Los raritos, un cuento de Ottessa Moshfegh

Los raritos, un cuento de Ottessa Moshfegh

Last Updated on: 24th enero 2023, 11:41 pm

El presente cuento se llama en inglés “The weirdos”, y está publicado en The Paris Review. En este link hay una reseña interesante del libro que compendia éste y otros cuentos de la autora.

En nuestra primera cita, me invitó a un taco, habló largo y tendido sobre antiguas teorías de la luz, de cómo fluye en ángulos para que se armonicen los acontecimientos en el espacio y en el tiempo, de que es la fuente de toda información, determina todos los resultados, cómo se puede invocar a los extraterrestres reflejándola en cuencos espejados de agua. Le pregunté cuál era el sentido de todo aquello, pero no pareció escucharme. Mientras estábamos tumbados en la hierba, al lado de una pista de tenis, me sostuvo la cara contra el sol, se quedó mirándome fijamente a los ojos y empezó a llorar. Me dijo que yo era la señal que había estado esperando y que, como si estuviese mirando una bola de cristal, acababa de leer un mensaje privado de Dios en el vórtice plateado de mi pupila izquierda. Lo ignoré; en cambio, me dejó impresionada la facilidad con la que rodó hasta ponerse encima de mí y me metió las manos por dentro de la parte de atrás de los vaqueros, me agarró las nalgas con las palmas y me las apretó, todo aquello delante de una familia mexicana que estaba haciendo picnic en el césped.

 

Era el administrador de un complejo de apartamentos en una parte de la ciudad en que las palmeras estaban enfermas. Las había infestado un parásito que las ablandaba como si fuesen cajitas flexibles y se arqueaban sobre las calles, dobladas bajo el peso de sus propias coronas, con las hojas rozando la superficie de hormigón de los edificios y metiéndose a través de las ventanas abiertas. Cuando soplaba el viento, repiqueteaban y se combaban y se las oía rechinar.

—Alguien debería cortar las palmeras —dijo mi novio una mañana. Lo dijo como si de verdad le diese pena, como si de verdad le doliera, como si alguien, no sé quién, lo hubiese defraudado en serio—. No está bien.

Lo miré hacer la cama. Las sábanas eran de algodón y poliéster de colores pastel, y estaban manchadas, desteñidas y llenas de bolitas. Con lo que se suponía que nos teníamos que abrigar por la noche era un saco de dormir de color verde pino. Mi novio tenía una colcha de ganchillo que según él había tejido su abuela, un revoltijo apelmazado de lana marrón y amarilla que él había colocado en la esquina de la cama de forma asimétrica como toque decorativo. Yo procuraba ignorarla.

Odiaba a mi novio, pero me gustaba su barrio. Era un conjunto de adosados sombríos y derruidos y talleres mecánicos. El complejo de apartamentos se levantaba unos cuantos pisos por encima de todo, y desde la ventana de nuestro dormitorio se podía ver el valle de abajo, cubierto siempre por una niebla anaranjada. Me gustaba lo feo y vulgar que era aquello. Todo el mundo andaba por el barrio con la cabeza gacha por culpa de los pájaros. Algo de los árboles atraía a una variedad rara de palomas negras con las patas de color rojo vivo y las garras con las puntas doradas y afiladas. Mi novio decía que eran cuervos egipcios. Creía que los habían enviado para espiarlo, así que se comportaba con más cuidado que nunca. Cuando pasaba por delante de un sin-techo por la calle, negaba con la cabeza y mascullaba una palabra que no creo que supiera deletrear: «ingrato». Si le daba la espalda un momento en el desayuno, decía:

—He visto que has derramado un poco de café, así que lo he limpiado.

Si no le daba las gracias con profusión, soltaba el tenedor y me preguntaba:

—¿He hecho bien?

Era un niño pequeño, en realidad. Tenía ocurrencias infantiles. Me decía que “andaba como un policía” para asustar a los criminales de noche por la calle.

—¿Por qué crees que nunca me han robado?

Me hacía reír.

Me explicó algo de la inteligencia que según él no entendía casi nadie.

