Los límites de la noche – Eduardo Antonio Parra

Limites de la noche - Eduardo Parra¿Qué es un límite, sino una invitación a la transgresión, una idea de una frontera que tiene que ser violada? Cuando Julio César grita a sus tropas «alea iacta est» (la suerte está echada) y cruzan el Rubicón, lo que se establece no es solamente el paso por ese límite, sino un antes y un después, un parteaguas en la vida y en la historia. Cuando uno se enfrenta a un límite, nada puede ser igual. Esta es la idea que Parra intenta abordar en los relatos que componen Los límites de la noche: un trío de sujetos que traiciona a su viejo amigo; un tipo explora la muerte como último reducto del placer; una mujer busca prostituirse para vengarse de un hombre; una ciudad enloquece al irse la energía eléctrica; un hombre busca con la mirada toda la noche a una mujer; otro, a un hombre; etcétera.

Hay, para Parra, dos tipos de personas en sus cuentos: los que se atreven a cruzar el Rubicón, y aquellos que se quedan en la orilla, mojándose los pies únicamente. De los nueve cuentos que componen la selección que Era nos entrega del escritor guanajuatense, ninguno alcanza a levantar el vuelo y ofrecernos algo más allá que la leve sonrisa al descubrir la vuelta de tuerca (el sujeto que proyecta su vida, pensando que está muriendo, descubre al final que la realidad le deparará algo más mediocre que su mediocre fantasía), el final inesperado (¡la prostituta no es prostituta!), el intento de knock-out.

Parra golpea al aire, no hay contundencia y sus personajes no despegan. La hechura se adivina, hay literatura pero no hay vida, una frase tiene más peso que lo humano, lo eterno insondable se explora con un snorkel mientras más abajo, en un lugar inaccesible para el autor, y aún más para nosotros, los personajes luchan por sobrevivir, por salir a flote en un sitio que nos es vedado. Sabemos que el cruzar el Rubicón tendrá como consecuencia que la vida nunca pueda ser la misma, y en este libro intuimos la naturaleza de esta transformación, pero no la podemos ver, como si fuera una buena intención de nuestra parte sonreír y decir: sí, entendí, cuando en realidad lo único que tenemos frente a nosotros son postales de sujetos bidimensionales, caricaturas de televisión.

Era los presenta como relatos de una violenta belleza, y en eso coincido: no se puede negar el oficio de Parra y su ojo penetrante para encontrar situaciones donde podríamos ver algo más de nuestra condición como hombres. Pero no llega ahí, se queda a medio camino en su rol de director de arte de una obra de teatro que nadie va a actuar. Lectura optativa, estimado lector, aunque el nombre es relevante en el momento actual de las letras mexicanas. Otros libros tendrán más suerte.

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