Perros de Caza – Borja Navarro

Perros de Caza – Borja Navarro

El 18 de septiembre de 1990, en Almansa, España, Rosa María Gonzálvez, con tan solo once años de edad, murió mientras su madre, una tía y dos vecinas le practicaban un tétrico exorcismo. Estaban convencidas de que la niña estaba embarazada del demonio. Rosa María tenía tan solo once años. Su madre era una de las sanadoras más prestigiosas del pueblo, especialista en imposición de manos, lo bastante próspera como para haber retirado a su marido del trabajo de zapatero para que oficiara de secretario. La prensa lo llamó “crimen satánico”. La Audiencia de Albacete absolvió a las procesadas por enajenación mental –dos terminaron en un psiquiátrico, la otra salió libre.

Treinta y cinco años después, Borja Navarro retoma esta historia para escribir Perros de caza (Malas Tierras, 2026), relato de un pueblo y, al mismo tiempo, de las promesas rotas del supuesto “Milagro Económico” (1959-1973) y del post-Franquismo (años 80).

La novela se desdobla en dos voces: una que sigue a la Niña (y quien no es otra que la madre de Rosita) y su transformación en curandera; la segunda, una joven que regresa a Almansa después de haber renunciado al trabajo en la ciudad y a una relación fallida para encontrar un pantano (el piso que intenta alquilar y que no es sino una metáfora de su mundo interior).

La primera voz nos revela poco a poco a un monstruo, un ser que parece rozar lo inhumano y en quien las energías ocultas del pueblo parecen concentrarse.

Niña iba al Castillo, donde un niño que parecía un mostrenco se empalmaba. Niña pensó que Mostrenco era discapacitado, uno de los que arraigaban en la comarca. No. Mostrenco solo era feo. Exponía esa fealdad que se confunde con la enfermedad. Mostrenco sobreviviría mejor al deterioro. Lo feo resiste. Aguanta. Lo feo es intocable. Mostrenco sería la eternidad. Lo feo no envejece, permanece. Lo feo sufre y aprende y sobrevive.

Su historia avanza al mismo tiempo que la historia moderna de Almansa, ciudad zapatera (“la epidemia del calzado alcanzó a todos los habitantes de la comarca”, escribe Navarro) venida a menos y de la que ahora quedan naves industriales convertidas en almacenes, una gasolinera donde se acaba el pueblo y empieza la monotonía manchega, y un escenario de jóvenes enganchados a las apuestas o a la cocaína cortada (en cierto sentido, el mismo escenario que vimos antes en Arcén, lugar sin presente pero lleno de esperanzas.

Del otro lado, la joven que ha regresado a Almansa termina trabajando en una gasolinera. Mientras intenta encontrar un piso que sea lo suficientemente barato para su sueldo, narra sus sesiones de terapia junto al descubrimiento de un hecho fantástico: tiene un “acogimiento”, esto es, un espíritu del otro mundo habitando en su cuerpo.

Lo que antes era ansiedad o depresión, ahora cobra una forma tangible, una presencia que se vuelve llevadera en tanto se puede nombrar. El retrato de este malestar sucede con cierta ironía sociológica, y a momentos parece que lo que se narra en realidad es un reclamo generacional:

Lo dejé con mi novio. Dejé el trabajo. Y he vuelto a Almansa porque no me quedaba otra. Se tomó unos segundos antes de contestar. Su avatar llegó incluso a cerrar los ojos, algo propio de la inactividad. Me dijo: nos enseñan a irnos de casa, pero no a volver. Y nuestra generación siempre vuelve, ¿verdad? No sabemos volver a la cama de nuestra adolescencia, en la que tan bien dormíamos entonces y tan mal dormimos ahora. Retomar el rol que ejercíamos con nuestros padres porque no hay forma de cambiar la relación. Levantarnos y tener el desayuno preparado. No nos enseñan a cargar con el dolor de poner la mesa en casa de nuestros padres después de haber vuelto. Me voy.
Desapareció de la sala. Me quedé unos segundos por si volvía. Miré por la ventana. Los perros de caza corrían veloces y ladraban.