—Sale del corazón —dijo, golpeándose el pecho con el puño—. Depende mucho del grupo sanguíneo. Y de los imanes.

Aquello me dio que pensar. Le estudie con detenimiento. Su cara tenía una textura espesa, como de cuero aceitado. La única sonrisa que me dedicaba era una que hacía agachando la cabeza, sacando la barbilla, estirando las comisuras de la boca de oreja a oreja, con los ojos centelleando estúpidamente a través del batir de las pestañas. Al fin y al cabo, era un actor profesional.

—Estoy pasando desapercibido —explicaba—, esperando el momento perfecto para darme a conocer. Los que se hacen famosos rápido están condenados.

Y era supersticioso. Talló un escarabajo en una pastilla de jabón blanco y lo instaló con masilla por encima de la puerta del apartamento, dijo que nos protegería de los allanamientos y les haría saber a los extraterrestres que éramos especiales, que estábamos de su parte. Todas las mañanas, salía a la fachada y despegaba los excrementos verdes y fluorescentes de los pájaros de la escalera de entrada con una manguera de alta presión. Odiaba a aquellos pájaros. Volaban en círculos en lo alto, se escondían en las frondas de las palmeras cuando pasaba un coche de policía, chillaban y graznaban cuando a algún niño se le caía una piruleta, hacían fila en los cables eléctricos y, según mi novio, contemplaban nuestras almas.

—Además —siguió, metiéndose las manos en los bolsillos, un gesto destinado a hacerme saber que estaba indefenso, que era un buen chico—, tengo que recoger un paquete en correos.

Lo dijo como si fuera una misión secreta, como si lo que tenía que hacer fuese tan difícil, tan peligroso y requiriese tanta fuerza de voluntad que necesitara mi apoyo. Como prueba, deslizó el papelito de recogida del cartero por la encimera.

—Lo harás genial —le dije, intentando denigrarlo.

—Gracias, nena—dijo, y me besó en la frente.

Miró las baldosas de la cocina, se encogió de hombros y levantó la barbilla para mostrarme su gesto valeroso. Lo dejé solo para que limpiara el suelo, lo que hacía recogiendo cada miguita con los dedos y frotando la suciedad pegada con trozos de papel de cocina que mojaba en el fregadero. Tenía una teoría para mantenerse en forma, que era tensar enérgicamente el cuerpo mientras hacia las actividades cotidianas. Iba andando con las nalgas apretadas, los brazos rígidos, el cuello y la cara colorados. Cuando me fui a vivir con él, subió corriendo las escaleras con mi maleta y se me quedó mirando como si yo fuese a aplaudir. Una vez, cuando vio que le estaba mirando el brazo sin parpadear, dijo:
—Básicamente, soy un atleta olímpico, solo que no me gusta competir.
Tenía en el hombro un tatuaje mal dibujado de un perro salivando, y escrito debajo “¡Voy a por ti!”

Y era bajito. Era la primera vez que salía con un hombre bajito. Se me pasó por la cabeza que a lo mejor yo estaba aprendiendo a ser humilde. A lo mejor ese hombre era la respuesta a mis plegarias. A lo mejor estaba salvando mi alma. Debería haber sido amable con él, pero ni era amable ni le estaba agradecida. Observé asqueada como vaciaba una caja de libros que se había encontrado en la basura, haciendo sentadillas rítmicamente cada vez que colocaba un libro en la estantería. Aquella era su calistenia constante. Sus piernas eran de acero, por cierto. Tenía los isquiotibiales tan duros que casi no podía doblar la cintura. Cuando lo intentaba, ponía cara de alguien a quien estuvieran penetrando por detrás.

—Cuando me paguen —dijo mientras limpiaba el mantel—, me pondré mi americana amarilla y te llevaré a la ciudad. ¿Te he enseñado mi americana amarilla? La compré en una boutique vintage. Carísima. Es impresionante.

La había visto en el armario. Según la etiqueta, era una chaqueta de mujer de la talla treinta y ocho.

—Enséñamela —le dije.

Salió corriendo remetiéndose la camisa por dentro, lamiéndose las palmas de las manos para repeinarse el pelo hacia atrás, y volvió con la chaqueta puesta. Los dedos apenas le asomaban por las mangas. Las hombreras casi le daban en las orejas, porque prácticamente no tenía cuello.

