El Ruletista – Mircea Cărtărescu

sabina ruleta rusa

El Ruletista es un cuento corto, parte del primer volumen de prosa de Mircea Cărtărescu publicado en 1989 bajo el título de Visul (El Sueño).  El texto, censurado en un inicio por el Partido Comunista por ser considerado demasiado violento –léase: subersivo– fue omitido de ese volumen hasta el año de 1993, fecha en que se publicó Visul de manera completa y sin censura. La premisa de la historia es la siguiente: un escritor es testigo de la vida de un vecino suyo, figura difusa entre conocido y amigo. El narrador cuenta desde su infancia hasta su paso por la cárcel por robo y violación, siempre con una suerte fatal, capaz de hacerle perder ante cualquier juego de azar. Eso sucede así hasta el momento en el que se convierte en El Ruletista –como se le llama en el mundo en el que se desenvuelve con aparente éxito, lugar donde se convierte en el jugador y en el juego–: un kamikaze, un hombre que parece tener una suerte monumental pero que en realidad es el gran perdedor, aquel que, por más dispuesto que está a quitarse la vida, no lo logra, sujeto a sufrir por voluntad de Dios o el diablo.

El Ruletista es un santo en un mundo que llora de felicidad al ver la sangre y los sesos esparcidos por el suelo. En medio de esta violencia, al Ruletista lo domina una pesada abulia que solo se rompe cuando se pone la pistola en la sien. Es un hombre rico, mucho más rico que otros, y ha sobrevivido a la ruleta en múltiples ocasiones, llevando el juego al absurdo: no solamente pone una bala en la pistola, sino dos, tres, cuatro, cinco:

Era un enigma que siguiera arriesgándose. Solo cabía una explicación posible, pero únicamente Dios sabrá qué había de cierto en ella: que lo hiciera por alcanzar un cierto grado de gloria, como un deportista que intenta superarse en cada carrera. Si eso fuera verdad, sería algo completamente nuevo en el mundo de la ruleta, donde se jugaba exclusivamente por dinero. ¿A quién se le iba a pasar por la cabeza convertirse en una especie de campeón mundial de la supervivencia? Pero lo cierto es que el Ruletista conseguía, por el momento, mantener ese ritmo demencial en una carrera en la que solo había otro concursante: la muerte.

La última proeza del Ruletista es llenar por completo las cámaras del revolver y darse un tiro frente a todos para saciar el morbo de los “accionistas”. El espectáculo debe ser morboso, y aún así, la mayor parte de la sociedad se encuentra ahí, incluyendo a nuestro narrador, para ver su cerebro estallar en colisión de astros felices entre su sien y el arma.

Hay, en paralelo, otra lectura: la del narrador, un escritor llegado al fin de su vida que cita unos versos de Eliot para decir que ya nada espera de la vida, salvo un último proyecto: su paso a la posteridad. La labor, sin embargo, es ardua, la última que le espera al escritor.

Pero la ilusión ha sido más amarga si cabe, dado que la literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo. Junto con las primeras líneas que despliegas en la página, en esa mano que sujeta la pluma, entra, como en un guante, una mano ajena, burlona, y tu imagen, reflejada en el espejo de las páginas, se escurre en todas direcciones como si fuera azogue, de tal manera que de sus burbujas deformadas cristalizan la Araña o el Gusano o el Fauno o el Unicornio o Dios, cuando de hecho tú solo quería hablar sobre ti. La literatura es una teratología.

Mientras escribe estas líneas, una horripilante certeza crece: afuera del autor no hay nada, una neblina negra lo rodea todo. El Misterio de El Ruletista se teje con otro: el narrador intuye que un sujeto como El Ruletista es una anomalía y, sin embargo, es real, o tan real como él puede explicarlo. Se forma, en el penúltimo apartado del cuento, un pasaje entre la anécdota y la literatura, algo complejo que conecta al narrador, al escritor y al Ruletista con el lector, un sismo o un torbellino:

He aquí todo mi razonamiento, eso que me hace llevar hasta el final (solo yo sé con cuánto esfuerzo) esta “historia”: he conocido al Ruletista. Eso no puedo ponerlo en duda. A pesar del hecho de que era imposible que él existiera, lo cierto es que ha existido. Pero hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir, la literatura.

El desenlace no decepciona. El cuento –o nivola, a la manera de Unamuno–  puede ampliarse a partir de los comentarios políticos que pueda generar: la muerte como espectáculo, la abulia social, la búsqueda de sentido. No es ahí, sin duda, donde para esta reseña, sino en la capacidad que Mircea Cărtărescu tiene para abrir una brecha brutal y profunda en el acto literario: tejer la eternidad a partir de un personaje que nos sobrevivirá a todos.

Para leer las primeras páginas del libro, consulten el siguiente link:

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