Frente al lenguaje de la salud mental gestionada (la terapeuta con sus herramientas “de materia lunar, de materia astral”), Navarro elige el lenguaje del derrumbe sin gestión: “Zara, latte con avena, New Balance y marcar unos límites por aquí y por allá” es la manera de una generación de sobreponerse al malestar de estar en el mundo.

Pero la narradora no puede asumir la misma posición. Como tampoco la Niña puede escapar de su sino, llevando al desenlace conocido.

Borja Navarro ha dicho a El Salto que el agua es el hilo subterráneo del libro, lo que conecta toda la narración:

“Hay una columna vertebral casi subterránea como el agua. Al principio se dice que el agua va por abajo de la tierra y los zahoríes con el péndulo van buscando dónde cavar pozos. ¿Qué es el agua? En un entorno tan seco me parecía bonito crear ese simbolismo con el agua como un espejo del pueblo. El agua que está podrida en este momento pero que en su momento arrastraba todas las leyendas que se decían del pueblo y el agua que cuando nace la niña crea una riada que arrasa con el pueblo”.

En otras palabras, el contraste entre el río y el pantano. Lo que queda en el presente de la novela es lo segundo, quizás con un tinte todavía de esperanza:

Es en este abandono donde, a modo de fertilizante, se gestarán los mejores boxeadores manchegos. El comentario me sorprende: qué análisis tan cogido con pinzas, tan a punto de romperse. Almansa será la cuna de una generación de chavales descontentos y abandonados que querrán ganarse la vida en los gimnasios, me dice. Y de esas larvicas que ahora se arrastran entre los escombros de las fábricas, entre montañas de suelas irrecuperables, brotará un capullo envuelto en banderas españolas que, a modo de seda, se refugiará en los gimnasios baratos del pueblo. Y, a los pocos años, lo que se suponía que tenía que ser una mariposa será un boxeador que recorrerá España insensibilizado, un arma de ma-tar, abanderado de nuestro pueblo. Se avecinan grandes veladas amateurs en los polideportivos municipales de la zona. Está por venir una camada de boxeadores que se abrirá camino a base de hostias. Renacerá el deporte del hambre.

Este es el tema principal de la novela, el cruce la esperanza de una generación y el hartazgo social de la siguiente, dejada a la zozobra, confusa y confundida, y que no sabe si en algún momento mejorará lo que sea que sea todo esto.

Presentado por Jorge Burón como “un libro poderoso, generacional, quizá la gran obra de estos años”, el único pero es el tono repetitivo de ciertos fragmentos, la inquina personal como forma de aliteración, una decisión estética que siento no apoya mucho la narración —”Los adultos beben cerveza cero cero cuando intuyen el final porque la cerveza cero cero es crepuscular y les invade el miedo”.

Pese a esto, el texto se sobrepone y concluye sin ninguna condena moral (cosa que se agradece), en una especie de abandono, sí, pero también de tranquilidad.

Citas

Niña iba al Castillo, donde un niño que parecía un mostrenco se empalmaba. Niña pensó que Mostrenco era discapacitado, uno de los que arraigaban en la comarca. No. Mostrenco solo era feo. Exponía esa fealdad que se confunde con la enferme-dad. Mostrenco sobreviviría mejor al deterioro. Lo feo resiste.

Aguanta. Lo feo es intocable. Mostrenco sería la eternidad. Lo feo no envejece, permanece. Lo feo sufre y aprende y sobrevive.

