Alcanzar el futuro: de la Ciencia Ficción al Antropoceno y de regreso

El avance tecnológico y el cambio climático traen consigo nuevos escenarios para la ficción. Este artículo analiza algunos de ellos, así como la trayectoria que nos ha llevado hasta ahí

1. La distancia entre la Ciencia Ficción y la Realidad ha colapsado

El hombre del futuro disfrutará tal vez de alegrías inmensas. Viajará a las estrellas, llevando píldoras de aire en los bolsillos. Nosotros, en cambio, llegamos demasiado temprano o demasiado tarde. Habremos realizado lo más difícil y lo menos glorioso: la transición.

Gustave Flaubert

Hemos alcanzado el futuro. De las muchas imágenes que existen como prueba, podemos centrarnos en dos. La primera es de 1964 y muestra al Capitán Kirk, de la serie televisiva Star Trek, sosteniendo un dispositivo dorado en la mano: lo usa para comunicarse con la tripulación del Enterprise momentos antes de la catástrofe. Una década más tarde Martín Cooper, fan de Star Trek e ingeniero en Motorola, inventaría el primer teléfono móvil.

La segunda imagen es de 2013. En agosto de ese año Elon Musk escribió un tweet en el que describía cómo habían diseñado un sistema de gestos manuales para el diseño computacional de partes mecánicas. La inspiración vino de una película de Marvel.

Los bocetos de Leonardo da Vinci, las novelas de Julio Verne, los poemas de Ludovico Ariosto, la odisea espacial de Stanley Kubrick: todas estas obras han soñado y moldeado, de una manera u otra, el futuro. “Para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible (…); para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros”, escribiera Jorge Luis Borges en 1955 en el prólogo de Crónicas Marcianas de Ray Bradbury. Esa posibilidad se acerca cada vez más hacia nosotros: hace unos días, tan solo, Elon Musk lanzó el Falcon Heavy, el cohete más pesado de la historia. Pareciera que estamos, así, frente a ese futuro que Flaubert soñó junto a tantos otros: la humanidad alcanzará pronto las estrellas.

¿O no?

2. La destrucción de todas las cosas

Tal vez esto sería posible si no tuviéramos todo en contra. Vivimos, desde hace unas décadas, en lo que se ha denominado como el Antropocéno (Crutzen, 2000), esto es, la época en el que la humanidad ha modificado sustancialmente la vida y las condiciones de vida en la Tierra al grado de ponerlas en riesgo. Algunos sitúan su origen en la Revolución Industrial, otros en 1945 con la detonación de la primera bomba atómica en el desierto Jornada del Muerto –nombre apropiado para tal experimento. Ambos momentos, en todo caso, están vinculados directamente con la tekné y el capital, esto es, el auge del neoliberalismo, la producción y el consumo.

Esta era dorada del progreso tecnológico –la llegada a la Luna, la Ley de Moore, ¿el iPhone?– no ha llegado sin un costo: de 1970 a la fecha, el planeta ha perdido la mitad de sus especies. El calentamiento global ocasionará que, para 2100, muchas ciudades como Shanghai, Hong Kong o Miami terminen bajo el agua. Las tierras dedicadas a la producción de alimentos se reducirán mientras que la población global, principalmente en China, India y el África subsahariana, crecerá. Por si fuera poco, la amenaza de una Guerra Nuclear es más alta que nunca: el reloj del Fin del Mundo marca ahora dos minutos para la medianoche, lo más cerca que ha estado desde 1953.

En síntesis, navegamos la incertidumbre entre un horizonte posible gracias a la tecnología (la conquista del espacio, la manipulación genética, el transhumanismo) y la amenaza de nuestra propia destrucción (el calentamiento global, la guerra nuclear). Por otro lado, escenarios que antes estaban reservados para la ficción –sociedades sobrecontroladas, poderes incomprensibles, la mentira como mecanismo de control social, el hedonismo como resignación social, la dispersión entre la realidad y la virtualidad, entre otros escenarios distópicos– son ahora nuestra nueva realidad.

Si atendemos los signos que nos rodean, pareciera que el futuro llegará no con viajes a las estrellas ni con autos voladores, sino con la catástrofe.

