Amor al arte – Gustave Flaubert (aforismos)

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Amor al arte es un libro de aforismos de Gustave Flaubert presentado a partir de la selección y traducción de Blanca Luz Pulido. Este libro, de una de las figuras literarias insignia del siglo XIX, es una recopilación esclarecedora del pensamiento y compromiso del autor francés con el arte, o en su caso, con la literatura.

flaubertSabemos, a partir del prólogo, que Flaubert tenía una pasión por el lenguaje que lo llevaba a buscar sin tregua la palabra precisa, aquella que sabe transmitir el pensamiento a la vez con precisión y belleza, lo que lo orillaba a largas temporadas de corrección de textos que parecían nunca verían la luz.

La intensidad de las exigencias de Flaubert a la literatura, a los hombres, a la vida en general, explica su doloroso desencanto, su fúnebre escepticismo (no exento de razón) ante una realidad que desmerece una y otra vez frente al ideal, raras veces alcanzado.

Más que reseña, sírvase este texto como una pequeña selección de aquellas citas que reflejan este espíritu.

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Un recuerdo es algo hermoso, es casi un deseo que se extraña.

Es necesario leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir lo menos posible, sólo para calmar la inquietud de la idea que nos pide tomar forma y no regresa a nosotros hasta que le encontramos una expresión exacta, precisa.

Estamos hechos para la infelicidad. Nos desvanecemos en la voluptuosidad, nunca en la pena; las lágrimas son al corazón lo que el agua es a los peces.

El corazón humano sólo crece a través de un impulso que lo destroza.

Sí, trabaja, ama el arte. Entre todas las mentiras, sigue siendo la menos falsa.

No siempre hay que creer que el sentimiento lo es todo. En las artes, nada existe sin la forma.

Un amigo que muere es algo tuyo que muere.

Tengo mis dudas sobre el espíritu artístico de esta época, es decir, sobre los pocos artistas que hay. Si nosotros no realizamos nada que valga la pena, cuando menos habremos preparado el camino para una nueva generación que tendrá la audacia (estoy buscando otra palabras) de nuestros padres, más nuestro eclecticismo. Sin embargo, me extrañaría que lo lograran: el mundo se va a convertir en algo muy tonto. De ahora en adelante, y durante mucho tiempo, todo será bastante aburrido.

La crítica está en el último escaño de la literatura; casi siempre como forma, y sin duda como valor moral, es inferior al estribillo y al acróstico, los cuales exigen, al menos, cierto esfuerzo de invención.

La única forma de no ser desdichado es encerrarse en el arte y no tomar en cuenta para nada todo lo demás. El orgullo reemplaza todo cuando se sustenta en una base muy grande.

Sólo se llega al estilo por medio de un trabajo atroz, de una obstinación fanática y devota.

Pintarás el vino, el amor, las mujeres, la gloria, siempre y cuando no seas ni borracho, ni amante, ni marido, ni soldado. Vemos mal la vida si nos mezclamos con ella, sufrimos por ella o la disfrutamos demasiado. El artista, desde mi punto de vista, es algo monstruoso, algo contra natura, y todas las desgracias con que la Providencia lo aflige provienen de su terquedad de negar este axioma: por eso sufre y hace sufrir. Hay que preguntar, sobre este punto, a las mujeres que han amado a poetas, y a los hombres que han amado a actrices.

El hombre del futuro disfrutará tal vez de alegrías inmensas. Viajará a las estrellas, llevando píldoras de aire en los bolsillos. Nosotros, en cambio, llegamos demasiado temprano o demasiado tarde. Habremos realizado lo más difícil y lo menos glorioso: la transición.

No hay nada más vil sobre la tierra que un mal artista, que un holgazán que ronda toda su vida el territorio de lo bello sin desembarcar nunca ahí y plantar su bandera.

Preferiría haber pintado la Capilla Sixtina que ganar muchas batallas, incluso la de Marengo. Durará más tiempo y realizarla fue tal vez más difícil.

Lo que distingue a los grandes genios es la generalización y la creación: sintetizan en una persona caracteres dispersos y aportan a la conciencia del género humano personajes nuevos. ¿Acaso no creemos en la existencia de don Quijote como en la de César? Shakespeare era algo formidable en este sentido. No era un hombre, sino un continente; en él había grandes hombres, multitudes enteras, paisajes. Los genios no necesitan tener estilo, son fuertes a pesar de todos sus defectos y a causa de ellos. En cambio nosotros, los pequeños, sólo valemos por la ejecución impecable.

Cuanto menos se sienta una cosa, más apto se es para expresarla tal como ella es (como es siempre en sí misma, de manera general e independiente de todas sus efímeras contingencias), pero hay que tener la facultad de hacerla sentir. Esta facultad no es otra cosa que el genio: ver, tener el modelo frente a sí, posando. Por eso detesto la poesía hablada, la poesía discursiva. Para las cosas que no tienen palabras basta la mirada; las efusiones del alma, el lirismo, las descripciones, quiero todo eso en forma, en estilo; lo demás es una prostitución del arte y del mismo sentimiento.

No hay nada más pobre que introducir en el arte sentimiento personales; el artista debe esforzarse para hacer creer a la posteridad que no vivió. Mientras menos me imagino a los artistas más grandes me parecen; no quiero suponer nada sobre la persona de Homero, de Rabelais, y cuando pienso en Miguel Ángel, sólo veo la espalda de un viejo de estatura colosal esculpiendo la noche a la luz de las antorchas.

¿Dónde se encuentra el límite entre la inspiración y la locura, entre la estupidez y el éxtasis? ¿Acaso no es necesario, para ser un artista, verlo todo de una manera distinta de la del resto de los hombres?

Dios da el genio, pero el talento es cosa nuestras; con un espíritu recto, amor por la forma y una paciencia sostenida, llegamos a tenerlo. La corrección (en el sentido más elevado de la palabra) tiene sobre el pensamiento el mismo efecto que el agua de la laguna Estigia en el cuerpo de Aquiles: lo vuelve invulnerable e indestructible.

La melancolía es un recuerdo que se ignora.

Me gustan las personas tajantes y exaltadas, ya que no se logra nada importante sin fanatismo. El fanatismo es la religión, y los filósofos del siglo XVIII, protestando contra uno, atacaban a la otra. El fanatismo es la fe, la fe misma, la fe ardiente, la que hace las obras y actúa. La religión es un concepto variable, una invención humana; el otro es un sentimiento.

Un alma se mide por el tamaño de su deseo, así como, de entrada, juzgamos a las catedrales por la altura de sus campanarios. Por eso odio la poesía burguesa, el arte doméstico, aunque yo lo practique; en el fondo me da asco.

‘¿Cuál es tu deber?: La exigencia de cada día’. Esta frase es de Goethe: hagamos nuestro deber, que es tratar de escribir bien. Si todos hicieran su deber, sería una sociedad de santos.

En mi ideal del arte creo que no se deben mostrar las propias convicciones, y que el artista no debe aparecer en su obra más de lo que Dios aparece en la naturaleza. El hombre no es nada; la obra, todo.

Los muertos son más agradables que las tres cuartas partes de los vivos: cuando hemos pasado por grandes amarguras, sus recuerdos están llenos de dulzura.

Termino con mi favorito:

Lo que nos falta son principios. A pesar de todo lo que se diga, hacen falta, aunque habría que saber cuáles. Para un artista sólo hay uno: sacrificarlo todo al arte. Debe considerar la vida sólo como un medio y nada más, y debe burlarse, en primer lugar, de sí mismo.

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