Juegos en los que no participa nadie salvo el lector y sus libros número 2

Campañas de lectura

O: colección de citas para defenestrar la lectura

Sigo con la lectura de Aira y me encuentro con esta cita:

¿Por qué son desdichados los escritores? Para que lo que escriben tenga que ser tan bueno como para que haya valido la pena sacrificar por ello la felicidad. (¿Habrá un modo menos retorcido de decirlo? ¿Habrá un modo menos retorcido de hacer las cosas bien?)

Pero Aira no menciona el origen de la desdicha, que es la lectura misma. Sí, hay algo siniestro en ella. Lo vemos claramente en Dahlmann, el personaje de Borges en El Sur: por querer coger “un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil”, cae y se golpea la cabeza. La herida lo sumerge en la fiebre y, después, lo lleva a su muerte. 

Su pelea con cuchillos es, al mismo tiempo, la locura de Alonso Quijano o la insatisfacción crónica de Salavin o Madame Bovary. Anna Karenina también está leyendo un libro. ¿Sueña, como Bovary, con ser alguien más? Sí, de lo contrario, ¿por qué se precipitaría así hacia su propia caída? Hay más ejemplos. 

A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida. Según su costumbre reflexiva y académica, lo atribuyó a que había recibido una educación moral deficiente, pues las fuerzas antagónicas de su padre y su madre se aliaron en este caso para exigirle que considerase la trayectoria de Anna Karenina y Emma Bovary pero emulara la de David Copperfield y la pequeña Dorrit (Un debut en la vida, Anita Brookner)

De la lectura deviene la imbecilidad de medir la vida contra aquellas presentes en los libros. Síndrome del miembro fantasma: leer evidencia aquello que nos hace falta.

¿Por qué se leen novelas? Hay algo que falta en la vida de la persona que lee, y esto es lo que busca en el libro. El sentido es evidentemente el sentido de su vida, de esa vida que para todo el mundo está mal hecha, mal vivida, explotada, alienada, engañada, mistificada, pero acerca de la cual, al mismo tiempo, quienes la viven saben bien que podría ser otra cosa. (Sartre)

Luego viene, desgraciadamente, la supuesta erudición, colección de citas que el lector avezado (¿obsesionado? ¿desesperado?) teje de frase en frase para probar un punto difuso, acaso inalcanzable.

¿De qué sirven todas esas frases a cuál más hermosa y a cuál más inútil? Las novelas son útiles cuando se es muy joven: la vida hay que soñarla antes de vivirla, sí. ¿Y después? Como novela, basta la vida. (André Comte-Sponville)

¿Cómo escapar?  Pepe Carvahlo, el detective de Vázquez Montalbán, ha encontrado una solución: quemar los libros, de preferencia poco a poco —cada noche Carvahlo echa uno o dos en la chimenea. Busca, de esta manera, vengarse de la cultura que lo ha aislado del mundo.

Tal vez así Yes no deseara dar vueltas y vueltas al mundo, como un satélite solitario, y Charo estaría contenta con su oficio, Biscuter feliz con sus conocimientos de cocina riojana y él volvería a amar la rutina de investigar, ahorrar, comer, recorrer las Ramblas dos o tres veces al día, de noche vengarse inútilmente de la cultura que le había aislado de la vida. ¿Cómo amaríamos si no hubiéramos aprendido en los libros cómo se ama? ¿Cómo sufriríamos? Sin duda sufriríamos menos.

Si nada de esto funciona, Macedonio Fernández nos da otra solución.

Pero no leer es algo asì como un mutismo pasivo, escribir es el verdadero modo de no leer y de vengarse de haber leído tanto. 

Lo que, inevitablemente, nos regresa a Aira y a la desdicha misma. Estamos atrapados.

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