Dado que la Ciencia Ficción se ocupa del futuro de la Humanidad, la pérdida de fe en la ciencia y en el progreso científico seguramente causará convulsiones en el campo de la Ciencia Ficción. Esta pérdida de fe en la idea de progreso, en un “mañana brillante”, se extiende a todo nuestro medio cultural; el tono sombrío de la ciencia ficción reciente es un efecto, no una causa.

Philip K. Dick

Este tono sombrío cobra forma en The Road, una novela de Cormac McCarthy de 2002. En el libro, un hombre y su hijo intentan sobrevivir tras un desastre ecológico del que no se dan muchos detalles. La sociedad ha colapsado y la vida ha regresado al darwinismo puro: la supervivencia. La anécdota de la novela cobra una dimensión esperanzadora: no solo somos testigos de la sobrevivencia de dos personas, sino de la idea de la Humanidad misma.

La intensidad de The Road reside en la letalidad del paisaje, pero también en el diálogo entre padre e hijo, así como en la aprehensión del padre sobre su situación: sus sueños, sus recuerdos, sus dilemas con respecto a su hijo y los peligros a los que se enfrentan. En particular, el padre es muy consciente de que está viviendo por la decisión que tomó, la decisión de vivir, continuar y “llevar el fuego”, junto con su hijo y por su hijo, mientras que su esposa, la madre del niño, tomó la decisión de suicidarse.

Louise Squire, Death and the Anthropocene: Cormac McCarthy’s World of Unliving

El apocalipsis no se deriva únicamente de la catástrofe ecológica, sino de la pérdida de aquello que nos hace humanos –lo mismo sucede con los cientos de relatos de zombies: el monstruo es, sobre todo, aquel que vive deshumanizado.

3. ¿Nuestras narraciones nos permitirán sobrevivir?

La ficción apocalíptica se aceleró a partir del nuevo siglo con la amenaza del Y2K y la cercanía del cambio climático –en 1998 un “Súper El Niño” hizo que este año fuera excepcionalmente caluroso, lo que coincidió con una oleada de películas sobre desastres naturales como Deep Impact (1998) o The Perfect Storm (2000). A partir de entonces, subgéneros como el Climate Fiction –que tiene como predecesores a autores como J. G. Ballard (La Sequía), Margaret Atwood (Oryx y Crake) Úrsula K. Le Guin (La Nueva Atlantis)– han permitido transmitir cierta sensación de urgencia que los medios tradicionales no han logrado comunicar. Este modelo posee cierto carácter educativo y, al mismo tiempo, esperanzador. Nuestras narraciones nos permitirán sobrevivir.

El cambio climático sigue siendo tan abstracto para tanta gente, sus impactos tan misteriosos –a pesar de que ya estamos viendo sus consecuencias– que necesitamos que la ficción, en libros, películas y todos los medios narrativos, ejecuten modelos imaginativos para nosotros. Esa es la única forma en que la impresionante escala de transformaciones que se producirán se vuelva emocionalmente real en el corto plazo. Necesitamos comprender ahora cómo cambia la historia del futuro bajo los drásticos escenarios del cambio climático que son cada vez más probables. No hay posibilidad de que se convoque una voluntad política lo suficientemente rápida como para detener la catástrofe a menos que la cultura ejerza una mayor presión para forzar una revolución energética y económica.

Lydia Millet, autora de “Pills and Starships” (Black Sheep, 2014)

Esta función la hemos visto ya en el pasado durante la Guerra Fría: en 1978, la Oficina de Evaluaciones Tecnológicas produjo un reporte titulado The Effects of Nuclear War, en el que incluía una pieza de ficción llamada Charlottesville con el fin de retratar, en términos comprensibles, cómo sería la vida después de un holocausto nuclear. En una parte del reporte se lee:

Se deben anticipar cambios importantes en la estructura social a medida que los sobrevivientes intenten adaptarse a un entorno severo y deprimente nunca antes experimentado. La pérdida de 100 millones de personas, principalmente en las ciudades más grandes, podría plantear una pregunta sobre la conveniencia de reconstruir las ciudades. La población sobreviviente podría tratar de alterar la estructura social y geopolítica de la nación en reconstrucción con la esperanza de minimizar los efectos de cualquier conflictos futuros.

En esta misma línea, el Climate Fiction pretende retratar el fin o la reconstrucción como una forma (intencional o no) de brindar herramientas que nos sirvan para nuestra propia salvación.

