Apuntes de la vida cotidiana 250113

Georges Perros:

Usted forma parte de una administración, tiene un trabajo que cumplir. Un buen día, ese trabajo -y cuantos lo rodean, y usted mismo, que necesita ganarse la vida- no le resulta real; quiero decir que lo invita a soltar las amarras, a cortar la corriente (sensación de muerte. Desde que uno adivina la muerte posible en el pellejo de un amigo, de una amante, ¿es posible seguir con ese cadáver ambulante?). Desde ese momento, usted suelta poco a poco las amarras, por simple precaución financiera. Pero cuando le den las gracias por no producir lo que los demás esperaban que produjera, hará ya un buen rato que usted habrá renunciado. ¿Renunciado a qué? Por ejemplo, a no dejarse corroer por el lujo, pues eso que llamamos “la vida” ya lo corroe lo suficiente. Claro que no por eso usted se convertirá en un pordiosero. A usted le fastidiará haber perdido su entrada fija, pero, después de todo, no habrá hecho nada por perderla ni por conservarla, simplemente habrá pedido una tregua, habrá trabajado a su ritmo, en la medida de lo posible. De haberse forzado, sin duda habría envejecido prematuramente; sin duda la tentación de convertirse en vagabundo o de escaparse hacia no se sabe qué Tahití le habría acarreado un desastre. Pues se trata de no tener ganas de ser vagabundo, de ir a Tahití. El hombre debe poder vivir dentro de un frasco, sin esas drogas imaginarias.

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