—¿Qué te parece?

—Estás muy guapo —dije, disimulando la mentira con un bostezo.

Me agarró, me levantó inmovilizándome los codos, me dio vueltas con cara de dolor por el esfuerzo, a pesar de su fuerza olímpica.

—Muy pronto, nena, te llevaré a Las Vegas y me casaré contigo.

—Vale —dije—. ¿Cuándo?

—Nena, ya sabes que no puedo —dijo mientras me bajaba, de pronto serio e incómodo, como si la idea hubiese sido mía.

—¿Por qué no? —pregunté—. ¿No te gusto?

—Necesito el consentimiento de mi madre —dijo, encogiéndose de hombros y frunciendo el ceño—, pero te quiero mucho —confirmó, y estiró los brazos con efusión por encima de la cabeza.

Vi cómo se le tensaba el botón amarillo de plástico de la chaqueta y saltaba. Mi novio dio un grito ahogado, se puso a buscar de rodillas como loco el botón con la cara aplastada contra la base del sofá mientras tanteaba a ciegas por debajo con sus cortos brazos. Cuando se incorporó, tenía la cara al rojo vivo y la mandíbula apretada. Su aspecto de sincera frustración era reconfortante. Lo miré mientras cosía el botón con hilo azul, haciendo rechinar los dientes y jadeando. Luego lo escuché en el baño gritar contra una toalla. Me pregunté quien le había enseñado a hacer eso. Me dejó un poco impresionada.

 

Volvió de la oficina de correos dos horas después, con una gran caja de cartón oblonga.

—Me ha dado uno de los pájaros esos —dijo, volviendo la cabeza para que viera la mancha de color verde brillante de mierda de pájaro que le cruzaba la cara—. Es una señal. Seguro.

—Será mejor que te limpies —le dije—. Ha llamado tu agente.

—¿Me ha conseguido una prueba? —preguntó. Vino hacia mí con los brazos abiertos—. ¿Te ha dicho para qué era?

—Un anuncio de cerveza —dije mientras daba un paso atrás y señalaba hacia él—: Tu cara.

—Ahora lo arreglo —dijo—. Nena, vamos a ser ricos.

Lo miré mientras se quitaba la ropa y se metía en la ducha. Me senté en el inodoro y me corté las uñas de los pies.

—El truco para actuar —dijo desde la ducha— es que tienes que entregarte de verdad al ciento cincuenta por ciento. El actor medio se entrega al ochenta, como mucho noventa por ciento. Pero yo me entrego hasta el final y todavía más. Ese es el secreto.

—Ajá —dije, tirando las uñas de los pies por el retrete—. ¿Ese es el secreto del éxito?

—Sí, nena —me aseguró, mientras abría de un golpe la cortina de la ducha.

Su cuerpo era un montón pecoso de músculos tensos y vello incipiente. Se afeitaba el pecho casi todos los días. Tenía una cicatriz en la caja torácica allí donde le habían apuñalado en una pelea de bar, según me contó. Decía que en Cleveland, de donde era, solía andar con mafiosos. Una vez pasó la noche en la cárcel después de darle una paliza a un chulo al que había visto patear a un pastor alemán; un animal sagrado, me explicó. La única historia que sonaba verdadera era la de que quemó una casa abandonada cuando tenía dieciséis años.

—¿Y sabes qué más? —dijo, poniéndose en cuclillas en la bañera y frotándose la toalla entre las piernas. Todas sus toallas apestaban a moho y estaban llenas de manchas de xido, por cierto—. Soy guapo.

—¿Lo eres? —pregunté con inocencia.

—Soy un auténtico semental —dijo—. Pero te pilla desprevenido. Por eso doy bien en la tele. Porque no intimido.

—Ya veo.

Me levanté y me apoyé contra el tocador, lo observé mientras se envolvía con la toalla alrededor de la cintura y sacaba su neceser de maquillaje.

—Me cambia la cara, además —siguió—. Un día parezco el vecino de al lado. Al día siguiente, un asesino impávido. Pasa, sin más. Me cambia la cara sola por la noche. Soy un actor nato.