Mostrenco, es bello lo que te digo, aunque tú no lo sepas, decía Niña. Mostrenco la tocaba con la dulzura de los ladrillos. Así que Niña guiaba las manos de Mostrenco por su entrepierna.
Pag 28

Lo hago porque considero que es original, porque creo que Puede llegar a defenderse como sostenible y porque el concepto coche, en el sentido más amplio de la palabra, está muy pre-sente. Y, sobre todo, porque creo que puede funcionar. Él no me toma en serio. Cree que le vacilo. Pasamos por Tarragona, Toledo, León, Ibiza, Altea, Córdoba, Ateca y alguno más. Lo miro mientras conduce atravesando nuestra España seatil y sé que se ha terminado. Llevaba meses sin reírme con él. Ni con él ni con nadie. Con nada. Jaime: el último pilar que me quedaba por derrumbar de toda la estructura vital que había construi-do. Kaputt. Una demolición precisa, limpia. Todas las mañanas me levantaba, juntaba las manos a la espalda y caminaba para ver, una y otra vez, una y otra vez, los escombros que se habían originado tras el derrumbe de mi futuro. Me quedaba expectante bajo el sol, mirando cómo los gatos callejeros ocupaban el espacio. Una parcela en ruinas. Basura floreciendo en las grie-tas: bolsas del Burger King, latas de Monster, un preservativo, restos de la contemporaneidad. Un cartel soberbio, de esos que coronan los lugares en quiebra pero con potencial económico, en el que se leía: PRÓXIMA VIVIENDA DÚPLEX CON PISCINA Y JARDÍN. A su lado: EN VENTA. Saltaba la valla que me separaba de lo que me había pertenecido. Cogía piedras donde todavía reconocía olores, rostros, sonidos. A veces, los carteles también decían: PIDA UN CRÉDITO SIN INTERESES. INMEDIATO. Caminaba por mi extinción hecha pedruscos. Excimientos.
Y esta parafernalia la llevaba a cabo sin levantarme del sofá de casa de mis padres. En un viaje intrínseco y denso. Entre el sueño, la pesadilla, el móvil, la ventana, el gotelé. En duermevela.
Mis padres, al borde de la jubilación, a su manera orgullosos de lo conseguido, se encontraban de repente conmigo. En su sofá.
A los treinta. Viviendo dentro de mí, en un hueco constante.
Los carteles también ofrecían: GESTIONA TU HERENCIA.
Un lugar en quiebra pero con potencial. Qué terrible suena eso. Es la descripción pajillera de quien lo ha dejado con su novio de toda la vida. Diría que yo no era nada de eso.
Pag 42

El segundo recuerdo me lleva a un restaurante de playa con mis padres. Es el momento en el que me doy cuenta. Los tengo a ambos enfrente. No entiendo bien el porqué, pero me avasalla una sensación abrasiva de pér-dida. Noto que mis costillas, mis pulmones, mi corazón, todo se deshace. Mi estructura se queda hueca. Anegada de vacío.
Siento corrientes de aire dentro del pecho, bajo la piel. Circulan caóticas, libres, dolorosas. Todo esto me genera el vértigo clásico de estar asomada a una barandilla baja y que alguien, por detrás, te asuste simulando que te empuja. Pero ese alguien eres tú misma, una idea de ti. La sensación de fragilidad que proporciona una barandilla oxidada que te queda a la altura de las rodillas. Recuerdo pensar: qué evidente y tenebroso. Empiezo a llorar, algo que me ayuda a recomponerme por dentro. Cuando recupero el aliento, les digo a mis padres: no quiero que os muráis. Ellos se ríen y me contestan que no se van a morir. Pero mienten. Está claro que mienten.
De forma más o menos agresiva, esa sensación me ha acompañado toda la vida.
Pag 46

Protundizaban en las circunstancias con una mirada adulta y trabajadísima. Un horror. La razón era ese cáncer que se las había cargado, que las había homogeneizado. Zara, latte con avena, New Balance y marcar unos límites por aquí y por allá. Habría agradecido que alguna se hubiese arrancado el pelo.

