Juegos en los que no participa nadie salvo el lector y sus libros

Confome leo me doy cuenta que cada vez se presenta menos la sorpresa. Persiste una idea: esto ya lo había leído antes. Así, la lectura se convierte en otra cosa: una pesquisa o, quizás, un laberinto. La respuesta (o salida) viene cuanto se encuentra el otro extremo del hilo, esto es, cuando se descubren —después de mucho esfuerzo o por una simple serendipia— sus vasos comunicantes. Por ejemplo, leo esto de César Aira:

El viejo síndrome de la Página en Blanco ha muerto. Lo mató la computadora. Deberíamos alegrarnos, porque era una fuente de ansiedad y preocupación, un bloque creativo. (…) Los llamados “nativos digitales” no lo [tienen] jamás. Ellos tienen un nuevo síndrome al que hacer frente, el de la Página Llena, porque efectivamente la pantalla de la computadora está cubierta con toda la información y la literatura y el arte del mundo, y es muy difícil poner algo más. Sólo se puede destribuir lo que ya hay, o “intervenirlo”. Eso último, la intervención, es la forma.

Resulta curioso que sea justo en este fragmento en el que recuerdo haber leído algo similar en Deleuze:

Como en Cézanne, hacia el cual Bacon es doblemente fiel por el hecho de no ser discípulo, hay que romper constantemente los clichés que inundan el lienzo vacío. El lienzo nunca está virgen, en blanco, y por esta razón tampoco puede limitarse a representar un modelo que estaría fuera. Todo lo que suene a manierismo, a repetición de una fórmula ya lograda, es preciso dejarlo como si fuera la peste. Es preciso conjurar una y otra vez el carácter narrativo que la Figura tendría si no estuviera aislada por el redondel o la pista, sometida a cerco, a una temible deformación que llena la carne como si fuera un destino.

Habría que ir más atrás: Lo que fue, eso mismo será; y lo que se hizo, eso mismo se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. En todo caso, el lector, con el tiempo, disfruta cada vez más de estos juegos en los que no participa nadie más salvo él y sus lecturas —un gran ejemplo de esto es el prólogo de Borges a Crónicas Marcianas de Ray Bradbury: más de mil años de historias conectados apenas en unos cuantos párrafos.

Hay consecuencias imprevistas derivadas de estos juegos, por supuesto. Comento dos de ellas. La primera, trivial, tiene que ver con las estanterías y los anaqueles: invariablemente, cobrarán otra forma. Los libros se ordenarán ahora por sus conexiones ocultas más que por criterios como el género o el país de origen del autor. La segunda es, acaso, más relevante: las búsquedas en la lectura llevarán al lector a su propia vida. Esta es la manera de leer de Kafka: “la literatura le da forma a la experiencia vivida, la constituye como tal y la anticipa”, escribe Piglia. La idea, que vendrá únicamente con la edad, será: esto ya lo había vivido antes.

 

 

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