Nadja – André Bretón

Nadja es el arquetipo de La Maga. Si lo había dicho antes ya, me disculpo por repetirme. Bretón, en alguna entrevista, diría:

La heroína de ese libro (Nadja) dispone de todos los medios deseados, puede decirse que está hecha para centrar en ella todo el apetito de lo maravilloso. Y, sin embargo, todas las seducciones que ejerce sobre mí se mantienen en un plano intelectual, no se resuelven en amor. Es una maga, y todos sus prestigios colocados en una balanza pesarán poco en comparación con el amor puro y simple que puede inspirarme una mujer como la que se ve pasar al final del libro. Por otra parte, puede ser que todos los prestigios de los que Nadja se rodea constituyan la revancha del espíritu contra la derrota del corazón.

Mucho se ha escrito ya sobre Nadja, sobre Bretón y sobre el surrealismo. La edición de Cátedra, de hecho, exhibe todo un tratado que alcanza, si no es que supera, las propias páginas de la novela. Sin embargo, me gustaría anotar tres postales que añaden profundidad al texto. Espero sirvan de punto de discusión en caso de que lean la novela:

Entender la vida, no a partir de sus reglas, sino de sus excepciones

Alfred Jarry, patafísico, expone la idea que retomaría Bretón para asombrarse por aquellas cosas que el azar teje alrededor de París y los días. Iluso pensar que somos nosotros, y no las olas, los que controlamos el barco. Conocer a Nadja, entonces, es resultado de ese sistema. Si el signo exige ser interpretado, la señal exige ser obedecida. Bretón asume este encuentro como señal, y lo lleva hasta sus últimas consecuencias.

¿De qué hablamos, cuando hablamos de amor?

Una noche en que conducía un automóvil por la carretera de Versalles a París, una mujer a mi lado, que era Nadja, pero que hubiera podido, ¿no es cierto?, ser cualquier otra, e incluso tal otra, con su pie que mantenía el mío pisando a fondo el acelerador, con sus manos que intentaban tapar mis ojos, en el olvido que proporciona un beso sin fin, quería que dejáramos de existir más que el uno para el otro, para siempre sin la menor duda, que de aquella manera nos lanzáramos a toda velocidad al encuentro de los más hermosos árboles. Qué prueba de amor, en efecto. Inútil añadir que yo no accedí a semejante deseo. Es sabido en qué punto estaba yo en aquella época, en qué punto he estado casi siempre, que yo sepa, con respecto a Nadja. No por ello le estoy menos agradecido por haberme revelado, de un modo terriblemente sobrecogedor, a qué nos hubiera conducido en aquel momento un común reconocimiento del amor. Cada vez me siento menos capaz de resistir una tentación semejante en todos los casos. Lo menos que puedo hacer es mostrar mi agradecimiento, en este último recuerdo, a aquella que me hizo comprender casi hasta su necesidad. Ciertos seres, excepcionales, que pueden esperarlo todo y también temerlo todo los unos de los otros, se reconocerán siempre por una fuerza extrema de desafío.

La imagen es bella e insostenible. ¿A qué punto de renunciamiento somos capaces, para asumir el todo o nada del amor de Nadja? ¿Es un lugar sólo posible a partir de la literatura, un amour fou, un amour extraoirdinaire?

Las desequilibradas

Nada es fortuito en la novela. El escritor controla el universo, es un pequeño dios. Que Bretón hable de Las desequilibradas en la introducción, no es sino un atisbo del destino de Nadja. Los ojos de Blanche Derval son los ojos que no vemos de Nadja. Bretón queda seducido por ella porque representa el estado salvaje, inexpugnable al que Bretón quiere llegar. Maravillarse ante una mujer así no es fortuito: una inteligencia primigenia es la que la mueve.

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El libro es referencia obligada en el análisis de la historia de la literatura francesa y su relación con las vanguardias. Del lado de acá, puede, si le es conveniente, regresar a Rayuela, y tejer las intersecciones entre ambas historias. El resultado es grato.

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