O que alguna me hubiese gritado como una loca que ha dejado la medicación. O que alguna me hubiese dicho que iba a rayarle el coche a su ex. O que iba a matar a su hámster, que lo odiaba con toda su alma. A todas ellas las habría animado a actuar. Un horror. Si no cumplía con sus estándares de amistad, por su salud mental, dejaban de volcar tantas expectativas en mí y se ale-jaban. Era mejor que un señor de resaca en trámites de divorcio te escupiese en la boca antes que escuchar el discurso maduro de mis amigas. Yo no quería caer en esa secta. Aun así, claudiqué y fui a terapia. Mi terapeuta me dio herramientas. Herramientas que sostenía en la mano igual que sostenía las que mi abuelo guardaba en el desván. Herramientas para tenerlas y no usarlas, porque todo me sonaba tan manido… Tan manido. Tan tan tan. Herramientas carísimas. Pero ¿de qué están hechas las herramientas de los psicólogos? De qué. De materia lunar. De materia astral. Miraba a los ojos a esa persona bienoliente con múltiples soluciones bajo el brazo y pensaba: qué me vas a contar ahora, qué me vas a decir que haga, qué pereza me das. Me dijo que hablásemos del pueblo, de mi vuelta al pueblo, y empecé a contarle, cómo no. Pero no me dejó seguir. Me pidió que lo hiciese por escrito, que escribiese y pensase bien qué quería decir del lugar en el que me había criado. Imagino que era una técnica que empleaba para medir nuestras palabras. A modo de aquelarre, con la mirada perdida y la mente recorriendo todas las esquinas del pueblo en el presente y en mi pasado. Con cierta amargura, cogí el boli que me ofrecía. Antes de vomitar las palabras sobre el folio, volví a mirarla a los ojos. Me sonrió.
Pag 52

Nadie quiere ser diverso si ser diverso es esa puta mierda. Los niños que empiezan a desarrollar vello se meten tanta mierda que les diagnostican esqui-zofrenia. Un buen porro otorga hipersensibilidad a los niños, que se tumban en los sofás de los garitos y sienten la vibración de la música en la última capa de la piel. El ruido es fuerte cuando fuman. El ruido es una brisa que los acaricia. Vibran cuando van tan fumados que no pueden ni andar. Se vacían. Los niños entran en los baños de los bares y pasan las yemas de los dedos por la cisterna, por el portarrollos de plástico, con la esperanza de arrastrar algo que llevarse a las encías. Los niños salen del baño agrandados. Todavía no hay miedo a perder las encías. Y, si todo va bien, nunca lo habrá.
Pag 57

Es insoportable cuando, bienintencionada pero sin talento ni capacidad, la gente se esfuerza en ayudarte, en dar su opinión, en ser tu psicólogo particular. Si caminaba sola por el pueblo, sentía que a la vuelta de cualquier esquina aparecería un señor trajeado con una solución para mí. Tome, señorita, pruebe esto y esto. La ayudará, pruebe esto también. Oh, mire, señorita, por allí viene una horda de hombres y mujeres dispuestos a ayudarla, tienen el mejor consejo que jamás haya escuchado. Por cier-to, ¿ha probado a ir a un taller de cerámica?, ¿y a hacer deporte?
Pag 59-60

Alguien debería decirle que deje de llevar esa ropa. Sentir la decepción de mi padre es duro, es una persona frágil y callada.
De pocas palabras. Muy sencilla. Muy simple. Su trabajo. Su bicicleta. Sus cervecitas. Su radio. Y sus veinte días de vacacio-nes. Ha pasado alguna que otra depresión, aunque a su manera, sin compartirlo. Nunca ha verbalizado su vulnerabilidad, pese a que lo hemos visto roto. Creció en una casa de infelices. Una infelicidad genética. Por contacto directo con la piel, mi padre contagia y hace que todo se vuelva frágil. La habitación es frá-gil. El aire, frágil. La cocina. El salón. El silencio, frágil. Uno entra en casa con cuidado de no enturbiar el ambiente. Y desde fuera, vistos como se miran las postales de viajes en un estanco, podríamos parecer una familia tranquila, silenciosa, sabia. Pero, no, el silencio es una consecuencia de nuestra falta de intereses.
Para nosotros, la vida consiste en una lucha por no caer y caer y caer, sin tiempo para disfrutar de nada más. Si algo nos interesa es porque nos da una tregua, un respiro, lo instrumentalizamos.
No concebimos el amor por el amor. No concebimos el disfrute por el disfrute. Ver una peli sirve para no pensar. Hacer deporte es una forma de evasión. La cerveza nos relaja. Y lo peor es que alguien te recomiende tal o cual cosa con la certeza de que te proporcionará alivio. No nos cala lo que hacemos. La infelicidad es nuestra unidad de medida. Y aún peor es llegar a casa con cierta alegría recorriéndote las venas y ver el perca con lucidez.
Pag 60

