Las ostras – Martín Cristal

¿Por qué uno se decanta por ciertos libros, más que por otros? En la hermeneútica de Ricoeur se podría simplificar así: cuando leemos, nos leemos. Las ostras comienza con un epígrafe de una obra de 1891, Los Misterios del Mar, en el que se lee el siguiente fragmento:

La Naturaleza, al hacerlas casi inmóviles en su punto de residencia, al aprisionarlas perpetuamente en su concha, y al negarles sexos separados, no podía otorgarles muchas necesidades ni muchos deseos variados ni ardientes; ha hecho de ellas unos animales casi apáticos, que viven y digieren en una beatífica tranquilidad rayana en la indiferencia.

Este preámbulo abre la vida de hombres y mujeres que, en el transcurso de unas horas, se enfrentarán a una tormenta: Jorge Berna, un ejecutivo inmobiliario y epítome contemporáneo del éxito –corrupto, poderoso, fachero–, se enfrenta al fracaso familiar. Franco Battaglia, empleado en una agencia de viajes, vive la angustia de que sus sueños se desmoronen. Alberto Ishikawa es un viudo melancólico que no sale de casa. Perla y Ariel Fisherman son un par de hermanos enfrentados a puntos de no retorno, a decisiones que transformarán sus vidas. En el centro de estas situaciones, el hilo que teje la narración es la terrible soledad en la que se encuentran sumergidos, el ostracismo del que es metáfora el título y que impide, en un inicio, que los personajes se relacionen con el mundo.

Encerrados en una prisión de la que no pueden salir jamás, estos forzados del mar no deben acusar a nadie más que a sí mismos de su reclusión perpetua.

Novela ambientada en Córdoba, Argentina –territorio literario poco conocido en México, diría David Miklos, y en la que me encuentro al momento de escribir este texto–, intercala monólogos conforme la tormenta meteorológica se acerca: hablan a momentos el ejecutivo, el viejo, el adolescente, hasta construir un retrato de la Argentina actual: el del poder y la corrupción, el de la clase media venida a menos, el de los olvidados. La prosa, precisa, va revelando las menudencias de la trama: conflictos que en un inicio se antojan superficiales dan lugar a una compleja serie de ausencias que empujan los pasos de sus personajes.

Lo miro entre mis dedos y pienso en lo complejo que ha sido armar este pez de papel, luego en la complejidad mayor de un pez verdadero, y luego en la complejidad indescifrable de unos seres que, tras siglos de observar a los peces, tratan de remedar su forma doblando un pedazo de papel, para cultivar mejor sus propias soledades y embellecer los días que les quedan por delante.

Todos estamos tratando de compensar algo, de resarcir los vacíos que nos dejó el pasado. En el caso del ejecutivo, Jorge Berna, la pescera funciona como metáfora de su hijo muerto en la pileta. Con Franco Battaglia, una rata a punto de morir ahogada es el clímax de la angustia del personaje. Estela, la ex esposa de Jorge, va al cirujano plástico para quitarse los senos postizos que su esposo le pidió se pusiera años atrás.

¿Reconstruir?, pregunto, incrédula.

El procedimiento que imagino a partir de esa palabra me aterra, pero al mismo tiempo hay algo en la idea de reconstruir que me parece hermoso, utópico, tan deseable como imposible.

Estela omite decir que para que exista una reconstrucción, antes tuvo que venir la desolación. El diluvio que llega es una metáfora de este rito de paso, el clímax que confronta las soledades de los distintos personajes y los lleva a un punto de no retorno donde los personajes buscan prevalecer ante el universo que los asfixia y destruye:

Viene hasta el vidrio para ver el Reino de la Muerte sumergido en el aire de este lado. Ese pez amarillo entiende muy bien lo que pasó. Sintió que la muerte se lanzaba dentro del agua en la forma del silencio y la asfixia –la espantosa asfixia, tan chiquito él, sus cabellos ondulantes–, pero logró resistir en la oscuridad mientras los demás fueron cayendo. Por eso se acerca ahora hasta el límite de estos dos mundos, la Vida y la Muerte, el límite que él cree haber empujado un poco, y mira si desde ahí puede despedirse de sus pares.

La tormenta termina y, si acaso no todo está bien, sus personajes sobrevivirán para ver otro día más. Aún hay esperanza.

Para leer la tesis del propio autor al respecto de la novela (narra “historias de paternidad, en el presente pero con el eco de un ‘pasado reciente'”) visiten su blog, así como el texto de David Miklos al respecto de la misma. Hay, también, una interesante entrevista con el autor alrededor de la génesis del libro.

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