—Es cierto —concordé, y miré como se untaba crema correctora por toda la nariz.

 

Mientras él estaba en la prueba, caminé por el complejo de apartamentos, pateando la basura hacia los rincones. Me senté en el patio de cemento. Había pájaros por todas partes, picoteando la basura, atestando las terrazas, ronroneando como gatos entre las suculentas. Miré a uno que venía hacia mí con el envoltorio de un caramelo en el pico. Lo dejó a mis pies y pareció hacerme una reverencia, luego extendió las alas y me enseñó el precioso brillo irisado de su pecho negro azabache. Batió las alas poco a poco, con sutileza, y ascendió desde el suelo. Pensé que a lo mejor estaba intentando seducirme. Me levanté y me fui él siguió planeando, suspendido como una marioneta. Nada me hacía feliz. Salí a la piscina, rocé la superficie de agua azul con la mano mientras rezaba para que uno de los dos, mi novio o yo, nos muriésemos.

—Lo he clavado —dijo cuando volvió de la prueba. Se sacó la chaqueta amarilla por los brazos agarrotados, la dejó en el respaldo del taburete de la barra de la cocina—. Si no me contratan, no saben lo que les conviene. Ha sido un golazo.

Seguí escurriendo los espaguetis. Asentí con la cabeza e intenté sonreír un poco.

—Y he visto lo que hacían los demás tíos en la prueba y, tía, eran todos lo peor. Es pan comido. ¿Ha llamado ya mi agente?

—No—dije—. Todavía no.

—Debería frotar mi calavera de cristal —dijo—. Ahora mismo vuelvo.

 

Tenía un mal presentimiento sobre lo que había traído mi novio de la oficina de correos. La caja estaba sin abrir en el sofá. Él estaba fregando con energía los platos de la cena en el fregadero, con las nalgas apretadas y vibrantes.

—¿Qué hay dentro? —pregunté.

—Ábrela, nena—dijo, girándose un poco para asegurarse de que atisbaba su sonrisa pícara. Era la misma que ponía en los primeros planos—. Échale un vistazo.

Lamí el cuchillo para limpiarlo y corté el precinto. La caja estaba llena de bolitas de poliestireno. Rebusqué dentro y encontré una larga escopeta envuelta en plástico de burbujas.

—¿Para qué es?

Para dispararles a los cuervos —dijo mi novio.

Sostuvó un plato en alto para mirarlo a la luz y lo abrillantó frenético con un trozo de papel de cocina. Me quedé pensando.

—Deja que me encargue yo —le dije—. Tú concéntrate en tu carrera.

Pareció quedarse asombrado; soltó el plato.

—Ya haces bastante en casa —dije—, a menos que te divierta disparar a los pájaros.

Cogió el plato y me dio la espalda.

—Pues claro que no—dijo—. Gracias, nena. Gracias por tu apoyo.

Aquella noche durmió con el teléfono en la almohada cerca de la oreja y no me tocó ni dijo nada salvo «Buenas noches, calaverita» a la calavera de cristal que tenía en la mesita de noche.

Apoyé la cabeza en su hombro, pero él se dio la vuelta.

Cuando me desperté por la mañana, él estaba mirando el sol a través de la niebla del balcón, abriéndose los ojos con los dedos, llorando, al parecer, aunque no estoy segura.

 

No había limpiado todavía el apartamento vacío cuando apareció la pareja que venía a verlo por la tarde. Me los encontré vagando por la parte de atrás de la piscina, compartiendo una bolsa enorme de patatas fritas. El hombre era más joven, de unos treinta y tantos quizá, y llevaba una camisa demasiado grande para lo enjuto que era, con arrugas rectangulares como si la acabase de sacar del paquete. Llevaba unos vaqueros cortos y zapatillas de deporte y una gorra roja de beisbol de los St. Louis Cardinals. La mujer era mayor, estaba muy bronceada y gorda, y tenía el pelo largo entrecano peinado con raya en medio. Llevaba un montón de joyas con turquesas y algo tatuado en la frente, entre los ojos.

