Querido lector

Fue en el 2004. Tomé un viejo diario con las hojas en blanco, de cuero color vino, y lo metí entre mis cosas, y tomé ese primer avión a París, ese París al que regresaría tantas veces después, para conectarme después hacia Roma. Un error, un accidente, la idea de sublimar mis días a partir de la palabra, fue el detonador para decidir a partir de ese momento escribir, a ratos siempre, nunca como una lucha constante. Lo primero que escribí en ese cuaderno fue:

Nadie nos recuerda más
en la niebla intentamos tentarnos

Una tentación. Ahora, sus consecuencias. Llevo ocho años intentando escribir algo que valga la pena. El sentido común me empuja a convencerme que ésta es una prueba de resistencia, de paciencia, como decía Rilke, un juego fatal en contra de uno mismo, combate técnico del que, al final, es posible todavía salir bien librado. Pero tal vez esto es un engaño.

2012. Desde hace unos meses que he puesto todo mi empeño en aprender a nadar. Puedo desplazarme, sí. Puedo avanzar, sumergirme,  aventarme al agua sin miedo. Medianamente flotar. Es decir, todo lo necesario para evitar ahogarme. Pero no soy un nadador. No puedo deslizarme en el agua sin cierta reticencia o temor, esa certeza de que, si dejo de esforzarme, me ahogaré.

Ambos ejercicios guardan una relación directa, unidos solamente por mi tozudez y la simple noción de que puedo ser mejor, de que puedo, de alguna manera, justificar mis días a través de un ejercicio absurdo como este. Pero no. Esta idea ha sido negada por estos ciclos de progresos y retrocesos a los que estoy siendo sometido. Quisiera confesar que escribo porque es la única justificación que encuentro ante la línea progresiva de arrugas y días. Escribir: sobreponerse a la realidad a través de las palabras, convertir el filtro de los sentidos en algo mucho más rico y profundo. Escribir: extrañar todo lo que se ha ido, acto seguido, apresar los momentos a través de reinventarlos.

Sé que estoy más cerca de lo que estaba hace ocho años, pero ya no queda duda de que todo es simplemente nulo. Soy testarudo, pero no creo ser talentoso. Ni siquiera estoy hablando de éxito. No quiero que me publiquen, no quiero aparecer en una revista, si aquello que he escrito no es bueno. Y ese es el caso. Este leit motiv se escapa. No hay maestros ya, más que los muertos, y la soledad de estos momentos frente al teclado.

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