La Antártica empieza aquí – Benjamin Labatut

La Antártica empieza aquí – Benjamin Labatut

Last Updated on: 15th abril 2026, 09:15 am

En 2021 Benjamin Labatut escribiría en “La piedra de la locura“:

Una cierta demencia se ha infiltrado en el mundo, gota a gota, y está tomando cada vez más fuerza. Ya no podemos simplemente desdeñar la paranoia, ni tampoco podemos confiar, con absoluta certeza, en que la ciencia –o incluso nuestros propios sentidos– será capaz de mostrarnos el mundo tal como es.

En varios sentidos, los cuentos de “La Antártica empieza aquí” se leen bajo el mismo sino: “el castillo de razón y orden que hemos construido, (…) y sus muros, sin importar cuán altos los elevemos, pueden ser fácilmente derrumbados, no solo por quienes los asaltan desde afuera, sino también por las fuerzas que los embisten desde adentro”.

Esa embestida desde dentro es de lo que habla el primer libro de Labatut. En “La cura de Ana”, segundo cuento del compendio, una mujer entra a un sanatorio para personas cuya piel está cubriéndose de llagas sin explicación alguna. La enfermedad, eventualmente, la lleva a un estado mental que podría asemejarse a su enfermedad (“tanto en el cielo como en la tierra”), si no fuera porque el descenso a la locura comienza a curar su cuerpo.

Fuera por la reclusión casi forzada en que vivía o producto de algún efecto psicológico de su enfermedad, su memoria se convirtió en una sustancia visco-sa. Un recuerdo se fusionaba con otro, formando extraños panoramas. El olor de su madre, el cuerpo de su primer amante, una novela de vampiros, dos piedras bajo el agua, una fractura expuesta. Cuatro veces al año, recibía dolorosas descargas eléctricas en las áreas más afectadas de su piel. Con el transcurso del tiempo desarrolló una fobia al sabor del tubo de goma que le introducían en la boca para evitar que se mordiera la lengua. Era la terapia que más odiaba. Pero fue durante una de esas sesiones, mientras la energía cursaba a lo largo de su cuerpo y sacudía sus extremidades, que Ana intuyó por primera vez un camino de salida.

“Países Bajos”, por su parte, es una variación de la premisa del doble: un jugador de futbol, tras una agresión física en un estadio, se convierte en prostituto. El pasado irrumpe como un accidente y nada termina por resolverse: la sospecha de que algo sucedió es quizás el mérito principal del cuento.

La golpiza -le confesó a los médicos- lo había cambiado de una forma que no podía entender: su cuerpo ya no le pertenecía. No es que se sintiera diferente, les dijo, sino que era otro. Otra persona. Con ideas, gustos y hasta recuerdos distintos. De noche lo asediaban pesadillas, de día nunca tenía hambre: acabó por bajar diez kilos. Prácticamente no hablaba. Si abría la boca, era solo para quejarse de dolores que no tenían explicación fisiológica. Según los neurólogos, el chileno no había sufrido secuelas físicas producto de la fractura. Su problema era de otra índole.

“Club de Campo” es donde el libro se tuerce hacia un territorio que no admite resumen fácil: locura, zoofilia, confusión de identidades, el deseo dirigido no a un objeto sino a un hueco.

Marcos ya no duerme. Se pasa las noches conectado a internet, haciendo búsquedas sobre temas que nunca le han interesado antes: la física, el budismo, el vacío, la filosofía de los presocráticos. Una mañana, Julieta encuentra videos extraños en la computadora de casa, fotos de un hombre con el pelo rojo y la piel blanca, sin genitales. Se pelea a gritos con su marido, lo trata de maricón, de degenerado, de campesino de mierda. Marcos no reacciona. Parece no saber de qué le están hablando. Intenta darle un beso, pero ella se encierra a llorar en el baño. Marcos se viste con la misma ropa del día anterior y se va al club. Cuando Julieta lo escucha salir, abre la puerta del baño y vomita en el pasillo.