—¿Habéis venido a ver el apartamento? —pregunté.

Llevaba conmigo la carpeta con los formularios que hacían falta y las llaves.

—Nos encanta esto —dijo la mujer con franqueza. Se limpió las manos en la falda— Nos gustaría mudarnos enseguida.

Fui hacia ellos. El tatuaje en la frente de ella era como un tercer ojo. Parecía un diamante de lado con una estrella dentro. Me quedé mirándolo un segundo de más. Luego intervino su novio.

—¿Eres la administradora? —preguntó, tocándose nervioso la nariz con el pulgar.

—Soy la novia del administrador. Pero ¿no queréis ver el sitio primero? —hice tintinear las llaves.

—Ya lo conocemos —dijo la mujer, mientras movía la cabeza.

Se movía con suavidad, como si bailara con música lenta. Parecía agradable, aunque hablaba de forma mecánica, como si estuviese leyendo el texto de una tarjeta. Miraba fija y resuelta la pared de estuco por encima de mi cabeza.

—No necesitamos verlo. Nos lo quedamos. Tu dinos dónde firmar.

Sonrió de oreja a oreja, revelando la peor dentadura que hubiese visto yo nunca. Tenía los dientes dispersos y amarillos y negros y puntiagudos.

—Estos son los impresos que hay que rellenar —dije, alargándoles la carpeta.

El hombre siguió comiendo patatas fritas y anduvo hasta el borde de la piscina y se quedó mirando al cielo.

—¿Qué pasa con los pájaros?

—Cuervos egipcios —le dije—. Los voy a matar a todos a tiros.

Me figuré que eran unos raritos y que no importaba lo que les dijera. Por la manera en que asintió el hombre y volvió a enterrar una mano en la bolsa de patatas fritas como una ardilla, me pareció que estaba en lo cierto.

—Ahora escucha —dijo la mujer, agachándose con Ia carpeta puesta sobre las rodillas y respirando muy fuerte—. Vamos a vender la finca que tenemos en el norte del estado y queremos pagar un año de alquiler por adelantado. Hasta ese punto vamos en serio con lo de alquilar este apartamento.

—Vale —dije—. Se lo diré a los dueños.

Se levantó y me enseñó el impreso. Se llamaba Moon Kowalski.

—Os avisaré —dije.

El hombre se limpió las palmas de las manos en los pantalones cortos.

—Eh, muchas gracias —dijo con sinceridad.

Me dio la mano. La mujer se mecía de un lado a otro y se frotaba el tercer ojo. Cuando volví a mi apartamento, había un mensaje de la agente de mi novio en el contestador diciendo que lo habían llamado para una segunda prueba. Me volví a la cama.

 

—Te he traído munición —dijo mi novio. Me puso la caja en la almohada delante de la cara—Para que mates a los pájaros.
Parecía como si hubiese pasado alguna página importante. Parecía estar de muy buen humor.

—Llama a tu agente—le dije.

Luego le volví la cara. No podía soportar verlo aullar y levantar el puño y bailar emocionado y dar empellones con la entrepierna para celebrarlo.

—¡Lo sabía, nena! —gritó.

Se me tiró encima en la cama, me puso boca arriba y me besó. Tenía un sabor raro en la boca, como a alguna sustancia química amarga. Le dejé que me abriese la camisa hasta la garganta; enrolló la tela hasta que pudo usarla como cuerda para tirar de mi hacia arriba, hacia el. Se desabrochó los pantalones cortos. Le miré la cara solo para ver lo feo que era y abrí la boca. Es verdad que me entusiasmaban algunos aspectos suyos. Cuando terminó, me besó en la frente y se arrodilló al lado de la mesita de noche, puso el dedo índice en la calavera de cristal y rezó.

Cogí la caja de balas. No había disparado nunca un arma. Había instrucciones de cómo cargar y disparar la escopeta en la caja en la que venía, con diagramas de como sujetar la culata contra el hombro y unos pajaritos flotando en el aire. Escuché a mi novio hablar por teléfono con su agente.

—Sí, señora. Sí, señora. Muchas gracias. Aja, aja—estaba diciendo.

