Breves apuntes sobre crítica literaria

critica literaria

Esto no es un blog de crítica literaria. Lo comento a propósito de un reciente intercambio de ideas en Twitter con Vivian Abenshushan, en el que comenta ‏sobre la extinción de la crítica literaria y su re-invención en la era digital. Al respecto, apunta tres hipótesis:

  1. La sustitución de los espacios para la crítica por los espacios para el mercado.
  2. La jerarquía de la crítica suprimida por la democratización de los medios digitales y las comunidades lectoras
  3. La fractura entre las comunidades de lectores y la academia

Me parecen ideas interesantes que merecen una reflexión. Al respecto, este blog suma a la democratización que comenta Vivian. Si bien nunca ha sido mi intención hacer crítica literaria –me atrevo a dar opiniones sobre los libros que leo desde una posición de lector que es, sin duda, deficiente–, me considero un entusiasta de los libros que decidió elaborar un sitio como éste como un ejercicio de la memoria –he perdido ya muchas lecturas de las que me hubiera gustado conservar algo: una idea, una imagen, una línea.

La crítica, sin embargo, es un acto de reflexión que va más allá del alcance de los comentarios que se presentan aquí. Todo libro de crítica literaria es, en principio, un mapa de lecturas. Esta definición implica, de entrada, abordar la crítica como una problemática personal: ¿qué me interesa y por qué? Para el lector esto plantea, asimismo, una interrogante: ¿cómo leer la crítica que se ha generado a partir de lo que le interesa a otro? Mientras Roland Barthes finca la solución en el voyeur, creo que la respuesta está en otro lado: el crítico literario –o crítico artista, en el sentido de Wilde–, funciona como un puente, un intérprete, no entre la obra y su significado –ejercicio pueril abierto a múltiples significaciones–, sino entre la obra y su misterio. Establece, así, un juego de complicidades entre el texto, el autor y el lector.

Dos libros, en particular, me han abierto los ojos en cuanto al alcance de la crítica literaria. El primero de ellos fue Retratos con Paisaje, de José Joaquín Blanco (1979), que abre con una cita de Borges: somos los libros que nos han mejorado. El segundo libro que pertenece a esta categoría memorable es El vuelo del vampiro, de Michel Tournier (1981).

La genialidad de una obra está encerrada en la actualización que en el lector lleva a cabo. Leo Tristán e Isolda, las obras de Perrault y de Saint-Simon, y las considero geniales por el efecto de ensanchamiento, profundización, enriquecimiento y liberación que su lectura obra sobre mi visión actual del mundo. Paul Valéry decía que la inspiración no es el estado en que se halla el poeta al escribir, sino ése que aspira inducir en su lector por medio de lo que escribe.  (…) Este libro fue escrito al dictado que le prestó esa inspiración; ojalá sepa responder a ella.

Tanto en Blanco como en Tournier, su tradición –la lectura inteligente y sensible de textos y hechos[1]– los lleva a un ejercicio placentero, una manifestación de la alegría apuntalada en el lenguaje –me interesa el lenguaje porque me hiere o me seduce[2]–.

Sin embargo, el mapa de lecturas que ambos autores proponen –coinciden en Stendhal, André Gide y Thomas Mann– no deja de ser sintomático: conocemos la literatura europea por el rol del colonialismo en el mundo moderno. En este sentido, la literatura ha estado relacionada al ejercicio del poder –primero, por parte del clero, monopolizador de la cultura, seguido posteriormente por la aristocracia: Molière  tenía como público principal a Luis XIV y su corte; en consecuencia, estaba excluido que sus comedias tuvieran la fuerza de impugnar al poder y de hacerlo vacilar (Tournier: 1981)–.

Consecuentemente, la crítica ha tejido sus urdimbres en el mismo tenor –la coincidencia etimológica es interesante: crítica[3] deviene de la misma raíz que distinción, sustantivo que en español va ligado al honor, la elevación sobre lo vulgar, especialmente en elegancia y buenas maneras. Si el vulgo es el pueblo, la crítica entonces se desmarca del mismo para establecer una opinión diferente, que merezca miramiento y consideración–.

