Modesta proposición para prescindir del uso de los audífonos

earphones copia

Los audífonos, artefactos urdidos en el siglo XX gracias a la masificación de los sistemas de audio personales, se han introducido en la vida cotidiana de manera nefasta. Basta subirse a un camión o abordar un elevador para ver que la mayoría de las personas los usan como si de ponerse los zapatos se tratara. Lo que es peor, en la mayoría de los casos el ruido de esos apéndices intrauriculares sobrepasa el ámbito privado e invade, como un amenazador murmullo, a los que estamos alrededor.

Más allá de la capacidad de reproducción sonora que habilitan dichos utensilios, los audífonos cumplen un propósito menos evidente: silenciar al mundo. No nos interesa escuchar lo que sucede a nuestro alrededor, sino perdernos en el flujo oceánico que brindan nuestros gigas ilimitados de música, nuestra conexión a internet –que siempre falla– o nuestras miles de estaciones de radio.

La cúspide máxima de dicha tecnología es brindar una ausencia total de ruidos exteriores (noise cancelling), es decir, el aislamiento total. Tal vez sea un asunto melancólico, como diría Swift. Veamos ese desinterés, esa apatía de cerca: antes de salir de mi casa, me pongo los audífonos y con ellos cargo una librería musical que cruza horizontal desde la cursilería de Luis Miguel, hasta el reggaeton misógino de Daddy Yankee. Con ese arsenal, me convierto en un galeote encerrado en una esfera acústica, alguien que ha optado por una sordera que es, al mismo tiempo, ruido. El mundo no tiene ya sonido que ofrecerme, por lo que el escape está en el bullicio.

En la Odisea, Circe, preocupada porque Ulises sucumbiera ante la seducción de las sirenas, le recomienda cubrir sus oídos de cera para evitar escuchar su canto:

―Ulises, (…) primero encontraréis a las Sirenas, que seducen a todos los hombres cuando se acercan a ellas. Pero aquel que, impulsado por su imprudencia, escuche a las Sirenas, no verá nunca más en su casa a su esposa, ni a sus hijos sentados a su lado; no disfrutarán del regreso. Las Sirenas, recostadas en un prado, le seducirán con sus voces armoniosas; alrededor de ellas hay montones de huesos y carnes secas de los hombres a los que ellas hicieron perecer.

La tripulación sigue la recomendación de la diosa y Ulises es atado al mástil, en un acto de curiosidad por ese juego prohibido de la seducción –en este caso, como apunta Borges en su Libro de los Seres Imaginarios, el conocimiento de todas las cosas del mundo. Las Sirenas fungen en este canto como una versión malévola de Prometeo: el conocimiento es accesible para aquel de desee escucharlo y pagar el precio –que no es sino la vida que, como sabemos por José Alfredo Jiménez, no vale nada–. El destino del héroe reside, sin embargo, no en ignorar la tentación, sino en enfrentarla y resistirla.

El mundo, sin embargo, ha perdido ya ese encanto, la seducción de las sirenas ya no existe –como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí, escribiera Julio Torri–. Haciendo eco de ese lamento, los hombres me preguntan: ¿Qué hay que conocer, ahora que las mañanas se han convertido en una sinfonía de cláxones y merolicos? Nada –ellos mismos se responden–, ni el trinar de los pájaros, ni el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies –que un hombre desconocido barre cada mañana de sus banquetas– existen ya ante la vorágine cotidiana del tipo que sostiene, desesperado, su mano contra la bocina de su automóvil.

Ante estos argumentos, me quedo callado. ¿Puedo culparlos, realmente, de querer sumergirse en las profundidades de un par de audífonos? Para la porquería de música que escuchan, sí. ¿Existe alguna alternativa? También. Propongo, a continuación, dos.

Primera

Instrucciones para escuchar conversaciones ajenas podría ser un texto de Cortázar que nos relatara, paso a paso, la manera en la que podemos aprovechar al máximo las pláticas de otros en elevadores, fondas, restaurantes, en el transporte público:

Asegúrese de haberse limpiado los oídos, antes de salir de casa, de todo exceso de cerilla o mugre que puedan albergar. Para esto, hay que tomar un hisopo entre el índice y el pulgar, e insertarlo suavemente en el oído. Una vez dentro, gírelo lentamente con los dedos, procurando que el hisopo limpie, con movimientos suaves, el conducto auditivo. Un sonido suave, pero enervante –como el rechinar del vidrio al ser limpiado–, es la prueba de que la acción se realizó con éxito. Atención: un movimiento violento puede poner en riesgo la integridad de la membrana timpánica, por lo que se debe evitar realizar este ejercicio cuando camine por la calle, tome el autobús, o discuta con su pareja.

