Un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad

Hay algo insoportablemente triste en los Cruceros de Lujo masivos. Como la mayoría de las cosas insoportablemente tristes, resulta increíblemente elusivo y complejo en sus causas y simple en sus efectos: a bordo del Nadir –sobre todo de noche, con toda la diversión organizada, la amabilidad y el ruido del jolgorio– me sentí desesperar. La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, desesperar, pero es una palabra seria, y la estoy usando en serio. Para mí denota una adición simple: un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llamar terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de editar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y de que, sin ninguna duda posible, se va a morir. Es querer tirarse por la borda.

David Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer

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