El congreso de literatura – César Aira

No es por pereza, pero creo que la contraportada es más clara que yo al hablar sobre la trama:

César es un escritor que sobrevive haciendo traducciones y que lleva una vida secreta de científico loco. Poco después de ganar una fortuna resolviendo el enigma centenario que encerraba el extraño monumento conocido como el Hilo de Macuto, es invitado a un congreso de literatura en la pequeña ciudad de Mérida. Camuflado bajo el aspecto de un inofensivo escritor, en realidad se propone llevar a cabo un plan maestro: clonar a Carlos Fuentes y crear un ejército de intelectuales poderosos para así dominar el mundo.

Aira, uno de los escritores argentinos vivos más famosos, propone en esta novela corta de 1996 un divertimento, un ejercicio literario alejado del dogma y de la sombra de los dos grandes porteños: Borges y Cortázar. De esta manera, Aira establece en la novela sus propias reglas del juego:

  • “No me limité a resolver especulativamente el enigma, sino que lo hice también en la práctica”
  • “Para hacer entender en lo que sigue tendré que ser muy claro y muy detallado, aun a costa de la elegancia literaria. Aunque no demasiado prolijo en los detalles”
  • “Todos mis propósitos se concentraban en uno solo: atenuar mi hiperactividad cerebral”
  • “No se me escapa que aquí hay una coartada metafórica; el <dominio>, el <mundo>, son palabras, y la frase que las contenga se presta a interpretaciones inteligentes, filosóficas, paradójicas… no caeré en esa trampa”
  • “Mi Gran Obras tiene como prolegómeno infinito, justamente, la apertura de las puertas de la realidad”.

De esta manera, El congreso de literatura, pese a su tono fársico, no deja de ser un “prolegómeno” (como él mismo lo indica) de una tesis literaria: no nos lo tomemos tan en serio, que tampoco es para tanto.

Se ha hablado de Aira como uno de los escritores argentinos más originales de la actualidad. Esto, en consecuencia, es un parricidio. Al alejarse de la tradición nacional, Aira no deja de acercarse voluntaria o involuntariamente a otros polos, por ejemplo, Boris Vian. La obra de Aira nos recuerda las notas de humor y las líneas narrativas del francés. Si esto es casual o no, es otra cuestión, pero lo cierto es que no podemos dejar de observar las intersecciones entre ambos.

Por último, la novela nos puede dejar preguntas sin contestar: ¿cómo pasó de traductor a científico, o viceversa? Si era tan pobre, ¿cómo realizaba sus experimentos?, pero el punto no es este. Para el lector, el leer El congreso de literatura funciona como divertimento, un escape. El autor sugiere, en el fondo, pistas hacia un modelo distinto, más laxo y divertido, fuera del rigor canónico y aburrido que inunda las mesas editoriales bajo “los grandes nombres” de la literatura nacional. Ante esta intención tan bien lograda, no nos resta más que aplaudir de pie.

Nota al pie:  El narrador de El congreso de literatura es escritor e inventor, igual que Roberto Arlt.

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