Los adultos llevan chaquetas de grandes botones en cuyas lúnulas se acumula la suciedad del obrero, de las fábri-cas. La suciedad de la jornada partida y de las pausas para co-mer, que más que pausas son castigos silenciosos. Los adultos acuden al espiritista y preguntan si son cornudos. Necesitan saber si lo son. Y, cuando les dicen que sí, que son cornudos, los adultos piden echar un mal de ojo a aquellos que han dañado su alma y ven cómo sus parejas se ponen amarillas ven cómo enferman en los supermercados.
Pag 63

Los adultos beben cerveza cero cero cuando intuyen el final porque la cerveza cero cero es crepuscular y les invade el miedo y acuden a los camareros pidiendo una bebida que les permita sentirse ellos pero también mantener su poca capacidad de control. La memoria de los adultos funciona de manera muy emotiva y de repente les da miedo sentir la desconexión que sienten con el mundo porque dejarán de construir memoria y se empezarán a llenar de una materia distinta y extraña que les hará sentir mal sentir peor. Los adultos sienten la desconexión que otorga la lucidez que es el peor castigo en este lugar y entonces les entra una arcada por la raya que les ha sentado algo mal. Los adultos gritan desesperados y solos en sus camas con dolor de cabeza por la noche anterior y en la casa de al lado suena un taladro porque alguien quiere poner un cuadro sin gusto y taladra la pared y el taladro suena como un grito de ballena un grito en un idioma ancestral que te dice que ya no hay marcha atrás que estás sentenciado.
Pag 65

Esos segundos de estar con los ojos cerrados, sumido en las profundidades de la piscina, no son lo que uno espera al saltar. Te lo puedo asegurar, lo tengo comprobado al cien por cien. Es mejor nadar a braza en una piscina en la que haces pie. ¿Me lo paso bien? No. ¿Sufro? Poco. Ahora mantengo las distancias. Me implico poco en la vida. Observo. Fumo.
Mientras me hablaba, miré sus trofeos y pensé en la variedad de formas de salto a la piscina que existen. Saltos como el que le había costado las piernas a su padre. Una familia de saltadores olímpicos. Las resacas eran horribles. No por el dolor físico.
Sino por las ganas de borrar el tiempo. De borrarme. No había escapatoria. Se me formaba una película en los ojos, una especie de cataratas de negatividad que me hacían creer que todo estaba orquestado en mi contra. Su speech terminó con la llama descomunal con la que prendió una L. ¿Quieres?, me dijo.
Pag 70

Con mi novela bajo el brazo y la esperanza de encontrar una verdad que me ayudase, me propuse leer en cafeterías. Acostumbrada a ver en las tazas de los coffee roas-ters de la ciudad la estampa de una flor o de un corazón hechos con la espuma de la leche, me encontré con el café típico de los bares españoles: plano y uniforme, como los edificios periféri-cos, sin encanto. Se beben, como en muchos casos el alcohol, a primera hora de la mañana, sin ánimo de disfrute, con necesidad. Como medio para conseguir algo. El café estaba quemado, amargo, descompensado. Los hombres me miraban acodados en la barra, con sarro en los dientes, y consumían sus bebidas de un trago.
Pag 71

me he preocupado de soltar a los perros de caza de las casas de campo. Quiero que me recuerden como la bestia que por fin se liberó. El mejor proyecto de extremo derecho que tuvo la Unión Deportiva Almansa.
Pag 75

