Quotes sobre San Francisco – Antoinette May

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Recordemos un poco la historia de California: sabemos que México perdió este estado en la guerra contra Estados Unidos y fue cedida a éste en 1848 con el Tratado de Guadalupe Hidalgo. La historia quiso que ese mismo año sucediera la fiebre del oro, convirtiendo a la región en un lugar donde la riqueza estaba al alcance de la mano y la vida se podía perder en cualquier disputa. En Momentos estelares de la humanidad Stefan Zweig narra este episodio de la historia:

Estamos ya en 1839. Una caravana va marchando lentamente por la orilla del río Sacramento. Delante va Sutter, a caballo, con un fusil al hombro; detrás de él, dos o tres europeos; a continuación, ciento cincuenta «canacas» con sus cortas camisas, y luego treinta carros tirados por búfalos con provisiones, semillas y municiones. Detrás van cincuenta caballos, setenta y cinco mulos, vacas y ovejas. Este es todo el ejército que va a conquistar Nueva Helvecia. Les precede una especie de inmensa ola de fuego: han quemado los bosques en lugar de talarlos, pues resulta más cómodo. Y apenas se extingue la grandiosa hoguera, humeantes todavía los troncos de los árboles, empieza ya el trabajo. Se construyen almacenes, se abren pozos. La tierra, que no necesita ser arada, recibe las semillas amorosamente; se construyen empalizadas como rediles para los rebaños. Numerosos colonos abandonan las misiones vecinas y acuden a engrosar la naciente colonia de Nueva Helvecia. El éxito es gigantesco.

(…) Ante el éxito conseguido, hace traer vides de Francia y del Rin, que al cabo de pocos años cubren ya inmensas extensiones. (…) [Sutter] tiene créditos y cuentas corrientes en los más importantes bancos de Inglaterra y Francia, (…) se ha convertido en el señor de Nueva Helvecia; es uno de los hombres más ricos del mundo y seguirá siéndolo. Finalmente, los Estados Unidos se apoderan de aquella descuidada provincia, que hasta entonces había sido posesión mexicana. (…)Un día, de repente, se presenta en casa de Suter su carpintero James W. Marshall. Parece muy excitado y solicita ver al dueño. Después de cerrar la puerta del cuarto, Marshall saca del bolsillo un puñado de arena, entre la cual brillan unos cuantos granitos amarillos. El día anterior, cavando un hoyo, encontró aquel extraño metal. Supone que es oro, pero los demás se han burlado de él. Suter coge la arena y la hace analizar: efectivamente, es oro. Decide ir con Marshall a la granja al día siguiente, pero éste, dominado por la terrible fiebre, que en breve contaminará al mundo entero, monta a caballo y cabalga de regreso, en la tempestuosa noche, al lugar del descubrimiento; impaciente, necesita asegurarse de la realidad de su fortuna. A la mañana siguiente, el coronel Sutter se encuentra en Coloma. Por medio de un dique secan el canal e investigan la arena del fondo. Basta coger un cedazo, moverlo un poco, y las brillantes pepitas de oro se destacan de la negra rejilla. Sutter reúne a los pocos blancos que conviven con él y les exige su palabra de honor de que guarden el secreto hasta que hayan terminado el montaje de la sierra. En seguida monta a caballo y regresa a su hacienda. Grandiosas ideas pasan por su imaginación: si su memoria no le es infiel, jamás se encontró el oro en tal abundancia y tan al alcance de la mano. Nunca había aparecido así, en la superficie de la tierra, y esa tierra aurífera es suya, de su exclusiva propiedad. Una sola noche tiene la importancia de muchos años. Sutter es el hombre más fabulosamente rico del mundo.

(…) ¿El hombre más rico? No, el más pobre, el más miserable, el mendigo más decepcionado de la tierra. A los ocho días, el secreto ha sido divulgado. Una mujer —siempre la mujer— se lo contó a un vagabundo y le entregó algunas pepitas. Lo que ocurre entonces es algo inconcebible. Todos los hombres que están a las órdenes de Suter abandonan su trabajo: los herreros dejan la fragua; los pastores, el ganado; los viñadores, las vides; los soldados, las armas. Todos se dirigen como locos a la serrería con cedazos y cacerolas de metal para separar el oro de la arena. (…) En fin: en pocas horas, John Sutter se ha convertido en un mísero mendigo que, como el rey Midas, se ahoga en su propio oro. La enloquecedora sed de oro impulsa aquel alud desconocido, que avanza como una tempestad.

(…) En la tierra de San Francisco, que según la escritura en regla que obra en su poder le pertenece a él, surge con una rapidez asombrosa una auténtica ciudad. Gentes extranjeras venden y compran entre sí los terrenos que son de John Sutter, y el nombre de Nueva Helvecia, su reino y su dominio, desaparece borrado —NOTA de El Anaquel: la ciudad crece de mil habitantes a 25 mil en el transcurso de un año—.

Muerta su familia por los disturbios ocasionados por el juicio en el que demanda a California por daños y perjuicios, Sutter fallece en Washington, loco, reclamando justicia. San Francisco se convierte, después, en una de las ciudades más grandes de Estados Unidos —para 1890 era la octava ciudad más grande en población, siendo casi devastada en 1906 por un terremoto que ocasionó, además, graves incendios en toda la ciudad—. El siglo XX vio la reconstrucción de San Francisco y su apogeo: desde el movimiento beatnik, las comunas hippies, la psicodelia y el rock, hasta el avance de los derechos de las comunidades gay y las empresas de tecnología de Silicon Valley.

En este contexto, Antoinette May ofrece una recapitulación de citas importantes en torno a la ciudad de San Francisco, notas inteligentes o humorísticas que retoman la historia de la ciudad más importante de la Costa Oeste. Dejo, a continuación, algunas de las más relevantes:

All the people west of the Rocky Mountains feel a peculiar personal pride in San Francisco, and, if they would confess it, look fSan Francisco was zero in 1848, a Mexican village. And in 1870 it was the tenth-largest city in the United States. It was never your average American city. San Francisco, right from the start, was a second chance, a new beginning.

Kevin Starr, historian

They were a wonderful set of burglars, the people who were running San Fracisco when I first came to town in 1923, wonderful because, if they were stealing, they were doing it with class and style.

Sally Stanford, San Francisco’s best-known madam

Where else but in San Francisco would characters such as Sister Boom-Boom, a transvetite who dresses in a miniskirted nun’s habit, and a punk rocker named Jello Biafra run for seats on the Board of Supervisors?

JoAnne Davidson, journalist

Once I knew the City very well, spent my attic days there, while others were being a lost generation in Paris, I fledged in San Francisco, climbed its hill, slept in its parks, worked on its docks, marched and shouted in its revolts… It had been kind to me in the days of my poverty and it did not resent my temporary solvency.

John Steinbeck, writer

I never saw so many well-dressed, well-fed, business-looking Bohemians in my life.

Oscar Wilde, writer

San Francisco is a mad city inhabited for the most part by perfectly insane people whose women are of a remarkable beauty.

Rudyard Kipling

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