En El loro que podía adivinar el futuro, de Lamberti, un doppelgänger suplanta a un miembro de una familia cordobesa y lo que perturba no es la suplantación misma sino que la familia sigue reuniéndose para los asados, sigue con los ritos de siempre. En Labatut el mecanismo es distinto pero el efecto rima: lo monstruoso se aloja en la convivencia, no en su ruptura. “Club de Campo” es, de los seis cuentos, el que más riesgo toma y el que peor sostiene su cierre: la acumulación de capas genera una densidad que el final no logra cristalizar.

“Deseo” retoma la premisa del Quijote de Menard y cruza a dos escritores (uno argentino, el otro chileno) que escriben la misma historia sin saber nada el uno del otro. El plagio involuntario, la coincidencia como forma del destino. Bolaño, Gombrowicz, Philip K. Dick, Pessoa, Burroughs aparecen mencionados en el texto como una constelación de afinidades, y el cuento acaba siendo menos sobre la coincidencia y más sobre las pulsiones hostiles que surgen desde lugares inesperados –el cierre muestra al escritor chileno tirado en el suelo, mientras el argentino cruza la puerta con los puños llenos de sangre.

El libro cierra con “Alfredo en cama”, en el que un viejo músico de jazz recuerda cómo sentía los terremotos chilenos como una especie de premoción en los que llegaba a mezclarse la locura.

Una vez caminé de Santiago a Valparaíso, aunque no estoy seguro dónde empezaba una ciudad y terminaba la otra. Y tampoco me detuve cuando llegué al puerto, sino que seguí de largo, mar adentro, por encima de las olas del Pacífico. Tuvieron que sacarme medio ahogado. No es tan lejos como la gente cree. Las cosas nunca quedan tan lejos como la gente cree. Lo que pasa es que hemos perdido la escala, por la velocidad a la que nos movemos. Si caminas, en cambio, te das cuenta de lo cerca que están las cosas. ¡Apiladas unas sobre otras! Todo pasa al mismo tiempo y en el mismo espacio. Pero nos enseñan lo contrario. Nos dicen que de A se llega a B. Y luego de B se pasa a C. Cuando la verdad es ABC. Es cosa de revisar la propia biografía. ¿Cuándo te desenamoraste? ¿A qué edad perdiste la cabeza? ¿Qué día tocaste fondo? Las cosas suceden de golpe. De improviso, como en las películas, como en las obras de teatro.

De eso estaba hablando Bebo. Del satori. De la iluminación. Del despertar instantáneo. El problema es que me tomó años comprenderlo. No lograba ver, no podía metérmelo en la cabeza, y solo ahora, que dicen que estoy loco, entiendo.

No sirve de mucho. Lo juro. Ver la realidad tal como es no sirve de nada. Es casi lo mismo que estar loco, Pero más sucil. No es como si te apagaran las luces de un zuácate. Es como si te cambiaran la mano derecha por la izquierda, sin que te des cuenta Te levantas y hay algo diferente. Algo saro está pa sando. Pero no sabes bien qué. Y nadie te cree, por supuesto, aunque uno hace el intento, trata de explicarlo. La locura, les dices, es una jauría de perros invisibles que te sigue a todas partes; es un laberinto transparente sin Minotauro; es un agujero que te sostiene. Volverte loco, insistes, es como llegar de un viaje y encontrar tu casa vacía, la despensa saqueada y las camas deshechas, pero sin haber salido de viaje.

El epígrafe de “Club de Campo” es una cita de Cheever: I feel that there has been some miscarriage, some wrong turning, but I do not know when it took place and I have no hope of finding it. Los personajes de “La antártica empieza aquí” describen, a distintas escalas, la misma situación. En “La piedra de la locura”, Labatut nombra la pregunta que todos ellos se hacen sin formularla: “Nos quedamos con esa pregunta angustiante, aquella que solo nos hacemos cuando estamos cara a cara con el horror absoluto o cuando un verdadero milagro nos deja mudos: ¿esto es real?”.