Lo dejé con mi novio. Dejé el trabajo. Y he vuelto a Almansa porque no me quedaba otra. Se tomó unos segundos antes de contestar. Su avatar llegó incluso a cerrar los ojos, algo propio de la inactividad. Me dijo: nos enseñan a irnos de casa, pero no a volver. Y nuestra generación siempre vuelve, ¿verdad?
No sabemos volver a la cama de nuestra adolescencia, en la que tan bien dormíamos entonces y tan mal dormimos ahora. Retomar el rol que ejercíamos con nuestros padres porque no hay forma de cambiar la relación. Levantarnos y tener el desayuno preparado. No nos enseñan a cargar con el dolor de poner la mesa en casa de nuestros padres después de haber vuelto. Me voy. Desapareció de la sala. Me quedé unos segundos por si volvía. Miré por la ventana. Los perros de caza corrían veloces y ladraban.
Pag 77

Es en este abandono donde, a modo de fertilizante, se gestarán los mejores boxeadores manchegos. El comentario me sorprende: qué análisis tan cogido con pinzas, tan a punto de romperse. Almansa será la cuna de una generación de chavales descontentos y abandonados que querrán ganarse la vida en los gimnasios, me dice. Y de esas larvicas que ahora se arrastran entre los escombros de las fábricas, entre montañas de suelas irrecuperables, brotará un capullo envuelto en banderas españolas que, a modo de seda, se refugiará en los gimnasios baratos del pueblo. Y, a los pocos años, lo que se suponía que tenía que ser una mariposa será un boxeador que recorrerá España insensibilizado, un arma de ma-tar, abanderado de nuestro pueblo. Se avecinan grandes veladas amateurs en los polideportivos municipales de la zona. Está por venir una camada de boxeadores que se abrirá camino a base de hostias. Renacerá el deporte del hambre.
Pag 78

Con el nacimiento de Flor, Mostrenco quiso perfeccionar las imágenes del mundo que habitaba con Ella. Quiso que las palabras fermentasen en un idioma conocido para poder representar el lugar en el que vivían con Flor. Porque, si no lo puedo representar, no lo puedo entender, y, si no lo puedo entender, no existe para mí. Si no sé decir gris, no sé lo que es gris. Mostrenco decía: nunca sabré qué significa Flor si no hay palabras que representen nuestro mundo.

Ella heredó la fábrica de calzado. Mostrenco la trabajó. Fabricaba botas camperas. De piel de cocodrilo. Puntas afiladas como navajas. Flor acompañaba a Mostrenco todas las maña-nas. Así creció Flor, alejada de Ella, una madre sumida en el delirio.
Pag 91

La terapeuta me detuvo mientras leía. Me dijo que me callase. Entonces, sin dejar que me soltara un discurso, me anticipé:

¿viajas en bus? ¿Sabes cómo son las estaciones de autobús de las ciudades? ¿Te has comido un sándwich en una de esas sillas metálicas de rejilla pegajosa? ¿Has entrado a esos baños en los que maldices las características propias de los seres humanos que nos obligan a evacuar? Esas estaciones, que en su día pudieron tener la etiqueta de un «no-lugar», son ahora lugares cas-tigados. Una evolución de los no-lugares que la aceleración del mundo ha abandonado para dejar en ellos a personas que como malas hierbas crecen sin luz, sin agua. Solo con cerveza y apues-tas. El espíritu de esas estaciones, oscuro y casi penitenciario, es el que fluye por aquí. La gente del pueblo que va al supermercado o a ver al equipo de fútbol o a beber un café de mierda de esos que saben a ceniza parece estar esperando un autobús a todas horas. Un autobús que los llevará a la otra parte de la península para ver a esos familiares enfermos con los que no puèden compartir tiempo porque tienen que seguir aquí, por lo que sea, quizá porque huyen de algo.
Pag 106-107

Este pueblo…, Almansa.., Lo quiero mucho, dice.
Me entristece verlo así. Aquí hemos vivido épocas muy buenas.
Muy buenas. Veías la Corredera llena de gente gastando dinero.
Los trabajadores salían de las fábricas con los bolsillos llenos y con ganas de derrochar. El dinero se meneaba que daba gusto.
Me lo dice mirándome a los ojos, cree que tengo alguna respues-ta. Se invitaba a rondas, dice. Olía a comida gustosa. Sí… Ahora es una pena conducir por las calles. Se sienta, apoya el antebrazo en la mesa. Parece que su cuerpo esté a punto de apagarse, de dejarse contaminar por la tristeza que arrastran sus palabras,
Pag 108

