Discusión – Jorge Luis Borges

Regreso a Jorge Luis Borges de nuevo (cómo no hacerlo). Hablar de Discusión es hablar de 18 ensayos que componen las nociones de un joven Borges (33 años) alrededor de sus grandes pasiones: los libros, la poesía, el infierno, la cábala, la eternidad, entre otros. Su prosa muestra ya la estatura del genio, y Discusión es un registro para asistir la construcción del mito borgiano, ser testigos de la formación del maestro.

Al momento de haberse escrito el libro, es probable que aún se encontrara Borges al abrigo de Alfonso Reyes. Sirva el hecho como nota meramente contextual. Dicho esto, los ensayos cruzan temas como La poesía gauchesca (donde Borges defiende a los antecesores del Martín Fierro, y establece la dimensión real -a su juicio- bajo la que debe estimarse la obra. Su tema, apunta Borges, no es la imposible presentación de todos los hechos que atravesaron la conciencia de un hombre, ni tampoco la desfigurada, mínima parte que de ellos puede rescatar el recuerdo, sino la narración del paisano, el hombre que se muestra al contar.); la literatura como acto (en coincidencia con Barthes, Borges denuncia el artificio del lenguaje, que abusa de la estructura, la forma y el dogma para instaurarse como “literario”); la cábala (ejercicio tildado de absurdo, pero cuya lógica es incuestionable: si la Biblia fue escrita por Dios, una inteligencia perfecta no hubiera dejado ningún atributo al azar: “un libro impenetrable a la contingencia, un mecanismo de infinitos propósitos, de variaciones infalibles, de revelaciones que acechan, de superposiciones de luz, ¿cómo no interrogarlo hasta lo absurdo, hasta lo prolijo numérico?”), entre otros temas, como Whitman y Flaubert.

Para el reseñista novel que soy, Discusión casi da miedo. Cuando lo escribió, tenía poco más de 30 años, y genera ya el respeto ante esa genialidad a la par de gigantes como Joyce. Poco hay que decir ante la estatura intelectual de un hombre que no podrá ser alcanzado, en ningún momento, a partir de los ejercicios que aquí presento. Conclusión triste para todos aquellos a los que la historia de las letras nos dará la espalda. Queda entonces el puntual comentario, en su justa dimensión, en el entendido de que el lector lo asuma como un modesto homenaje ante el autor.

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