Lo odiaba de verdad. Llegó un cuervo a posarse en el alfeizar de la ventana. Pareció que lanzaba una mirada de desdén.

Había gente a la que podría haber llamado, claro. No era como si estuviese en la cárcel. Podría haber paseado hasta el parque o la cafetería o haber ido al cine o a la iglesia. Podría haber ido a que me dieran un masaje barato o a que me leyeran la buenaventura, pero no me apetecía llamar a nadie ni salir del complejo de apartamentos, así que me senté y mire a mi novio mientras se cortaba las uñas de los pies. Tenía los pies pequeños y nudosos. Recogía los trozos de uña en un montón arrastrando el meñique por el suelo como un neurótico. Me resultaba doloroso verlo tan contento consigo mismo.

—Oye, nena—dijo—. ¿Qué me dices de subir al tejado y probar la escopeta?

Yo no quería subir. Sabía que subir le haría feliz.

—No me siento bien —dije—. Creo que tengo fiebre.

—Vaya, hombre —dijo—. ¿Ests mala?

—Sí —dije—. Creo que estoy mala. Me siento fatal.

Se levantó y corrió a la cocina, volvió dándole tragos a un cartón de zumo de naranja.

—No puedo ponerme malo ahora —dijo—. Sabes que este anuncio va a ser tremendo. Después de esto, seré famoso. ¿Quieres oír mis frases?

—La cabeza me da vueltas —dije—. ¿Ese es tu nuevo peinado? ¿Es gomina?

Siempre se ponía gomina en el pelo y siempre entornaba los ojos y fruncia los labios.

—No —mintió—. Mi pelo es así.

Fue al espejo, hundió las mejillas hacia dentro, se movió el pelo para un lado y para el otro, marcó los pectorales.

—Esta vez, cuando entre, seré una especie de James Dean, como si me importara todo una mierda pero triste, ¿entiendes?

No podía soportarlo. Me volví de cara a la pared. Por la ventana las palmeras se cernían y se sacudían y se acobardaban con la brisa. No quería que fuera feliz. Cerré los ojos y recé para que ocurriese un desastre, un terremoto enorme o un tiroteo desde un coche o un ataque al corazón. Cogí la calavera de cristal. Estaba grasienta y era liviana, tan liviana que pensé que a lo mejor estaba hecha de plástico.

—¡No toques eso! —gritó mi novio ansioso mientras saltaba encima de la cama y me quitaba la calavera de las manos—. Genial. Ahora tengo que buscar una masa de agua para lavarla en ella. Te dije que no tocaras mis cosas.

—Nunca me has dicho que no la tocara —dije—. La piscina esta justo fuera.

Se metió la calavera en un bolsillo de los pantalones cortos y se fue.

 

La tarde noche siguiente sonó el timbre. Contesté al telefonillo.

—¿Quién es? —pregunté.

—Somos los Kowalski —dijo la voz. Era la voz de Moon—. No podíamos esperar. Traemos el dinero y una furgoneta de mudanzas. ¿Nos abres?

Mi novio no había vuelto todavía de la segunda prueba. Había llamado para decir que se quedaba por ahí hasta tarde para ver el eclipse lunar y que no lo esperase y que me perdonaba por haber tocado la calavera de cristal y que me quería mucho y que sabía que cuando los dos estuviésemos muertos nos encontraríamos en un largo rio de luz y que allí habría esclavos que nos llevarían remando en una barca dorada hasta el espacio y nos darían de comer uvas y nos masajearían los pies.

—¿Ha llamado ya mi agente? —me había preguntado.

—Todavía no —le había dicho.

Me puse la bata y baje, sujeté la cancela con un ladrillo para que se quedara abierta. Allí estaba Moon con un sobre de papel manila lleno de dinero. Lo cogí y le di las llaves.

—Como te dije, no podíamos esperar —dijo Moon.

Su marido estaba descargando la furgoneta de la mudanza, arrastrando bolsas de basura negras desde la parte de atrás y poniéndolas en fila en la acera. Aquellos malditos cuervos cruzaban al vuelo el cielo violeta, se encaramaban encima de la furgoneta, se graznaban tranquilos unos a otros.

