Reseña: Artforum de César Aira

Reseña: Artforum de César Aira

Last Updated on: 3rd marzo 2021, 04:01 pm

En fin, no valía la pena buscar explicaciones. Había que vivir, seguir viviendo. En este punto, podía decir: a esto llegué, esto que soy es lo que hizo de mí la Artforum. Y entonces, al fin, puedo empezar a ser lo que soy, ya sin esperar nada.

Artforum, César Aira

Es probable que leer siete libros del mismo autor te convierta en un lector de ese autor. Sin embargo, si esos siete libros son tan solo el 7% de su obra publicada, tal vez estos mismos siete libros sean tan solo un atisbo, la punta del iceberg que se asoma.

El primer libro que leí de César Aira fue El Congreso de Literatura. Un prolegómeno, diría Aira en aquel entonces. ¿A qué? A un proyecto más grande, colosal, cuyas pistas se asoman de a poco.

Mi Gran Obras tiene como prolegómeno infinito, justamente, la apertura de las puertas de la realidad.

El Congreso de Literatura, César Aira

Artforum es una novela corta (o, si se quiere, una serie de estampas) que detallan la relación del narrador con una revista de arte que compra religiosamente: la Artforum. Esta revista la busca, inicialmente, en puestos de revistas, hasta que un día decide suscribirse a ella. Lo que antes era una búsqueda constante que terminaba en la epifanía, se convierte entonces en una espera interminable rodeada de toda clase de angustias (en un momento el narrador se imagina siendo traspasado por una bala mientras el cartero le entrega la dichosa revista).

Hasta ahí todo bien. Pero en cada fragmento del libro comienzan a entreverse ideas que se escapan de la anécdota (en apariencia banal) del libro. En el primer capítulo, por ejemplo, la revista parece «salvar» a sus compañeras de pila de la lluvia que ha entrado por la ventana.

¿Un objeto podía amar a un hombre? Toda la historia del animismo se encerraba en esa pregunta. Pero los antropólogos que habían intentado responderla nunca nabían tenido ocasión, como la tenía yo, de formularla frente a un objeto que les hubiera dado la suprema prueba de amor. No era tan imposible como podía parecer a primera vista. Los objetos eran portadores de información. Todos ellos, desde las catedrales hasta las bolitas de mercurio, llevaban inscrita su historia, sus propiedades, su manual de uso. Que lo hicieran en una lengua muda, a veces enigmática, no les restaba elocuencia. Sólo había que descifrarlos. Los objetos llamados libros (y las revistas más) realizaban doblemente su condición de ser objetos al ser portadores especializade información; eran superobjetos, porque en su infinita variedad y novedades podían suplir a todos los demás objetos en la imaginación y el deseo.

Hemos visto este recurso en el pasado: en La guerra de los gimnasios, publicado en 1992, Aira utiliza una premisa demasiado simple para convertirla en sueño o pesadilla a la cual no resta otra cosa más que someterse.

En unos segundos, Ferdie ya se sentía como si no hubiera hecho otra cosa en toda su . La resistencia de los pedales iba cambiando al superar determinados números: cien, doscientos, trescientos. Era como avanzar contra un viento que creciera.

La guerra de los gimnasios, César Aira

Este sometimiento (a una acción, una voluntad, un destino) sucede también en Artforum

Yo lo sentía agudamente en el plano intelectual. Si bien disponía todos los libros que quería, había otra cosa de la que no podía haber acumulaciones esperándome, porque se estaba produciendo en el tiempo: las revistas, las revistas de actualidad, ilustradas. Ahí encontré un objeto’ que creaba una ausencia formidable, un vacío que me chupaba, y desarrollaba mi capacidad de lectura del mundo.

¿Es la literatura la que somete al autor? No lo sabemos a ciencia cierta. Intuimos que las ideas que leemos pueden corresponder a un sentido más grande, pero apuntalarlas en la novela es imposible –como lo es decir que el arte tiene un propósito o mensaje exacto. Artforum, en este sentido, es congruente con el invisible contenido que la revista contiene: el arte contemporáneo es arte por el contexto que lo rodea, pero más allá de esto es imposible apresar su sentido. Lo mismo pasó con La cena y con Prins: estamos ante una trampa (buscamos un significado, un destino, cuando en realidad lo único que existe es un puente entre un lugar cualquiera y otro).

Fue el 6 de diciembre de 2002, uno de esos días que hacen pensar que si toda la vida fuera así sería una vida perfecta. Veinticuatro Artforum (porque eran veinticuatro, las conté cuando llegué a casa), un récord difícil de igualar, y encima una hermosa lapicera. Se dirá que son sólo objetos materiales, y que la verdadera felicidad la producen otros bienes. ¿Pero será cierto? Siempre tiene que haber algo material, hasta el amor necesita algo que tocar. Y en mis ganancias de ese día fasto lo material estaba tan intrincado en lo espiritual que se trascendía a sí mismo, sin dejar de ser material. No hablaré de la lapicera, lo que me llevaría demasiado lejos. Pero en las revistas esa trascendencia era bastante obvia. Eran papel y tinta, y también eran ideas y ensueños. Reproducían la dialéctica del arte, con tanta o más propiedad que el arte mismo. Antes hablé del «rastro material”. Era más que eso: la palabra es “lujo”. La materia conformada por el espíritu es el borde de lujo que comuníca la realidad con la utopía.

Sospecho, a la distancia y a través de estos casi diez años leyendo los libros de Aira, que lo que realmente define su obra es un nihilismo profundo: la imposibilidad de la literatura y la negación de todo sentido más allá del personal. Si esto es cierto, Aira es una especie de Nietzche y nosotros, sus lectores, el caballo fustigado.

 

Roberto Wong

Roberto Wong

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