Fue en Europa que se aprovechó el acto de la crítica como un ejercicio del poder –la creación del buen gusto literario como canon– y elemento de choque entre grupos y literatos. Pascal, al referirse sobre los Ensayos de Montaigne, comenta:

¡Qué idea más estúpida la de pintar su propio retrato! Y no casualmente, o contra sus propios principios, sino de acuerdo con sus propios principios y como su intención primera y básica.

Esta es la segunda naturaleza de la crítica literaria, la que genera el parricidio, el choque de egos, la destrucción del mito:

El crítico debe ser un aniquilador profesional y la crítica literaria una forma de aniquilación de las certidumbres ineficientes de una cultura; como el aniquilador comparte y es en gran medida la cultura que aniquila, la crítica literaria encuentra su impulso creador en sus peculiaridades de automutilación y suicidio, disfrazados de asesinato[4].

David Viñas Piquer recoge, en su Historia de la Crítica Literaria, el encuentro entre estas dos fuerzas al narrar el pleito entre  Perrault y Boileau[5]:

Por una parte estaban quienes, encabezados por Perrault y animados por los grandes descubrimientos geográficos y avances científicos del Renacimiento, exaltaban el genio moderno y consideraban que los autores antiguos, con ser buenos, no llegaban a la perfección de los modernos sencillamente porque existe un progreso intelectual del mismo modo que existe un progreso científico y porque, además, el cristianismo es superior a la religión pagana. Frente a éstos, la postura contraria, la conservadora, la representaban los seguidores de Boileau, quienes consideraban que los autores clásicos eran insuperables y aducían como prueba evidente el hecho de que existiera un consenso universal de los siglos que han admirado la belleza de las obras griegas y latinas.

La anécdota anterior termina bien: en una sesión de la Academia, ambos ancianos se reconcilian en medio de un gesto fraternal en su vejez. Puedo imaginar la escena, risible sin duda, de esos dos ancianos peleados a muerte, dándose la mano.

Podría analizarse, a partir de este y otros ejemplos, si esa crítica asesina triunfa o no en sus lectores –Blanco escribe: (Edmund Wilson) se comprueba que toda la inteligencia, toda la pasión, toda la erudición que compromete en su crítica apenas encuentras como únicas salidas la rabia y el escepticismo–. Ante esto, la pregunta obligada es: ¿para qué sirve la crítica? Gilbert, personaje de El Crítico Artista de Wilde, responde:

Yo definiría realmente la crítica diciendo que es una creación dentro de otra creación. (…) Más aún: la crítica elevada, por ser la forma más pura de impresión personal, a mi juicio, en su género, es, a su manera, más creadora que la creación porque tienes menos relación con un modelo cualquiera exterior a ella misma y es, en realidad, su propia razón de existencia.

Para que tal efecto se lleve a cabo, es menester que la crítica exista entre iguales. En México, sin embargo, la jerarquía de la crítica parece estar estancada en los comentarios de contentillo, el espaldarazo entre amigos o, en pocas palabras, la evaluación de una obra a partir de juicios demasiado lapidarios o excesivamente condescendientes. La función y contribución de este sector se reduce a la crítica del enjuiciamiento[6], estéril en la mayoría de los casos. A ellos son a los que Flaubert debiera haber dedicado estas palabras:

La crítica está en el último escaño de la literatura; casi siempre como forma, y sin duda como valor moral, es inferior al estribillo y al acróstico, los cuales exigen, al menos, cierto esfuerzo de invención.

Ulises Carrión, contemporáneo de Tournier y Blanco, comenta en El nuevo arte de hacer libros (1975):

En el arte viejo el escritor escribe textos. En el arte nuevo el escritor hace libros.

En esta línea, Carrión busca hacer tabula rasa –es una crítica devastadora, pues no hay autor que se salve a su enjuiciamiento: nada sucede en la novela, poco sucede en la poesía–, profetizar la literatura como un arte moribundo. Se equivoca –la mediocridad juzgando a la mediocridad, como diría Wilde–: el escritor es un creador de mundos, no un mero hacedor de objetos, pero estos universos cobran vida no porque alguien redacta un texto, sino porque éste sucede dentro del lector: la experiencia del arte corta en el alma.

