante: tienes que vencer el miedo de lastimar a alguien”.

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Jack London escribió varios cuentos sobre boxeadores. Uno de ellos, “El mexicano”, habla sobre un pugilista en plena Revolución Mexicana. “Su cólera es terrible. Ni el mismo Dios podría interponerse entre él y el destino de su poderosa furia”. Pero no es furia lo que mueve al boxeador. Sus pies lo acercan al bailarín y sus manos al pintor. Como él, traza marcas en el rostro de su oponente como en un lienzo. Picasso, por supuesto, sabía de esto.

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¿No nos recuerda el rostro del pugilista, después de la pelea, al Cristo crucificado?

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Eduardo Arroyo, pintor español, tiene diez dibujos de la derrota de Cravan. Arthur Cravan après son combat contre Jack Johnson. No son retratos ni documentos, más bien exploraciones en el lienzo –”expresiones sensibles o artísticas de su crudeza”, escribe Rafael Ramírez Blanco.

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El arranque de una pelea es una metáfora de un lienzo en blanco.

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La inversión del relato tradicional del boxeo (Villoro) deviene de una certeza: en el fondo, todo pugilista sabe que una victoria no es sino la antesala de una futura derrota. Así, el boxeador es como El Ruletista de Cărtărescu: un kamikaze que busca la muerte.

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En 1914, Jack Johnson y Frank Moran se encontraron en el Velodrome d’Hiver en París. El combate duraría 20 rounds. No hubo knockout.

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Arroyo escribe en Minuta de un testamento: “los poetas (…) son mentirosos, sobre todo si como Arthur Cravan son poetas y boxeadores al mismo tiempo”.

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La forza del destino: Kid Chocolate”, Eduardo Arroyo (1972)

 

 

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