Etcétera. Hugo Hiriart hace un ejercicio parecido en Nuevos elementos de Literatura Telefónica, donde describe lo maravilloso que resulta prestar atención a las conversaciones de terceros:

Podemos asistir a una representación espeluznante, como la siguiente: “¿destrozado?” (pausa, el actor escucha y hace o no hace muecas). “No me digas, ¿muy mutilado?” (Pausa.) “Mejor.” (Pausa.) “Y, ¿la cabeza?” Llámese pura a aquella representación o pieza cuyo desenlace se ignora y grosera o basta a la que nos proporciona claves para su comprensión.

El deleite por apropiarse de la vida de los otros es lo que motiva al metiche a prestar atención a sus conversaciones. Una salida tal vez poco honorable, se puede argumentar, aunque siempre existirá el pretexto de utilizarla como un ejercicio de ficción, tan válida como ir al cine o leer una novela.

Segunda

Hay que partir de la premisa que nuestros pensamientos no nos pertenecen: creemos que son nuestros porque habitan en nosotros, pero en realidad son otra voz, un dopplegänger, el topus uranus o la triangulación de nuestro id, ego y superego. La alternativa, entonces, es dejar de lado los audífonos para escuchar ese monólogo interno tan extraño. Derrida, al preguntarle su entrevistadora[1] si cree en los fantasmas, responde:

Es una pregunta difícil. Primero, le estás preguntando a un fantasma si cree en fantasmas. Aquí, el fantasma soy yo, ya que me han pedido que actúe como yo mismo en una película que es, más o menos, un acto improvisado, y en la que siento que dejo a un fantasma hablar por mí. Curiosamente, en lugar de actuar como yo mismo, sin saberlo, dejo a un fantasma ser ventrílocuo de mis palabras, jugar mi rol, que es aún más asombroso. (…) Al creer que estoy hablando con mi propia voz, es precisamente la razón por la que permito que sea reemplazada por otra, no cualquiera, sino la de mi propio fantasma.

Je est un autre, bonito juego de la esquizofrenia que nos puede sorprender como al personaje de George Loring Frost[2]:

Al caer de la tarde, dos desconocidos se encuentran en los obscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:

–Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?

–Yo no –respondió el otro–. ¿Y usted?

–Yo sí –dijo el primero y desapareció.

Escuchar, aunque no haya nada a lo que prestar atención. Stefan Zweig, en una conferencia dictada en 1940 en Buenos Aires, habla de los cuadernos de trabajo de Beethoven:

Todo forma un caos tremendo; es como si un titán hubiera tirado bloques montañosos, impulsado por la ira. (…) Corría horas enteras a campo traviesa, sin fijarse en nadie, cantando, murmurando, gritando salvajemente, ora marcando el ritmo con las manos, ora lanzando los brazos al aire en una especie de éxtasis; los campesinos que de lejos le veían le tomaban por un loco y le esquivaban con cuidado.

Una tormenta de fantasmas debía vivir dentro de semejante hombre para llenar –como lo hizo– un mundo destinado al mutismo –recordemos que pese a su sordera, compuso la quinta sinfonía–. El lector puede, entonces, destinar su tiempo a perseguir en su cabeza a sus espectros –o espectritos–. Inicie por preguntarse qué ventiscas o chubascos le habitan, y luego salga a la calle.

Colofón

El otro – yo mismo, los polos de la experiencia humana. Rastrear más alternativas puede resultar en ejercicios rocambolescos como coleccionar sonidos –como el que se genera al rellenar un churro, o el sutil gorgoteo de una bomba de gasolina– o escuchar el silencio – Kafka escribió: las Sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio–. Si el pudor o la mala suerte le impiden explorar cualquiera de las alternativas sugeridas, siempre puede meterse una bala entre las cejas –colisión de astros felices entre mi sien y el arma, como dijera el poeta–. Le aseguro que no hay método más eficaz para acallar el mundo que ese.


[1] Ghost Dance, película de Ken McMullen de 1983 que explora la relación entre fantasmas, memoria y pasado en el cine.

[2] George Loring Frost, Memorabilia (1923). Compilado por Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares en la Antología de la literatura fantástica.

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