Sobre la muerte…

¡Cuánta cosa en su camino
estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
después que me juzgue Cristo.

“Siempre he pensado que la edad de una persona debería medirse no por el número de años que va acumulando, sino por el número de muertes dolorosas a las que sobrevive”, dice Borbolla en un libro reciente, tal vez parafraseando a alguien más. Nada es para siempre, es verdad. Y aún así, siempre evitamos pensar en dicha certeza, áun cuando esta sea progresiva y mine poco a poco los huesos y las miradas.

Y así, aunque todos los sabemos, llegan sorpresivamente estas ocasiones, tristes porque anuncian un vacío, tristes porque son las únicas en que se reúnen las familias. La muerte, el último misterio: ¿qué habrá del otro lado? Morir, es haber nacido, dice el poema de Borges.  Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Morir y renunciar al ego, es romper el ciclo del samsara. La conclusión es sencilla: pobres no son los que se van, sino los que nos quedamos.

Aún así, nos quedan algunas esperanzas, laberintos en los que perdernos: la amistad, el amor, los viajes y los libros. Tal vez no nos lleven a ningún lado, pero tal vez en el inter descubramos algo, lo que sea: un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, o con suerte: los nuevo, lo que siempre ha estado allí.

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