En la gasolinera me recibe una mujer con un forro polar desgastado y pantalones cargo. ¿Eres la nueva? Sí, digo. Resopla sin que le importe lo más mínimo que me dé cuenta. Me toca esperar un rato a que atienda a los clientes. A esta hora, la gente sale de las fábricas y aprovecha para repostar. El pueblo termina de manera abrupta justo en esta gasolinera. Debe de existir una muralla invisible. A un lado, los últimos edificios de ladrillo ca-ravista, varias naves industriales a modo de almacén, algún taller con carteles oxidados y trabajadores que fuman en la parte d atrás esperando a que acabe su turno. Al otro, la extensión monótona y aburrida de La Mancha. Desde detrás de la vidriera veré a los paisanos. Y me preguntarán qué hago trabajando ahí.
Y me tocará responder. Y resoplaré. Y poco a poco todo se sabrá. Especularán y se viralizará que tengo una niña.
Pag 119

No le dije que a mí lo que más gracia me hace del fútbol es cuando los jugadores salen al campo con niños discapacitados cogidos de la mano.
No sé. Ves a los críos desorientados e ilusionados sin saber muy bien qué los ha llevado hasta ahí: los genes. Y ves a otros niños que desde la grada envidian y maldicen un cromosoma más o uno menos. Por algún motivo que se me escapaba, el tipo estaba escocido.
Pag 121

Es como si la sensación esa de tristeza hubiese esquivado todo lo racional que hay en mí, dije. Y he intentado luchar contra ese malestar razonando conmigo misma, siendo objetiva, pero no. Nada. Es imposible, no hace efecto. La razón no caza a la sensación. Es querer coger esta niebla con las manos. Querer retenerla en un frasco de cristal. Y, lo peor, convencerse de que es posible. Lancé la mano tratando de cazar una mosca invisible.
Con el puño cerrado, comenté que razonar en este estado es como asegurar que en esta mano tengo una porción de niebla que puedo llevarme a casa. La sensación parece moverse en un universo diferente. No se puede explicar con la lógica. Todo está más o menos bien. A priori no tengo grandes problemas. Nadie muerto. Ningún trauma. Nadie ha abusado de mí. No tengo un tío abuelo lejano que me decía: mira lo que hay en la despen-sa, ven. La lógica dicta que estoy bien, pero eso a la sensación le da igual, me recorre el cuerpo, me mata. Pero esto, saber de esta niña acogida a mí, sí que me está sirviendo.
Pag 123

Con el primer calo dice: no sé manejarme en el punto neutro de la vida, ¿me explico? Es…, cuando estoy feliz, estoy feliz y lo sé. Toque en el hombro con los nudillos. Me pongo el vestido que me estimo para salir, me meto una raya, salgo por la Corredera, me bebo cuatro cubaticas que me sientan regular, bailo y tan a gusto. Ahí bien. Toque en el hombro con los nudillos. Que eso es importante, saberse feliz. Y ser consciente de que son momentos puntuales. Que no son continuos, quiero decir. Luego puedo estar jodida, triste, por lo que sea. Por algo que he visto, algo que me han dicho, algo que me ha afectado. Lo que sea. Y no huyo, ¿sabes? No huyo de la infelicidad. La siento, tengo que sentirla fuertemente. Toque en el hombro con los nudillos. El problema es que confundo la tristeza con muchas situaciones que no debería. Mira, cuando estamos en un descanso y veo a mi compañero de casi sesenta tacos comer del tupper, con el forro polar de la gasolinera, calvo perdido, se me parte el alma, ¿me entiendes?
Pag 126

Wong

Wong

Escritor. Autor de las novelas "Bosques que se incendian" (2023) y "Paris, D.F." (2015, Premio Dos Passos a Primera Novela), así como de la colección de relatos "Los recuerdos son pistas, el resto es una ficción" (Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017).

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