Un té en Rue du Faubourg

Laure abre las cortinas lentamente, con la tranquilidad que le dan los años a los gestos. Afuera, el día gris, mal sintonizado. Una lluvia ligera se asoma, dejando caer siquiera un centenar de gotas que luego se arrepienten.

Toma un momento para ver la escena y se sienta en el viejo sillón amarillo, mirando hacia la calle. Entre sus manos hay una taza de té ya tibio. La gente camina frente a la Ópera, quedan ocultas por segundos detrás del monumento a la Bastille y entre el remolino de los coches. Sigue con la mirada a algunos, luego los pierde de vista, gente que no sale o que se esconde en el metro sin notar que más allá alguien los mira.

Laure recorre sus propios pasos siguiendo sus recuerdos. Se levanta del sillón y camina el corto trecho hacia la cómoda que sostiene el teléfono. Del primer cajón de ese mismo mueble saca una agenda roja y busca un nombre. Ella misma no se da cuenta de que sus dedos tiemblan cuando marca el último dígito de esa cadena de presencias.

-Aló, ¿Marion? Sí. Es Laure.

Del otro lado de la línea se intuye una pausa, alguien que traga saliva. Laure rompe la distancia que las separa, la tensión suspendida en la línea telefónica.

-Bien, gracias. ¿Tú cómo vas? Escuché que regresaste a vivir a París. ¿Cómo te ha ido?

Las respuestas son breves. La llamada eterna.

-Sí, cuatro hijos. Bueno, el más grande vive en China, casado. El resto están aquí y allá, todos en Europa. ¿Y tú esposo?

Laure se arrepiente de su comentario. Sabe que abre la oportunidad a la pregunta incómoda, precede la tempestad de la memoria. Se recrimina por su poco tacto, aunque algo en el fondo le dice que es inevitable, que en realidad es éste el verdadero motivo de su llamada, hallar sosiego  al paso de los años. Ella misma después responde.

-Rafael murió hace tres años.

Hace una pausa. Luego retoma el aliento.

-Sí, cáncer. Cuando regresamos ya estaba enfermo. Quiso venir a París para estar cerca de los nietos.

Laure mira por la ventana. A lo lejos dos chicas se saludan frente a la FNAC. Una es rubia y la otra es castaña. Se recuerda a sí misma encontrándose en las mismas escaleras con Marion, bajando después por Rue du Faubourg hasta Mariage Frères. El té a su lado ya está frío, pero aún así le da un trago.

-Sabes que siempre te consideré como  mi hermana.

Laure retiene el sollozo. Ha pasado tanto tiempo, que en realidad Marion ya no recuerda a Rafael. Pero cómo aceptarlo. De esos días solo queda el orgullo y algunas fotos.

-Lo sé, lo sé.

Laure regresa su vista a la ventana. Las dos chicas se han ido. Sabe que no hay mucho que decir, que tal vez ya no hay nada que reúna esos dos puntos ahora irreconciliables.

-Habría que ver si un día nos tomamos un té.

Se despide y luego cuelga. Afuera, la Bastille sigue retando las nubes. Finalmente, el cielo rompe su tregua y empieza a llover.

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