Un comienzo bolañesco

En una entrevista alrededor de Maniac, la segunda novela de Labatut, el escritor dijo:

todo lo que yo hago y todo lo que haré tendrá ecos de Roberto Bolaño, porque hice un pacto con él hace mucho tiempo atrás (después de su muerte, eso sí)

El primer relato de “La Antártica empieza aquí” es, así, un cuento al estilo bolaño, en el que un periodista investiga a un poeta con pasado nazi que aparece como candidato al Premio Nacional de Literatura. La investigación lo arrastra hacia una expedición militar chilena que se perdió en el hielo antártico, una misión suicida de la que nadie regresó intacto. El periodista quiere ser escritor, y es esa tensión entre el oficio y la literatura lo que funciona como motor para la trama –así, el descenso hacia la Antártica podría ser visto como el descenso hacia la locura de escribir

Leí este libro después de “Un verdor terrible”. En este sentido, es interesante encontrar, quince años antes, a un escritor que ya sabía dónde mirar aunque todavía no tuviera las herramientas para sostenerse ahí el tiempo suficiente.​​​​​​​​​​​​​​​​

Citas de La Antártica empieza aquí

¿Qué le iba a decir? ¿Que esos eran mis primeros pasos para dedicarme a la literatura? Quedarme sin pega me parecía una pesadilla, aunque estaba haciendo mil estupideces para que se cumpliera.

Llevaba poco más de un año trabajando como repor-tero, pero lo que realmente añoraba era convertirme en escritor. Era algo con lo que había soñado toda mi vida. Una decisión valiente, según yo. Porque no se trataba de una vocación cualquiera. Ser escritor, como ser soldado o samurái, implicaba una postura violenta frente a la realidad, una resistencia continua, sin pactos ni tregua. La rutina, los límites, la familia, las normas, la felicidad, todo eso tenía sentido para los demás, mientras que la vida del escritor servía para acercarse al abismo. Dónde quedaba el famoso abismo y qué hacer si uno lograba llegar hasta ahí eran cosas que aún no sabía. Supongo que quedarse mirando hacia adentro.

Era ridículo, pero en esa época la literatura me generaba un deseo incontrolable.
Pag 13

Al contrario, cada página, buena o mala, me convencía de que era necesario dejarla. De que tenía que dejarlo todo. Y que ese era el precio que debía pagar. Porque había una sola cosa sobre la que yo estaba totalmente seguro: la literatura exigía un sacrificio. Para escribir, algo tenías que perder. Terminamos seis meses después. De vez en cuando recibía noticias suyas, un par de líneas en un mail, un mensajito en mi celular. No era capaz. de responder.
Pag 20

A pesar de que el salón estaba iluminado por un enorme tragaluz en el techo, la falta de ventanas me hizo sentir claustrofobia. Nunca sabes con qué te vas a topar cuando llegas a una entrevista.

Te metes de golpe en la vida privada de una persona, ves sus fotos, los dibujos de sus hijos, te fijas en los ceniceros llenos de colillas, en la calidad de los cuadros en los muros y en el tapiz -gastado o reluciente-de los muebles. En solo unos minutos, mientras tratas de seducir a tu entrevistado, tienes que recoger mil pequeñas impresiones que te permitan emitir un juicio. Porque las entrevistas son eso: una redención o una condena. No hay punto medio.
Pag 27

Yo asentí, lentamente, sin saber si debía salir corriendo o buscar algún objeto en la habitación que me sirviera de arma, pero no fue necesario: el excoro-nel dio un paso atrás y luego de estrechar las carpetas contra su pecho como si fuesen un ser querido, me las ofreció con extrema solemnidad. Las guardé en mi mochila, atento a cualquier señal de violencia, y no le quité la mirada de encima mientras él me dio la es-palda, fue hasta la puerta, corrió el pestillo, abrió y se hizo a un costado para que yo saliera. A pesar del susto que me había dado, de pronto me pareció frágil, un viejo senil al borde del colapso. Antes de irme le pregunté si estaba bien o si podía ayudarlo con algo.