—Es tarde —le dije a Moon.

—Es la hora perfecta para mudarse —dijo—. Es el equinoccio. Justo a tiempo.

Su marido bajó una cabeza de alce enmarcada en un trozo de contrachapado con forma de escudo.

—Le encanta ese alce. Te encanta ese alce, ¿verdad? —le dijo Moon a su marido.

El asintió, se secó la frente y volvió a escabullirse hacia la furgoneta de la mudanza.

Volví arriba y empecé a hacer la maleta, metí el dinero que me había dado Moon en el fondo, vacié mi cajón, el estuche de maquillaje de mi novio, envolví la escopeta en aquella colcha de ganchillo horrenda, cerré la cremallera. Mientras observaba desde el entresuelo a Moon, que llevaba un gran árbol plantado en una maceta, y a su marido desplomado tras ella bajo una bolsa de palos de golf, me sentí esperanzada, como si fuésemos nosotros los que nos estábamos mudando, empezando una nueva vida. Me sentí motivada. Cuando les ofrecí mi ayuda, Moon pareció ablandarse, se echó el pelo hacia atrás, sonrió y señaló un cesto trenzado lleno de cubiertos. Ayudé al marido de Moon a sacar el viejo colchón a la acera. Lo pusimos contra el tronco de un árbol y vimos como el árbol viraba hacia atrás peligrosamente, hacia el complejo de apartamentos. Un grupo de cuervos salió de entre las hojas.

—Almas cándidas —dijo el hombre, y encendió un cigarrillo.

Cuando la furgoneta estuvo vacía, Moon me dijo que me sentara en la cocina, restregó el asiento de una silla con un trapo.

Me senté.

—Debes de estar cansada—dijo—. Deja que busque la cafetera.

—Debería irme —dije.

—No, no deberías—dijo Moon. Su voz era extraña, avasalladora. Cuando hablaba sonaba como un golpe de tambor—. Serás nuestra invitada. ¿Quieres galletitas saladas?

El tercer ojo parecía guiñarme cuando Moon sonreía. Encontró un plato y coloco las galletitas.

—Gracias por tu ayuda —dijo.

Miré las paredes, que estaban moteadas y arañadas y sucias.

—Podéis pintar, ¿sabes? —le dije a Moon—. Se supone que mi novio tendría que haber pintado, pero por supuesto no lo ha hecho.

—¿El administrador? —gritó el marido desde el sofá de terciopelo marrón que habían puesto en mitad del salón.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —preguntó Moon. Puso las manos abiertas sobre la mesa de la cocina. Eran como dos lagartos marrones parpadeando al sol.

—No mucho —dije—. Lo voy a dejar —y añadí—: Esta noche.

—Déjame preguntarte algo —dijo Moon—. ¿Es bueno contigo?

—Me pega —mentí—. Y es un imbécil. Tendría que haberlo dejado hace un montón.

Moon se Ievantó, le echó un vistazo a su marido.

—Tengo una cosa para ti —dijo.

Desapareció en el dormitorio, donde habíamos apilado todas las bolsas de basura llenas de cosas. Salió con una pluma negra.

—¿Es de los cuervos? —pregunté.

—Duerme con esto debajo de la almohada—dijo, frotándose el tercer ojo—. Y cuando te empieces a dormir, piensa en toda la gente que conoces. Empieza por los fáciles como tus padres, tus hermanos y hermanas, tus mejores amigos, e imagínatelos uno a uno. Intenta imaginártelos de verdad. Intenta pensar en todos tus compañeros de clase, tus vecinos, la gente que te cruzas por la calle, en el autobús, la chica de la cafetería, tu dentista, toda la gente que has conocido a lo largo de los años. Y luego quiero que pienses en tu novio. Cuando pienses en él, imagínatelo a un lado y a todos los demás en el otro.

—¿Y luego qué? —le pregunté.

—Luego fíjate en qué lado prefieres.

—Si necesitas cualquier cosa —dijo el marido—, ya sabes dónde estamos.

Me fui a casa y me puse la americana amarilla. No me sentaba mucho mejor que a mi novio. Puse la pluma debajo de la almohada.