Esta no es la única manera de imaginar nuestros futuros probables. Otro tipo de textos utilizan el hedonismo subyacente en nuestra cultura de masas: ante el probable final, la única alternativa que nos queda es la persecución de todos los placeres –Boris Vian había anticipado, hasta cierto punto, este tipo de búsqueda: en su novela Et on tuera tous les affreux (en español traducida como Que se mueran los feos), un científico lascivo busca convertir a toda la humanidad en seres físicamente perfectos.

Ciertas novelas hipertrofian esta premisa hacia toda las variantes posibles: cambios de sexo y raza; implantes y operaciones e, incluso, el descenso hasta las zonas más sórdidas, como aquella retratada en la serie de televisión Westworld –donde grupos de turistas violan y disparan a androides diseñados específicamente para esto. Esta vertiente, en todo caso, es la que menos me interesa –el tono de este tipo de textos recuerda al ensayo Literatura + Enfermedad = Enfermedad en el que un Bolaño desahuciado desea, únicamente, follar.

Existe otra posibilidad que tal vez podría calificarse como un optimismo cínico. En A hundred Apocalypses, Lucy Corin escribe:

Pese a que mucha gente fue arrastrada por los desastres, por lo general siempre había alguien fuera de la tienda de abarrotes con un cubo de recolección. Era un día soleado. Fui en bicicleta hasta ahí, sintiéndome bien conmigo mismo. Caminé por la tienda de abarrotes, bastante satisfecho con mis elecciones y mi estilo de vida saludable. Nadie menciona lo apocalíptico que resulta nuestro reciente incremento en el índice de locura. Es porque comemos maíz, principalmente. (…) Pero, si te digo la verdad, yo lo quería. Quería que sucediera el Apocalipsis. Estaba cansado de cómo iban las cosas. Estaba deseando que todo comenzara de nuevo.

Lucy Corin, Fresh

En cierto sentido, Corin nos recuerda los versos de Cavafis: el fin del mundo es una especie de solución –Pepe Rojo, en su ensayo Apocalipsis Zombie, menciona una idea similar: “como nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, (…) el Apocalipsis es nuestra última utopía”. En todo caso, lo que propone Corin junto a otros autores es que acaso el final no sea muy diferente a lo que vivimos ahora: una etapa más en nuestro mal hábito de persistir.

Extrañaba a su perro después del apocalipsis. Algo que pensó sobre el apocalipsis era que debías de tener un perro. Tendría un perro zombie si solo fuera capaz de matarlo catárticamente, como un símbolo de todo lo que había perdido, incluyendo a su verdadero perro que murió una semana antes del apocalipsis, en el asiento trasero de su auto mientras conducía hacia el veterinario. Escuchó sus órganos contraerse y luego soltarse para siempre. Su muerte era la única que había escuchado en ese entonces e incluso ahora, porque el apocalipsis fue muy ruidoso y uno pensaría que se escucharían los gritos de la muerte como ecos durante días, pero el boom duró tanto que, cuando paró, todo lo que pudo recordar fue el estertor agónico de su propio perro. Cuando esto pasó no se detuvo. No podía creer que estaba sucediendo todo eso. Era de noche y el camino estaba lleno de curvas. Había seguido conduciendo, diciéndole que todo estaba bien. “Está bien, bebé. Buen chico. Estarás bien”. Ahora lo sabía por experiencia, porque aquí, en el otro lado del apocalipsis, ella también estaba supuestamente bien.

Lucy Corin, Adogalypse

Bajo esta perspectiva lo apocalíptico no residiría en la lucha por la sobrevivencia, sino en la reorganización de la vida después de que termine el mundo tal como lo conocemos. En Mr. Burns, a post-electric play, por ejemplo, un grupo de personas se reúne después del fin del mundo a recordar un capítulo de Los Simpsons frente a una fogata. En esta interpretación, el futuro será un intento por recuperar el pasado y las certezas que en él existían.

Algo resulta claro: el futuro que escribimos cada vez se encuentra más cerca –o, dicho con otras palabras, “este futuro es tan solo el presente estirado un poco” (Timothy Morton, 2014). Como generación de transición, es nuestra responsabilidad unir dos momentos. Mientras esto sucede, la ficción da pistas que podemos leer como modelos o advertencias.

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