Como única respuesta se quitó los lentes oscuros y me mostró los ojos: dos esferas blancas, nubladas por las cataratas. Al pasar a su lado, lo oí susurrar una frase que se me quedó en la cabeza: Este es el tamaño de nuestra derrota.
Pag 32

Fuera por la reclusión casi forzada en que vivía o producto de algún efecto psicológico de su enfermedad, su memoria se convirtió en una sustancia viscosa. Un recuerdo se fusionaba con otro, formando extraños panoramas. El olor de su madre, el cuerpo de su primer amante, una novela de vampiros, dos piedras bajo el agua, una fractura expuesta. Cuatro veces al año, recibía dolorosas descargas eléctricas en las áreas más afectadas de su piel. Con el transcurso del tiempo desarrolló una fobia al sabor del tubo de goma que le introducían en la boca para evitar que se mordiera la lengua. Era la terapia que más odiaba. Pero fue durante una de esas sesiones, mientras la energía cursaba a lo largo de su cuerpo y sacudía sus extremidades, que Ana intuyó por primera vez un camino de salida.
Pag 69

La siguiente temporada la pasó en la banca por decisión propia. Constantino no movió un dedo mientras el ADO obtenía el campeonato de la segunda división y volvía a la Eredivisie. El entrenador y sus compañeros trataron de darle ánimo, pensando que la raíz de su reticencia a jugar era el miedo por lo ocurrido el año anterior. Le dijeron que la mejor forma de resolver el trauma era regresando a la cancha.

Pero Constantino se comportaba con absoluta indife-rencia. Como si nunca hubiese tocado una pelota.

La golpiza -le confesó a los médicos- lo había cambiado de una forma que no podía entender: su cuerpo ya no le pertenecía. No es que se sintiera diferente, les dijo, sino que era otro. Otra persona. Con ideas, gustos y hasta recuerdos distintos. De noche lo asediaban pesadillas, de día nunca tenía hambre: acabó por bajar diez kilos. Prácticamente no hablaba. Si abría la boca, era solo para quejarse de dolores que no tenían explicación fisiológica.

Según los neurólogos, el chileno no había sufrido secuelas físicas producto de la fractura. Su problema era de otra índole.
Pag 81

A los nueve maté si primer animal. En el campo. Un corderito. Una cose chica con las patas flacas. Fue para mi primera co-manión. Mi papá me pasó un cuchillo y me mostró cómo hacerle el corte. Al principio no pude. Si lo hacís nápido no le duele, me dijo. Mentira. Le enterré el puñal en el cuello y me salpicó un chorro de sangre caliente como el meado. Mi papá me felicitó, los huasos hicieron salud, pero el cordero seguía tiritando. No se moría nunca. Agonizó como media hora, pero sin hacer ruido, porque le rebané las cuerdas vocales. Temblaba nomás mientras se le iba la sangre, hasta que se quedó quieto.

Vivo pero sin moverse, con los ojos abiertos. Incluso muerto los tenía abiertos. Y me miraba. Mi papá se hizo rico cuando estaba mi General. Con Pinochet fue como que de pronto la gente tenía más hambre. No dábamos abasto. Teníamos un montón de contratos con las Fuerzas Armadas. No podíamos matar suficiente.
Pag 91

Marcos ya no duerme. Se pasa las noches conectado a internet, haciendo búsquedas sobre temas que nunca le han interesado antes: la física, el budismo, el vacío, la filosofía de los presocráticos. Una mañana, Julieta encuentra videos extraños en la computadora de casa, fotos de un hombre con el pelo rojo y la piel blanca, sin genitales. Se pelea a gritos con su marido, lo trata de maricón, de degenerado, de campesino de mierda. Marcos no reacciona. Parece no saber de qué le están hablando. Intenta darle un beso, pero ella se encierra a llorar en el baño. Marcos se viste con la misma ropa del día anterior y se va al club. Cuando Julieta lo escucha salir, abre la puerta del baño y vomita en el pasillo.
Pag 102