 

Aquella noche soñé que había un mono en el árbol de fuera de mi ventana. El mono estaba tan triste que lo único que hacía era taparse la cara y llorar. Intenté alargarle un plátano, pero él negó con la cabeza. Intenté cantarle una canción. Nada lo animaba.

—Eh —dije bajito—, ven aquí, déjame que te abrace.

Pero me volvió la espalda. Me partió el corzaón verlo llorar. Habría hecho cualquier cosa por él. Me habría muerto solo por darle a aquel monito un momento de felicidad.

 

Mi novio volvió a casa a la mañana siguiente con un ojo morado.

—No puedo hablar contigo —me dijo mientras frotaba la calavera con sus manitas rugosas.

Me senté en la cama y lo miré. Tenía el ceño fruncido como el de un viejo.

—No puedo ni mirarte —dijo—. Andan diciendo que eres una lacra. Una lacra mala.

—¿Andan diciendo? —le pregunté—. ¿Sabes lo que es una lacra?

Ladeó la cabeza. Vi como giraban las ruedas de sus engranajes.

—Eh… —dijo.

—Me quieres, ¿te acuerdas? –dije.

—Lacra significa que lo vas a estropear todo —contestó después de un largo silencio.

—¿Qué te ha pasado en el ojo? —le pregunté, alargando la mano.

Me bloqueó el brazo con un rápido golpe de karate. No me dolió, pero vi cómo le latía el corazón a través de la camisa y el sudor le corría brazo abajo.

—No es bueno que hable contigo —dijo.

Entró en el baño. Escuche el portazo, la ducha corriendo y, al rato, los golpecitos nerviosos de la maquinilla de afeitar contra los azulejos. Me senté en la cama un rato. El sol titilaba inofensivo a través de las palmeras que se balanceaban.

Cogí la maleta y la subí a cuestas por los dos tramos de escaleras hasta el tejado. Solo había estado allí una vez, una noche de insomnio poco después de mudarme. Mi novio había subido y me había encontrado sentada en la cornisa. Habíamos hablado un rato y nos habíamos besado.

—Si consigues antorchas y las agitas hacia el cielo, es como una señal para los extraterrestres —me había dicho.

Se levantó y se puso a girar los brazos como si fuesen hélices.

—La luz los atrae —me miró fijamente a los ojos—. Te quiero —dijo—. Más que a nada en la Tierra. Más que a mi madre. Más que a Dios.

—Vale —le dije—. Gracias.

Cuando subí al tejado, abrí la maleta, saqué la escopeta. Era bastante fácil deslizar la bala dentro del cargador tubular, como lo llamaban, hacer retroceder la recamara. Eso decían las instrucciones que había que hacer. Pero no había pájaros. Intenté disparar una vez, esperando que se sobresaltaran los cuervos egipcios, esperando que algo, lo que fuera, me saltara encima, pero me temblaba la mano. Me asusté. No podía hacerlo, así que me senté un rato y me quedé mirando fijamente todo el cemento de abajo, las palmeras que se agitaban de acá para allá entre los cables de la electricidad, luego arrastré la maleta escaleras abajo de vuelta hasta nuestro apartamento.

 

Después de aquello, mi novio desaparecía un montón, me llamaba desde algún callejón sinuoso, hablaba rápido, me explicaba que se arrepentía, me pedía que me casara con él y, al poco, volvía a llamar para mandarme a la mierda, decirme que yo era escoria, que no le valla la pena perder el tiempo conmigo. Terminaba llamando a la puerta con costras enormes en los brazos y la cara, el cuerpo martilleándole de metanfetamina, la cabeza inclinada como la de un niño malo, pidiendo perdón. Siempre escondía su vergüenza y su desprecio por sí mismo bajo una expresión de vergüenza y desprecio por sí mismo, balanceando el puño adelante y atrás, «Caramba», actuando siempre, incluso entonces. No creo que hubiese experimentado nunca ninguna alegría ni humor verdaderos. En el fondo, seguramente pensaba que yo estaba loca por no quererlo. Y quizá lo estuviera. Quizás fuera el hombre de mis sueños.

 

Roberto Wong

Roberto Wong

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