#YaMeCansé: por una reivindicación del insulto

La rueda de prensa de Murillo Karam será recordada para siempre por su remate: “ya me cansé”. El diálogo queda de pronto clausurado porque una de las partes decide, simplemente, no escuchar más. No es algo que nos sorprenda: no hay cabida en el discurso de nuestra clase gobernante para el intercambio, las exposiciones, menos aún para el cuestionamiento, la crítica.

Este sutil gesto resume la historia política del siglo XX en México. La Revolución. El movimiento estudiantil del 68. El movimiento Zapatista. Hay, en nuestra tradición, una tendencia a la negación del otro, desde la descalificación risible –el sobrenombre, el insulto–, hasta la desaparición del contrario. En el caso de los 43, esto no sino un cruel eufemismo para evitar nombrar las cosas por su nombre: secuestro y asesinato. Vivimos en un país donde el crimen queda impune y donde levantar la voz ante la injusticia significa ser callado para siempre. ¿Qué hacemos, entonces, con la rabia? ¿Cómo combatimos el horror? ¿A quién subimos nuestras quejas?

Habrá que reivindicar el insulto, llevarlo a las calles, gritar nuestra rabia en los lugares donde nuestra clase política come, donde se ejercita, donde trabaja, donde duerme. Ante sus oídos clausurados, ante su miseria, su glotonería, su avaricia, habría que dejarles claro que no olvidaremos, que moriremos gritando nuestro rechazo, nuestro odio, nuestro hartazgo.

Que tengan bien en claro que no podrán salir de su casa sin la certeza de que les mentaremos la madre, que no podrán comer en un restaurante sin la convicción de que estaremos ahí para mandarlos a la chingada, de que no podrán ir al cine, al teatro, asistir a un evento público sin que alguien, tú, yo, nosotros, les recordemos con una turba de alaridos que nosotros también estamos cansados de su indiferencia, su cinismo, su cobardía. A lo mejor así se enteran, finalmente, que afuera hay un pueblo lleno de rabia por haber perdido el país ante una manga de ladrones sin escrúpulos que no sienten la más mínima vergüenza, el mínimo pudor.

No olvidaremos. No callaremos. Cada uno de nosotros, a golpes de laringe, es eco de la rabia y el dolor de esos 43 desaparecidos.

Ayotzinapa somos todos; vivos se los llevaron, vivos los queremos.

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