Reseña: Yo era una niña de siete años de César Aira

Reseña: Yo era una niña de siete años de César Aira

Last Updated on: 13th marzo 2021, 07:00 am

Yo era una niña de siete años es una novela corta de César Aira narrada desde el punto de vista de una niña dominada por la curiosidad y el deseo de «probarlo todo». La novela comienza con el siguiente párrafo:

Yo era una niña de siete años, princesa de un país de cuento de hadas. Un día, paseando sola por el bosque, encontré una píedra amarillenta, perfectamente circular, de un centímetro de diámetro, achatada. El color era hermoso, raro, no parecía natural, pero más hermosa era la superficie suavísima, como una perla pero un poco más brillante. La habría creído de plástico si en aquel entonces hubiera existido el plástico; como no era así, su belleza no tenía explicación. Me hinqué a su lado sin importarme que mi pijama chino de seda se ensuciara en las rodillas con la tierra y la hierba, y la estuve contemplando un momento, arrobada. ¿Cómo habría llegado allí? Qué hermosa era, qué suave, qué lujosa. ¿No sería un botón desprendido del traje de un dignatario extranjero? Quizás era una especie rarísima de hongo, un hongo de cristal de rocío. Fuera lo que fuera, me la llevaría para examinarla a mis anchas, y para acariciarla y serenarme cuando estuviera nerviosa, para que me hiciera compañía siempre, como un amuleto.

La niña vive en un reino mágico que ocupa el País Vasco, aunque poco después descubrimos su origen: el padre de la niña vendió su alma a «las potencias sobrenaturales, a cambio de poder hacer realidad todos sus deseos». El padre (y rey de este dominio sobrenatural) es, sin embargo, un infeliz debido a un mal matrimonio que la narradora comenta a detalle.

Era un santo o, en lenguaje común, un desdichado.

La novela transcurre entre estampas idílicas y mágicas y una búsqueda constante de la narradora por «probarlo todo» y, acaso, también por retarlo todo. Tal espíritu termina en la fractura del reino: el sueño se desmorona tras un secuestro en el que la niña de siete año pierde su alma –los opositores al reino han pensando en una estratagema que pone en ridículo al rey.

El lugar en el que encierran a la niña es un cine. «Es curioso. Yo nunca había ido a un cine, y ahora estaba viviendo en uno», comenta la narradora a mitad del secuestro. En este momento se cuela la sospecha de que acaso todo sea un delirio. La historia desafortunada del padre es como cualquier otra: un hombre encarcelado en un matrimonio fallido, maniatado quizás por tener una hija en medio de un barco en zozobra. ¿Es, quizás, el reino que observamos la manifestación de una mitología infantil alrededor del divorcio de sus padres?

Quizás. César Aira nunca contesta en sus libros este tipo de preguntas. La literatura de Aira ha sido definida como una serie de artefactos que generan una extrañeza ante lo aparentemente banal o cotidiano. En este blog, por ejemplo, hemos comentado antes La cena, La guerra de los gimnasios, Prins, Artforum, Cumpleaños El congreso de literatura, una muestra pequeña de la vasta producción del argentino y cuyos argumentos empatan con esta definición. Hay algo más, sin embargo, y es la serie de ideas que se cuelan entre el texto y que acaso son parte de un corpuse que se teje entre todas las novelas.

En Yo era una niña de siete años la novela prosigue hacia una peregrinación que pretende recuperar al alma de la niña. En cierto momento los personajes llegan a una montaña, «la Colina del Biombo, sede de la poesía vizcaína».

Subimos, y pude comprobar con maravillado alborozo que la montañita hacía honor a su nombre: era plegable como un biombo, y en cada una de sus caras (de los dos lados) había representaciones distintas de los paisajes que dominaba. Es difícil de explicar, y no intentaré siquiera contar nuestro ascenso y descenso. Quizás dilectamente no se puede contar, como no se puede contar la poesía. Dije que era “plegable». ¿No sería más justo decir que era “desplegable»? Sus membranas transparentes reversibles contenían material suficiente para alimentar el trabajo de toda la de un poeta, o de todos los poetas. Papá estaba radiante, olvidado de todo, hasta de mis exhortaciones mirar esto o lo otro, que se repetían en un tableteo sin pausas. Por una vez, yo misma debía aceptar que mis “¡Mirá, mirá!” cayeran en el vacío, porque estábamos en el vacío mismo en el que nacían. Pero aun así, no podía dejar de decirlo, tal es la fuerza de la costumbre. Mis gritos se hicieron menos frecuentes, y cesaron del todo, a medida que mi atención se concentraba en Héctor. Para él todas esas fantasmagorías eran como si no existieran. Sólo se preocupaba de que no se le cayera la carga que llevaba encima. La desplazaba de un hombro a otro, aunque los dos no le bastaban, en cada cambio de nivel, no tenía más que para las piedras en las que ponía sus grandes botines rotos, resoplando como un camello, el sudor goteándole de la nariz ganchuda. Observándolo en ese contexto, me di cuenta de que los poetas son una cosa, y la poesía es otra. No son sólo distintos, sino contrarios. ¿Y entonces por qué el feo hombrecito prosaico se me agigantaba y embellecía? No sé. Por una transfiguración. Por simpatía. O quizás porque la esencia poética iluminaba a su opuesto y a nada más que se interpusiera.

Las ideas contenidas en estos dos párrafos son brutales: remiten al creador y a su obra, a la distancia insalvable entre ambos, a lo inalcanzable de la belleza, quizás entre otras cosas.

La novela termina en el mismo cine en el que transcurre el secuestro, metáfora quizás del artificio. La narradora nos ofrece una reflexión final que tal vez sirve de colofón a la del padre que poco a poco se va alejando de ella (¿lo que hemos leído es, entonces, una suerte de elegía?):

El error de papá fue poner toda su energía y su inteligencia en la busca de la felicidad, y en hacer de ésta un objetivo excluyente. Es omprensible, y nadie se lo habría podido reprochar, porque la felicidad es lo primero y lo último que se busca en la vida. Pero la felicidad es muy limitada respecto de la totalidad de la vida. Deja mucho afuera.

«Para mí la literatura debería hacer que todos los efectos posibles de mantengan en suspenso», dice Aira en una entrevista. Yo era una niña de siete años termina así, con un ascenso a un lugar indeterminado, inconcluso. Y nada más.

 

Roberto Wong

Roberto Wong

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