Meditaciones (todo mi ser se reduce a esto: la carne, el espíritu, la facultad rectora) – Marco Aurelio

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El tiempo de la vida humana es un punto: la sustancia, fluente; la sensación, oscurecida; toda la constitución del cuerpo, corruptible; el alma, inquieta; el destino, enigmático; la fama, indefinible; en resumen, todas las cosas propias del cuerpo son a manera de un río; las del alma, sueño y vaho; la vida, una lucha, un destierro; la fama de la posteridad, olvido. ¿Qué hay, pues, que nos pueda llevar a salvamento? Una sola y única cosa: la filosofía.

En marzo 15 de 1884, Tolstoi escribió:

Tengo que crear un círculo de lectura personal: Epictetus, Marcus Aurelius, Lao-Tzu, Buddha, Pascal, el Nuevo Testamento. Esto es necesario también para el resto de la gente.

¿Por qué esa necesidad de acercarse a los grandes pensadores? ¿Por qué esa sed de filosofía? Hannah Arendt dijo, en su momento, que nuestra responsabilidad está en entender.

La filosofía es un afán que siente el hombre por saber de sí mismo

Sócrates

Alain de Botton resume el objetivo de la filosofía como la búsqueda de la sabiduría para vivir y morir bien. El corazón de esta búsqueda es el gnóthi seautón –conócete a ti mismo– del Templo de Apolo en Delfos, “el cultivo de la sabiduría y la búsqueda o investigación de la verdad” (George Berkeley). El libro de las Meditaciones de Marco Aurelio es, así, un recuento de la búsqueda personal del emperador romano. ¿Cómo vivir? ¿Para qué? Estoico de escuela, Marco Aurelio da una serie de respuestas que se resumen en el dominio de uno mismo y las pasiones, la vanidad de la posteridad y la certeza del olvido, la ética del trabajo y la mansedumbre ante el destino:

Afánate fijamente, a cada hora, como romano y como varón, en hacer lo que tuvieres entre manos, con precisa y sincera gravedad, con amor, libertad y justicia, procurando desasirte de cualquier otra preocupación. Lo conseguirás si ejecutas cada acción de tu vida como si fuere la última, despojada de toda irreflexión y de toda apasionada repugnancia al señorío de la razón, sin falsedad, ni egoísmo, ni displicencia antes las disposiciones del destino.

Desechado, pues, de ti todo otro cuidado, pon sólo la atención en unos pocos preceptios. Y acuérdate que cada uno no vive más que el presente, indeciblemente pequeño. El resto de la vida, o ya se acabó de vivir, o es incierto. Brevísimo es, pues, el instante que cada uno vive, brevísimo el espacio donde habita, brevísima la fama de la posteridad.

¡Qué desatinado es el comportamiento de los hombres! No quieren reverenciar a sus contemporáneos y a sus conciudadanos, pero pretenden en sumo grado ser alabados por los venideros, a quienes nunca han visto ni verán jamás. Es casi como si te lamentases porque tus antepasados no te hayan dedicado palabras honoríficas.

La complacencia del hombre consiste en cumplir su deber de hombre. Y deber privativo del hombre es la benevolencia para con sus semejantes, el desprecio por los movimientos sensuales, el discernimiento de las ideas probables, la contemplación de la naturaleza universal y de lo que se produce conforme a sus leyes.

Luego que tú mismo hubieres adquirido los nombres de bueno, circunspecto, veraz, prudente, condescendiente, noble, mira bien no tengas que mudar nunca de nombre; y si perdieres estos dictados, vuelve al punto a recobrarlos. (…) Si te conservares en la posesión de estos títulos, sin anhelar que los otros forzosamente te llamen con ellos, serás otro hombre y te abrirás a otro género de vida.

Difícil es el camino del entendimiento propio en una época enfocada en la fórmula rápida, en la promesa del dinero. Habría que acercarse al libro de Marco Aurelio para formarse, al menos, un precepto, una guía que nos ayude a dirigir la barcaza en el mar de los días –pregúntese a los hombres en qué creen, qué les preocupa, cómo rigen sus días y las respuestas que oirá serán difusas, confundidas bajo un supuesto deber de “ser feliz”, de “aprovechar al máximo” lo que sea que se presente: la próxima quincena, un plato de frijoles, un maletín lleno de dinero–. Es esto la trampa del hedonismo, la mentira burda. Ofrezco una conclusión simple y accionable: en el paréntesis que es la vida, debiéramos poder tomar un respiro para meditar en qué queremos que sea nuestra vida:

Poco es el tiempo que te resta de vida. Vívelo como si te hallares en la montaña: que lo mismo da vivir aquí que vivir allí, con tal que en todas partes viva uno en el mundo como en su ciudad. Haz ver a los hombres, hazles reconocer en ti a un varón que vive de veras según la naturaleza. Si ellos no pueden soportarte, dente muerte. Más vale morir que vivir como ellos.

Ir, en todo caso, por la premisa más simple e importante: amaos los unos a los otros. Kurt Vonnegut, ateo, reinventa el mandamiento del Nuevo Testamento en una anécdota:

La mayoría de ustedes aquí son de la misma edad que mis nietos. Le hice mi gran pregunta acerca de la vida a mi hijo biológico Mark. Mark es un pediatra y autor de un libro de memorias titulado El Edén Express. El Dr. Vonnegut dijo esto a su senil padre: “padre, estamos aquí para ayudarnos unos a otros a través de lo que sea que es esta cosa”. Así que les paso a ustedes su comentario.

Cada quién sacará sus conclusiones, cada quien vivirá su propia vida. Nos compete a todos, sin embargo, hacernos estas preguntas fundamentales: ¿cómo vivir? ¿Para qué? Sabemos por Goya que el sueño de la razón produce monstruos. La filosofía, entonces, ofrece una forma para despertar de ese horror.

Para un video interesante sobre el estoicismo, consulten este link.

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