Deseo solo encontraba alivio arriba del escenario, con la piel abierta a los ojos del público. Noche tras no-che, se sometía al suplicio como un remedio, un descanso frente a la mirada penetrante de los ángeles, que la se-guian hasta en sueños. Se tiraba de cabeza, sin frenar su caída, apoyaba las manos en vidrio molido y soportaba Los latigazos de Paolo, quien le abría heridas frescas sobre las cicatrices de la espalda. Pero mientras más torturaba su cuerpo, mientras más hondo se hundia en el pecado y la mugre, más aumentaban los milagros que ocurrían en su presencia.
Pag 135

Una vez caminé de Santiago a Valparaíso, aunque no estoy seguro dónde empezaba una ciudad y terminaba la otra. Y tampoco me detuve cuando llegué al puerto, sino que seguí de largo, mar adentro, por encima de las olas del Pacífico. Tuvieron que sacarme medio ahogado. No es tan lejos como la gente cree. Las cosas nunca quedan tan lejos como la gente cree. Lo que pasa es que hemos perdido la esca-la, por la velocidad a la que nos movemos. Si caminas, en cambio, te das cuenta de lo cerca que están las cosas. ¡Apiladas unas sobre otras! Todo pasa al mismo tiempo y en el mismo espacio. Pero nos enseñan lo contrario. Nos dicen que de A se llega a B. Y luego de B se pasa a C. Cuando la verdad es ABC. Es cosa de revisar la propia biografía. ¿Cuándo te desenamo-raste? ¿A qué edad perdiste la cabeza? ¿Qué día tocaste fondo? Las cosas suceden de golpe. De improviso, como en las películas, como en las obras de teatro.

De eso estaba hablando Bebo. Del satori. De la ilu-minación. Del despertar instantáneo. El problema es que me tomó años comprenderlo. No lograba ver, no podía metérmelo en la cabeza, y solo ahora, que dicen que estoy loco, entiendo.

No sirve de mucho. Lo juro. Ver la realidad tal como es no sirve de nada. Es casi lo mismo que estar loco, Pero más sucil. No es como si te apagaran las luces de un zuácate. Es como si te cambiaran la mano derecha por la izquierda, sin que te des cuenta Te levantas y hay algo diferente. Algo saro está pa sando. Pero no sabes bien qué. Y nadie te cree, por supuesto, aunque uno hace el intento, trata de expli-carlo. La locura, les dices, es una jauría de perros invisibles que te sigue a todas partes; es un laberinto transparente sin Minotauro; es un agujero que te sos-tiene. Volverte loco, insistes, es como llegar de un viaje y encontrar tu casa vacía, la despensa saqueada y las camas deshechas, pero sin haber salido de viaje.

Yo no me quejo. Desde que volví a Chile no he hecho nada que no sea mirar a mi alrededor y ver las cosas como son. Era lindo al principio, cuando mi madre todavía estaba viva, cuando las ventanas de esta pieza no estaban tapiadas y yo podía ver los ce-rros, el amanecer, la puesta de sol y la gente que camina borracha por la calle. Era lindo sacar la cabeza y dejar pasar el tiempo sin moverme un centímetro, lo más quieto posible, aprendiendo las rutinas de mis vecinos. El problema fue que ellos también podían verme a mí.
Pag 158-159

Wong

Wong

Escritor. Autor de las novelas "Bosques que se incendian" (2023) y "Paris, D.F." (2015, Premio Dos Passos a Primera Novela), así como de la colección de relatos "Los recuerdos son pistas, el resto es una ficción" (Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017).

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