El baile del conde de Orgel – Raymond Radiguet

Raymond Radiguet, al igual que Rimbaud, es el enfant terrible de la literatura francesa. Su obra se limita a dos novelas: Le diable au corps, y Le bal du Comte d’Orgel. Amante de Cocteau, discípulo de Breton, Radiguet nació en 1903 y falleció en 1923. En su lecho de muerte, Cocteau nos cuenta las palabras que supuestamente dijo Radiguet antes de morir de tifoidea:

Escucha algo terrible. En tres días seré fulminado por los soldados de Dios. Tu inteligencia es menos aguda que la mía, y sé que la orden ha sido dada. La escuché.

El baile del conde de Orgel es una novela escrita, no desde la experiencia, sino desde la intuición, desde la sensibilidad. Su prosa y estilo reflejan el carácter de alguien sumamente inteligente, capaz de desmenuzar las contradicciones de la vida en opiniones cercanas a los aforismos de Schopenhauer, o a las reflexiones de Proust.

José Joaquín Blanco comparte:

Se ha comparado la relación de Cocteau y Radiguet con la de Verlaine y Rimbaud. Se pelearon muchas veces e incluso viajaron también a Inglaterra. También fueron perseguidos, no por la ley, sino por los fotógrafos. Le gustaba todo, relata Cocteau, la idea de llegar a adulto. Odiaba la juventud, en el sentido wildeano de la palabra. Exactamente como otros suelen decir “cuando yo era joven”, él acostumbraba decir “cuando crezca”.

De acuerdo a Gide, “el libro corre detrás de la primera emoción virginal y trata en vano de recobrarla. Sé perfectamente que es éste precisamente el tema del libro, pero es también su defecto, de manera que ya no era, tal vez, posible lograrlo más. Una frescura que ya no se puede recuperar”.

La premisa es la siguiente: Francois Séryeuse, una persona a quien no le importan tanto las convenciones sociales ni ser parte de la socialité parisina, conoce casi por error al Conde de Orgel y su esposa. En ambos, Francois despierta el cariño fraternal que da la amistad sincera. Sin embargo, Francois se enamora de Mahaut, la esposa del Conde, y la historia desarrolla la tensión que ese amor prohibido les genera a los dos. El desenlace sorprende, responde a “los temperamentos clásicos: vencer una pasión es un placer más intenso que gozarla” (Blanco, 1979).

Por los tiempos que transcurren, sin embargo, es difícil aceptar al narrador en tercera persona, omnisciente, que además, se da el lujo de opinar irónicamente de la vida de sus personajes (curioso, sobre todo, cuando el autor detrás es un chamaco de 18 años). Tal tradición responde al anclaje del lenguaje y forma de la novela con el momento burgués del siglo XIX. Radiguet critica las formas y convenciones sociales de su tiempo, y sin embargo, honra al lenguaje clásico y su moral a través de su novela (la presentación de la forma como un artificio, como “evento literario” -¿qué es, si no, la novela, más que una serie de arquetipos que dan continuidad a la Historia?-).

Desde hace cien años, toda escritura es un ejercicio de domesticación o de repulsión frente a esa Forma-Objeto que el escritor encuentra fatalmente en su camino. Barthes, El grado cero de la escritura.

Sabemos que Radiguet repudió las vanguardias, por considerarlas juegos estériles de la imaginación. Así, su prosa regresa al mecanismo clásico, la omnisciencia, el pretérito indefinido, que participan ya de una tradición y un arte. “Su papel es el de llevar la realidad a un punto y abstraer de la multiplicidad de los tiempos vividos y superpuestos, un acto verbal puro (…) Por ellos es el instrumento ideal de todas las construcciones de universos; es el tiempo facticio de las cosmogonías, de los mitos, de las historias y novelas” (Barthes).

Detrás está el escritor como pequeño dios (si podemos parafrasear a Huidobro), y a partir de estos artificios, de este pasado indefinido, sin espesor, desde donde se obtienen las acciones, queda manifiesta la mentira: la construcción clásica, de tan perfecta, resulta una mentira.

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