La promesa – Silvina Ocampo

mar abierto

Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar.

El milagro secreto, Jorge Luis Borges

El que recuerda es un pequeño dios. La promesa, última novela de Silvina Ocampo publicada post-mortem en 2010, es una “novela fantasmagórica” en la que el narrador, una mujer que cae accidentalmente al océano desde el barco en que viajaba, decide pedirle a Santa Rita que la salve, y en recompensa, hacer un diccionario de recuerdos, dar su intimidad a cualquiera. Del prólogo retomo:

Entre 1988 y 1989, asediada por la enfermedad que oscureció el último período de su vida, Silvina Ocampo se dedicó afanosamente a corregir y completar La promesa, la novela en la que había trabajado, con largas intermitencias, desde mediados de la década de 1960. (…) En una entrevista publicada en 1978, la definió como una novela “fantasmagórica” y admitió su dificultad para concluirla “porque el personaje central está contando cosas, interminablemente. Hay algo que la lleva (mi protagonista es una mujer) a seguir contando y contando… Es una promesa que ha hecho y la cumple para no morir, pero se ve que ella va muriendo”.

La novela es un itinerario de recuerdos, un eterno retorno de lo vivido. Así, el que recuerda es un demiurgo que se mueve entre las cosas y las personas, recreándolos, generando un mundo que depende de su memoria.

Al principio el miedo que sentía no me dejaba pensar, luego pensé desordenadamente: acudían a mi mente maestras, tallarines, films cinematográficos, precios, espectáculos teatrales, nombres de escritores, títulos de libros, edificios, jardines, un gato, un amor desdichado, una silla, una flor cuyo nombre no recordaba, un perfume, un dentífrico, etc. ¡Memoria, cuánto me hiciste sufrir! Sospeché que estaba por morir o muerta ya en la confusión de mi memoria.

(…)  Como Shahrazad al rey Shahriar, en cierto modo conté cuentos a la muerte para que me perdonara la vida a mí y a mis imágenes, cuentos que parecía que no iban a terminar nunca. A menudo me da risa pensar ahora en ese ilusorio orden que yo me proponía y que me pareció tan severo en el momento de practicarlo.

El narrador se mueve como un fantasma, recuerda situaciones y texturas, momentos, pontifica, transcribe pensamientos. La naturaleza de la forma es también la naturaleza del narrador: no hay que cuestionar la verosimilitud de sus recuerdos, sino verlos como la creación de un mundo. Amar demasiado ciega el recuerdo, a veces, dice la narradora: en la memoria, el tiempo es una falacia y regresar al pasado convierte al tiempo en argamasa, en un lugar cambiante en el que se diluyen situaciones y sentidos.

En este flujo, entonces, aparecen dos tipos de personajes: los periféricos, estampas de situaciones o personas –y a veces relatos completos por sí mismos– que recuerdan que en la vida hay mucho de intrascendente, y los principales: Irene, Gabriela y Leandro, cuya vida sin argumento es la materia prima de la novela –siempre que lo que se narre sea interesante o terrible o conmovedor, como el momento donde Leandro besa a un cadáver en un sepelio–.

En este juego el lector se convierte en voyeur, en Peeping Tom, viajando en conjunto con el narrador a un tiempo donde tal vez se descubra algo importante. Gabriela, hija de Irene, refuerza esta sensación:

Las cosas que escucharé hoy serán muy importantes. Tal vez las más importantes que jamás he podido oír. Mi madre es una desconocida. Tengo que averiguar quién es, qué hace cuando no está conmigo.

No hay desenlace, sino la sensación progresiva de que el narrador –sin más documento que su memoria– se pierde, irremediable, en el mar, metáfora de sus recuerdos. 

***

Como colofón, Alberto Manguel cuenta una interesante anécdota de Silvina Ocampo:

A media tarde, en el living en penumbras de su apartamento, yo hablaba con Silvina de literatura mientras Bioy y Borges trabajaban juntos en un cuarto de atrás. Silvina mantenía la luz baja porque no quería que la gente le mirara el rostro, que era feo, mientras prefería que le miraran las piernas, que eran hermosas.

La historia completa es una réplica a María Kodama sobre Bioy Casares y puede leerse aquí.

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