Este tipo de textos caen en la trampa que Christopher Domínguez Michael retrata en una breve nota sobre una comida con tal Mr. Mills:

Me ha dicho que sólo sé injuriar. Le doy la razón y regreso constristado. Todos los textos de admiración que he firmado me parecen, efectivamente, basura.

El fin último del ejercicio de la crítica literaria debiera recordarnos que las grandes obras de arte son cosas vivas, e incluso realmente las únicas cosas vivas[7]. Un gran ejemplo es el texto que escribe Borges alrededor de Crónicas Marcianas y que comienza con Luciano de Samosata, Ludovico Ariosto y Kepler para cubrir 1400 años de historia y llegar al texto de Ray Bradbury, con el que revive los deleitables terrores de otras lecturas, de otros momentos[8]. No creo que espacios como éste sustituyan el lugar que la crítica literaria tiene en el ejercicio de la cultura en México –limitado, probablemente, a escritores hablando de escritores–, pero al menos acercan comentarios honestos a gente interesada sobre la posible felicidad que nos proveen los libros.

En su sentido más generoso, la crítica nos incita a convertirnos en esa imagen emotiva de un ciego ruborizado por su propio candor:

Le debemos tanto a las letras. Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. Yo tengo ese culto del libro. Puedo decirlo de un modo que puede parecer patético y no quiero que sea patético; quiero que sea como una confidencia que les realizo a cada uno de ustedes; no a todos, pero sí a cada uno, porque todos es una abstracción y cada uno es verdadero. Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres[9].

Ante una imagen como esta, la academia no tiene nada que añadir.

[1] José Joaquín Blanco, al escribir sobre Edmund Wilson en su ensayo “De la crítica literaria considerada como la más creativa y radical de todas las artes”.

[2] Roland Barthes, en El placer del texto.

[3] Del lat. “criticus” y éste del gr. κριτικός “kritikós” – “capaz de discernir”, proveniente del verbo κρίνειν “krínein” – “separar, decidir, juzgar”, de raíz indoeuropea *krei- “cribar, discriminar, distinguir”.

[4] Ver nota 1.

[5] Subgénero de la crítica literaria es la rencilla literaria, como pelea en el patio del colegio: Aristófanes representa Las nubes para burlarse de Sócrates y su mayéutica. Francisco de Quevedo escribiría el epitafio adelantado de Luis de Góngora. En los episodios nacionales, hay que recordar el intercambio entre José Joaquín Blanco y Octavio Paz, donde el primero acusa al segundo de haberse “descargado de lo riesgoso, de lo aventurero, de lo emocionante, de lo incierto tanto de la tradición como de las vanguardias culturales, para sólo beneficiarse con lo rentable”.

[6] David Viñas Piquer cita a T.S. Eliot para ejemplificar la diferencia entre una opinión y un acto crítico: “Por crítica entiendo aquí toda la actividad intelectual encaminada, bien a averiguar qué es poesía, cuál es su función, por qué se escribe, se lee o se recita, bien –suponiendo, más o menos conscientemente, que eso ya lo sabemos– a apreciar la verdadera poesía”.

[7] Wilde, Oscar; El crítico artista; Biblioteca personal de Jorge Luis Borges; Ediciones Orbis, 1986.

[8] Otro momento de estas reflexiones debiera parar en el prólogo como especie lateral de la crítica (JLB). Recuerdo, en particular, los que vienen de la mano de escritores, como el que hace Xavier Villaurrutia a Discurso a los cirujanos de Paul Valéry, donde comenta: sólo un poeta, como un cirujano, opera en ese cuerpo sensible. Solo un poeta corta también en carne viva; o la carta prefacio de Octavio Paz al Libro vacío de Josefina Vicens: el hombre caminando siempre al borde del vacío, a la orilla de la gran boca de la insignificancia (en el sentido lato de esta palabra). (…) Creo que los que saben que nada tienen lo tienen todo: la soledad compartida, la fraternidad en el desamparo, la lucha y la búsqueda.

[9] Borges, Jorge Luis. El Libro. Conferencia en la Universidad de Belgrano; Buenos Aires, 1978.

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